sábado, 13 de diciembre de 2014

Villar de los Navarros vivió una nueva edición de su Jornada Gastronómica anual sobre la Matacía y el Mondongo. El evento tuvo lugar el domingo, 7 de diciembre, en el pabellón polideportivo del Villar.

Organizadas por la asociación cultural  “San Fabián y San Sebastián” de la localidad zaragozana

Villar de los Navarros celebró sus III Jornadas gastronómicas de la matacía y el mondongo
Vista general de Villar de los Navarros.-  Foto: Luis Negro Marco

Luis Negro Marco / Zaragoza

Villar de los Navarros es un pueblo de la provincia de Zaragoza enclavado a los pies de la Sierra de Oriche, en una de cuyas cimas se encuentra  el bello Santuario de la Virgen de Herrera, privilegiado otero de la comarca desde el que en los días claros puede contemplarse incluso la silueta del Monte Perdido.

 Localidad importante en la historia de Aragón (en sus campos tuvo lugar la batalla de Villar de los Navarros cuyo desenlace claramente favorable a los carlistas, bien pudo haber determinado el futuro del trono de España a favor del pretendiente Carlos María Isidro de Borbón, tío de la entonces reina, Isabel II), el Villar posee además una de las iglesias mudéjares más bonitas en su estilo de todo Aragón.

 La población, consciente de su rico pasado, ha sabido conservar sus tradiciones, costumbres y fiestas, las cuales, además de dotar a Villar de los Navarros de una original personalidad, sirven de  fuerte nexo de unión entre todos sus habitantes, e incluso de revulsivo vital para la promoción de interesantes iniciativas que están impulsando, al mismo tiempo,  su desarrollo económico.

 
Carmen Lázaro, a la derecha, cociendo las morcillas en la olla de cobre. A la izquierda, Joaquina Crespo, capolando la carne y embutiendo la longaniza.-    Foto: Luis Negro Marco

En el pueblo existen dos importantes asociaciones: Una de ellas es la de “Madamas y Zarragones”, integrada solo por mujeres, y que celebra sus fiestas coincidiendo con la celebración de Santa Águeda, la patrona de las mujeres. La otra, la de “San Fabián y San Sebastián”, ésta compuesta solo por hombres de la localidad. Dos son sus fiestas principales: una es la de “las olivas bolvinas” (variedad de aceituna propia de los olivos de la comarca de Belchite), la cual se celebra el tercer sábado de enero, coincidiendo con el m ás próximo a la festividad de San Fabián y San Sebastián. Y la segunda de sus fiestas es la “Jornada gastronómica de la matacía y el mondongo”, que  tuvo lugar el pasado domingo, día 7, y que en su tercera edición, consiguió reunir a casi cuatro centenares de personas en el pabellón polideportivo de la localidad.

Las bolas son el producto estrella de las Jornadas de la matacía y el mondongo de Villar de los Navarros, sobre cuya elaboración se hacen talleres didácticos para los niños.- Foto: Luis Negro Marco

 Las actividades transcurrieron durante todo el domingo, comenzando desde las primeras horas de la mañana con el reparto de pastas, café y revueltos,  al tiempo que grupos de mujeres hacían el mondongo, calentando el agua en ollas de cobre –al estilo tradicional– y otros de hombres, preparaban las migas adobadas con sebo de oveja, ajo y pimentón-
De izquierda a derecha, Joaquina Crespo, María Jesús Josa, Josefina Pujala, María Martín, Carmen Lázaro Pilar Abuelo, y Mari Carmen Seguro, artífices del sabroso mondongo que se pido degustar en las “III Jornadas gastronómicas de la matacía” del Villar de los Navarros.- Foto: Luis Negro Marco
Pero mientras las migas y el mondongo se hacían, los organizadores sirvieron un plato  muy rico, al que en Villar de los Navarros llaman “sartenada”, consistente en las puntas del lomo y costillas que se han cortado para preparar el adobo, las cuales se fríen en abundante aceite de oliva y dientes de ajo. Así, bien calientes y acompañadas de sabroso pan hecho en horno de pueblo, como el que se hace en Villar de los Navarros, resulta un plato exquisito y muy apetecible para un día en el que el frío arrecia, como ocurrió el pasado domingo.

Los jóvenes de Villar de los Navarros, también participaron y disfrutaron  de la fiesta. Pues dentro de unos años, serán ellos los que entren a formar parte activa de su organización.- Foto: Luis Negro Marco
Tras la sartenada, y las migas, llegada la una de la tarde, se sirvieron unas deliciosas judías con morro, chorizo y oreja, tras las cuales, convenientemente regadas por los mejores caldos de la comarca (vinos de Cariñena, Belchite y Calatayud), llegó el sabroso mondongo, es decir, las morcilla (cocidas durante algo más de una hora, y a fuego bajo en las ollas de cobre), la longaniza y las bolas, pacientemente elaboradas por las manos artesanas de mujeres del Villar, que le dieron su toque especial  de manteca, canela, anís en rama, pimentón y nuez moscada.


Algunos de los componentes de la Asociación Cultural "San Fabián y San Sebastián" de Villar de los Navarros, entidad organizadora de las "III Jornadas de la matacía y el mondongo".- Foto: Luis Negro Marco
Y con las últimas luces del día se sirvió el adobo: costillas y lomo de cerdo fritos en aceite extraído de la molturación de la variedad de aceituna bolvina, un exquisito manjar de la gastronomía de la matacía del Villar. Y la fiesta aún continuó, en buena hermandad, con los dulces tradicionales de la zona: tortos, pastas,  empanadicos, mantecados… y los buenos tintos y moscateles de Aragón. Pero lo más importante es que Villar de los Navarros vivió una celebración de hermandad en que familias enteras (abuelos, padres y nietos) tuvieron la oportunidad de compartir un día de alegría, celebración y felicidad. Porque es en este tipo de actividades, tanto como las necesarias iniciativas económicas para su desarrollo, donde se encuentra el verdadero futuro de los pueblos de Aragón.



jueves, 11 de diciembre de 2014

El sello editorial "ALBA Clásica" publica "El Carnaval de Roma", de Goethe, obra poco conocida del autor romántico alemán, en la que muestra su pasión por los viajes y la cultura popular


El Periódico de Aragón. Noticias de Zaragoza, Huesca y Teruel
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/escenarios/goethe-mascara_990807.html

Goethe con máscara

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El Carnaval de Roma
Johann Wolfgang Goethe
(ilustraciones de Georg Melchior Kraus)
Edita: Alba-Clásica; 130 páginas
Barcelona, 2014
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 Luis Negro Marco / San Marcos de Venecia

Nacido en 1749, en el seno de una familia de la alta burguesía de la ciudad alemana de Frankfurt, Goethe vivió en un tiempo decisivo para el devenir de Europa. Hasta su muerte, acaecida en Weimar en 1832, el poeta, universalmente reconocido y admirado fue testigo de dos grandes revoluciones históricas y vio cómo el período de la Ilustración, a través del Clasicismo, daba paso al Romanticismo, que marcará el rumbo del hombre moderno. De espíritu radicalmente humanista, Goethe  sintió la curiosidad que caracteriza a los genios y fue un gran estudioso de ciencias tan dispares como la geología, biología, botánica, anatomía y la mineralogía. Y así se ve en algunas de sus obras, como Metamorfosis de las plantas (1790) o Teoría de los colores (1810).

 Las fiestas no son el tema principal del autor  de “Fausto” (1772-1831), bien que el título aluda a la felicidad. Pero en el curso de sus viajes, forzosamente tuvo que participar en algunas y dejar constancia de sus impresiones. Así ocurrió con su obra  El carnaval de Roma, publicada en mayo de 1789 en Berlín, acompañada de las veinte ilustraciones realizadas a partir de dibujos de Johann Georg Schütz, que a su vez fueron grabados y coloreados por Georg Melchior Kraus junto con sus apéndices. Una obra que Goethe escribió a raíz de su viaje a Italia que inició en setiembre de 1786, y que le llevarían hasta Roma, “la capital del mundo antiguo”, a mediados de febrero de 1787, coincidiendo con las celebraciones de Carnaval.

 Goethe, que se mostraba preocupado por mantener su figura de gran poeta (él mismo había dejado
Disfraces del Carnaval de Roma que Goethe pudo contemplar en su viaje a
Italia. En la imagen, "pareja de castellanos", bailando por bulerías.
escrito: “nunca he conocido a una persona más presuntuosa que yo, y el hecho de que lo diga yo mismo, lo demuestra), intenta distanciarse en sus escritos de la fiesta. Así, en carta dirigida a Charlotte von Stein el 13 de febrero de 1787, escribe: “lo feliz que seré el martes [de Carnaval] por la noche cuando esta panda de chiflados sean reducidos al silencio”. Claro que esta carta iba dirigida a Charlotte, mujer por la que sintió un romántico e imposible amor, y es muy posible  que ante ella, el poeta cuidase mucho su fama de gran y reputado poeta y formalmente serio. Porque bien distinta es la carta que el mismo Goethe escribiría (también desde Roma) pocos días después de la anterior,  a Constantin, hijo de Charlotte: “Lo pasamos de maravilla [en el Carnaval] y a Angelika, que se acordó de ti, le habría encantado que estuvieras en la carroza con nosotros”.

 Asimismo, es muy probable que El Carnaval de Roma, de Goethe, estuviese influenciado por un género editorial que entonces hacía furor en Europa, como lo eran los libros de pequeñas escenas cotidianas ilustradas, cuyo máximo exponente fue el Tableau de Paris (1781-1788), de Louis Sébastien Mercier, que incluía más de mil estampas de la vida y costumbres de la capital francesa.

 Por otro lado, un texto contrapuesto al anterior, pero igualmente revelador y complementario sobre la extraordinaria personalidad de Goethe fue La fiesta de san Roque en Bingen. Obra que escribió con motivo de la consagración de una capilla católica en Bingen, localidad a orillas del Rin, y a apenas 70 kilómetros de Frankfurt, su ciudad natal. Goethe había asistido, casualmente a ella el 15
Otro de los dibujos que editan esta joya literaria de Goethe:
En esta ocasión, una pareja disfrazada de pescador y frascatana
con sus hijos, también disfrazados, tratando de alcanzar los dulces
que penden de la caña de pescar que sostiene su padre
de agosto de 1816, pero allí tuvo la oportunidad de vivir una festividad religiosa donde todo invitaba al recogimiento, a la piedad… pero también al vino, como caldo de unión y fraternidad que reinaba entonces entre católicos y protestantes. Y es que aquélla era la primera romería (desde la ocupación francesa, y hasta la derrota de Napoleón en 1814)  que los católicos alemanes de Bingen hacían hasta la otra orilla del Rin, para celebrar un día de fiesta en su capilla de San Roque. Goethe llega a escribir: “Por un momento parecía que la diferencia entre los grandes y los humildes, se haya abolido".  La obra vio la luz  por vez primera en 1817, y en ella el gran poeta vierte la serenidad, armonía y la descripción del espontáneo espíritu popular que entroncan (mejor que las fatuas celebraciones del Carnaval) con su honda sensibilidad filosófica y humanística.  Así, en esta nueva y cuidada propuesta de Alba editorial (casi una edición de coleccionista, por sus magníficas ilustraciones y cuidada presentación) Juan de Sola ha rescatado y reunido dos magníficas piezas del taller literario del gran Goethe: Por un lado, un fenomenal rito pagano vivido con derroche y alegría (el Carnaval) que, como (a la celebración consecuente de la Cuaresma) se enfrenta a una festividad religiosa donde todo invita al recogimiento y la piedad. Dos espléndidas crónicas que, en conjunto, ofrecen una hermosa muestra de la literatura de viajes de quien Napoleón dijo que poseía, como él mismo, “la virtud de lo completo”

domingo, 7 de diciembre de 2014

"Un maestro y un libro pueden cambiar el mundo": San José de Calasanz, 1597 / Malala Yousafzani, 2013


                                               
              http://www.diariodelaltoaragon.es/NoticiasDetalle.aspx?Id=907037

El siguiente artículo, tal y como ha sido publicado, en la página 85 del Diario del AltoAragón (Sección de "Sociedad"), el domingo, 7 de diciembre de 2014
San José de Calasanz, el maestro que cambió el mundo

Luis Negro Marco / Zorita
 Los aragoneses podemos sentirnos orgullosos de que un paisano nuestro, San José de Calasanz (1557-1648), fuese quien consagró (a través de su Orden religiosa de las Escuelas Pías) el derecho fundamental de la infancia a tener escuela, y acceder a una enseñanza gratuita –obligatoriatoriamente sufragada por los respectivos Estados–, tal y como quedó oficialmente establecido el 20 de noviembre de 1989, en la Convención de los Derechos del Niño, la cual tiene el status de “Tratado Internacional de Derechos Humanos”.

 Normalidad educativa, extensiva ahora a la práctica totalidad de países del mundo, que tuvo su origen en la sensibilidad y sin duda gran talento y determinación, de nuestro gran paisano, San José de Calasanz.  Y ello, en unas circunstancias –por lo demás– de trascendentales cambios en Europa. Así entre 1545 y 1562 se había celebrado el Concilio de Trento –la reacción católica: Contrareforma– a la Reforma Protestante del teólogo alemán Martín Lutero, que provocó la excisión de la Cristiandad. Y fue en aquellos difíciles tiempos, en los que surgieron nuevos paradigmas sociales, en los que habría de fraguarse la revolución pedagógica llevada a cabo por San José de Calasanz.

 En el año 1592, después de que el santo de Peralta de la Sal ya hubiera alcanzado fama y notoridad
Aparición de la Virgen a San José de Calasanz.
Cuadro de José Luzán (siglo XVIII)
en España por sus estudios (cuatro doctorados) y obras (el propio monarca Felipe II lo había requerido para ceñirle una mitra), se embarcó a Roma, donde habría de vivir el resto de su vida. Allí, en la ciudad papal, vio cómo la pobreza y la riqueza,  el bienestar de los niños ricos y la miseria de los niños pobres, eran las dos caras de una sociedad que no entendía de justicia, compasión ni amor para con la infancia pobre y necesitada que moría en las calles de Roma a causa del hambre y la pobreza.
El pedagogo aragonés era además plenamente consciente de que en todas las naciones, las personas pobres (al igual que en nuestro tiempo) conforman la gran mayoría de la población.

 ¿Y cuál debía ser a juicio de San José de Calasanz el camino para establecer unos criterios de igualdad social? Solo uno: el de la educación  gratuita de los niños –muy especialmente de los más pobres–. Así, dejó escrito: “Es preciso que los niños pobres tengan un maestro competente que les enseñe la escritura y el cálculo para que puedan abrirse más fácilmente paso en la vida”. De este modo, llegado el mes de octubre de 1597, Calasanz estableció un hito en la historia de la Humanidad, al abrir por vez primera en el mundo, una escuela gratuita para aquellos niños.  Aquella primera escuela se instaló –por haberle sido imposible al santo encontrar otro lugar, quizás más adecuado, en toda la ciudad–, en la sacristía de la iglesia de Santa Dorotea, en el barrio romano del Trastévere.

 Y aquella primera escuela de Calasanz, fue nada menos que el germen de una revolución pedagógica plenamente vigente en nuestros días, pero que entonces chocó en sus vicios, con el dogma católico entonces imperante. Veamos como muestra el siguiente hecho: En el año 1600 le fue encargado al célebre pintor Caravaggio la pintura de un San Mateo para la iglesia romana de San Luis de los Franceses. La primera propuesta del autor, indignó no obstante a las autoridades eclesiásticas que le habían encomendado la obra, por el “atrevimiento revolucionario” del artista al haber pintado un ángel terrenal (un muchacho pobre de la calle, como los que asistían a las escuelas de Calasanz), nada menos que guiando la mano y susurrando los argumentos al apóstol en su redacción del Evangelio ¡inaudito! ¿Sabía ya entonces Caravaggio de la obra pedagógica de San José de Calasanz? El cuadro supuso un gran escándalo que obligó al artista a cancelar la pintura y emprender otra digamos “más canónica”, en la que San Mateo apoyado en su escritorio, atiende intrigado a las enseñanzas de un ángel aéreo y comedido.

 Pero la obra del pedagogo aragonés (como la buena semilla) había caído en terreno fértil y bien
Alegoría de la labor pedagógica de San José
de Calasanz, en la que se basaron posteriormente
la mayor parte de los planes educativos de la Ilustración 
en todos los países de Europa
abonado, y sus escuelas pronto alcanzaron fama y reputación entre todas las clases sociales de Roma, trascendiendo incluso fronteras. Por ello, y con la finalidad de afianzar su revolución pedagógica, y su misión educadora, fundó la Congregación religiosa de las Escuelas Pías,  la cual fue reconocida por el papa Gregorio XV, en el año 1621, como Orden religiosa consagrada a la educación de la infancia y la juventud más pobre y necesitada. 
Pronto le llovieron a Calasanz, peticiones de fundación en diversas naciones de Europa, y por supuesto, de España. Así en 1614 le llegaba a Calasanz, desde la zaragozana localidad de Ariza, una carta del marqués Jaime de Palafox, en la que le pedía fundase en Aragón las Escuelas Pías. No pudo ser entonces, pero sí en 1677, cuando en la ciudad de Barbastro, abrieron los Padres Escolapios la primera escuela gratuita de España, colegio que, ininterrumpidamente desde entonces, continúa con su extraordinaria labor docente.
 San José de Calasanz falleció en Roma el 28 de agosto ce 1648 y en reconocimiento a  su reforma educativa, que sentó las bases del derecho universal de la Infancia al acceso  y gratuidad de la Educación, fue canonizado por Clemente XIII el 16 de julio de 1767. Asimismo, Pío XII proclamó en 1948 al fundador de las Escuelas Pías “Patrono universal de todas las escuelas populares cristianas del mundo”.

viernes, 5 de diciembre de 2014

El arte como expresión simbólica de la relación humana con el sentimiento sagrado

El Periódico de Aragón. Noticias de Zaragoza, Huesca y Teruel

               Las perspectivas del arte

Luis Negro Marco / Historiador y periodista

Cuando mediada la década de los sesenta Mao llevó a cabo en China la revolución cultural, millones de personas fueron enviadas a las zonas agrícolas para que, viviendo entre las masas campesinas, se hicieran reeducar, y en el caso de los intelectuales, tuviesen la oportunidad de adquirir un punto de vista correcto sobre el arte. Nada diferente, por otro lado a lo que antes habían hecho Stalin en Rusia, con sus gulags en Siberia, y Hitler, en Alemania, con sus campos de reeducación para la que él calificó “intelectualidad decadente” del país. 

 Unos hechos luctuosos que, lejos de ser noticia de los archivos de historia, acaban de saltar de nuevo a la actualidad, cuando recientemente, destacadas autoridades de la República Popular mostraban su malestar por la vulgaridad de algunas producciones de artistas y cineastas chinos, invitando  a sus creadores a promover un arte basado en los valores de patriotismo y servicio al pueblo… mediante una temporada de estancia en el campo, como en la época de Mao.

 Pero ¿qué es el arte? El escritor y crítico londinense John Ruskin escribió en 1843 que si se quiere dibujar hay que olvidarse de lo que se sabe para limitarse a mirar. Es lo que él llamó la visión del “ojo inocente”. En la misma línea se mostró siempre su compatriota, el pintor John Constable (1776-1837), quien se propuso llevar a cabo una producción pictórica sin prejuicios ni ideas preconcebidas, de acuerdo al utópico ideal romántico de sinceridad absoluta. Se cuenta una anécdota del pintor estadounidense James Whistler (autor en 1871 de un retrato de su madre, en el que se basó una
James Whistler : "Retrato de su madre" (1871)
divertida película de Mister Bean, de finales de los noventa) en la que le preguntó a uno de sus alumnos sobre lo que significaba para él la pintura, a lo que el discípulo le contestó: “pintar lo que veo”. “Pues espere a ver lo que ha pintado”, le respondió Whistler.

  Pero aun así, resulta imposible  el poder abstraernos de la realidad y cuando miramos un cuadro lo hacemos, en buena medida, condicionados por unos esquemas mentales preconcebidos.  En esta línea de argumentación, el polifacético investigador rumano Mircea Eliade (1907-1986), dio por demostrado el hecho de que las imágenes y los símbolos comunican siempre un mensaje que tenemos por cierto, aun no siendo conscientes de esa realidad. Por ejemplo, ahora sabemos que “La ronda nocturna”, de Rembrandt, no es una ronda, sino que la acción transcurre en pleno día. La realidad estaba oculta –en sentido literal– por la patina del tiempo, hasta que salió a la luz tras la restauración de la obra.

 En cuanto a los criterios para diferenciar las obras artísticas de las que no lo son, podría aplicarse el principio de que las primeras son un fin en sí mismas, como ocurre con la caligrafía en China, pero que no es considerado un arte en Occidente.  Una anécdota, en esta ocasión referida a Marcel Duchamp (1887-1968), ilustra bien la cuestión,  cuando el artista francés envió un urinario a una exposición. De manera que, mejor que de arte, habría que tener en cuenta la concepción que sobre él tienen sus creadores, los artistas.

"Vida de San Francisco de Asís", de Giotto di Bondadone (1267-1337)
Para el erudito austriaco E. H. Gombrich (1909-2001), el secreto del artista consistiría en lograr una obra tan perfecta que nos olvidásemos de preguntar lo que ésta debería ser, por la simple admiración del modo en que la ha hecho.

 En el mundo de la Grecia Clásica, la creación artística tenía como finalidad provocar un choque en el espectador, suscitando en él la piedad o el miedo en el sentido aristotélico de su concepción. Pero la griega, como posteriormente la romana, eran sociedades puramente ritualistas, con una visión del mundo inmutable. Y no será hasta  comienzos del siglo XIII cuando el arte en Europa contemple una visión más dinámica de interpretar las cosas. En este contexto de cambio se encuadra precisamente la figura de San Francisco de Asís, la persona que por vez primera se planteó hacer llegar el mensaje cristiano  a la totalidad del pueblo, a través de la imaginación. De ahí su escenificación del nacimiento de Jesús en la Navidad de 1223 en la ciudad italiana de Greccio, y que tanta influencia ejerció en la tradición belenista que, sin embargo, no fue iniciada hasta  bien entrado el siglo XVI.

 Por tanto, no es la conciencia colectiva lo que cambia el estilo e inicia la vanguardia, sino que es
"La joven de la perla" de Vermeer (1632-1675). El
cuadro se encuentra ahora en el Museo "Mauritius"
de La Haya
preciso que alguien lo invente, y sea consciente de su creación. Es entonces cuando el artista abandona el anonimato y pasa a firmar sus obras, algo que se desarrolló plenamente en Florencia, en la época de Giotto di Bondadone (1267-1337), pintor escultor y arquitecto a la vez. Un hecho, a su vez muy ligado con el desarrollo de las ciudades y el aumento de la población.  El desarrollo del comercio en las “repúblicas de ciudadanos” de Venecia, Génova o Florencia, incorporó el progreso como valor principal para la cohesión de sus sociedades, y por lo tanto el intercambio de ideas, susceptibles a su vez de ser trasladadas al marco del artista. 

 Ya en el siglo XVI, la Reforma de la iglesia propiciada por Lutero, que cuajó en Alemania y Países Bajos, motivó que en aquellas naciones ya no se hicieran obras de arte para los altares de sus iglesias, pues los protestantes no precisaban de imágenes de santos en sus templos. Y a pesar de ello los países luteranos se convirtieron en centros importantes de exportación de pinturas hacia las naciones católicas, en las que se originó una importante demanda de obras de gabinete procedentes de los talleres de Holbein, Van Dyck o Vermeer (1632-1675) autor este último del sensual y enigmático retrato “La joven de la perla”.

 Pero con todo, no fue hasta el siglo XVIII cuando empezó a hablarse en Europa de arte en el sentido general.  Y solo a partir del Setecientos,  con el desarrollo de la estética y la secularización de los comportamientos (coincidiendo también con la idea de una unidad de la humanidad) surge la visión del arte como algo sagrado, es decir, como una percepción de la realidad  que supera al hombre y que constituye para su vida una dimensión nueva.
Bodegón con manzanas y fresas;  del pintor francés Jean Siméon Chardin (1699-1799)
Paulatinamente, la creatividad del artista se irá imponiendo sobre el rigor de las formas, y sus obras se convertirán en la expresión plástica de su particular manera de interpretar la realidad. Una expresión de vanguardia en la que tanto la tradición como la modernidad interactúan en armonioso equilibrio.






martes, 2 de diciembre de 2014

La escritora aragonesa Magdalena Lasala escribe en El Periódico de Aragón sobre la Ilustración en el siglo XVIII y la Educación de los Niños

REVISTA DE PRENSA

El Periódico de Aragón. Noticias de Zaragoza, Huesca y Teruel
Magdalena Lasala afirma sentirse en un momento magnífico
Magdalena Lasala durante la presentación de una de sus numerosas novelas históricas, con las que ha alcanzado un gran éxito editorial en España. En esta ocasión con un libro dedicado al personaje histórico de Doña Jimena, la esposa del Cid Campeador.- 

 L.N.M. / Bello

 El pasado 27 de noviembre, los escolares de colegios católicos de todo el mundo celebraban al que desde 1948 es su santo patrón: San José de Calasanz. Aragonés de nación (como él siempre decía en sus epístolas) que fue la primera persona en la Historia de la Humanidad en reivindicar el derecho a la educación de todos los niños, independientemente de su condición, y muy especialmente de los más pobres.

 
Hoy, 2 de diciembre, EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, en su monográfico de los martes "El Periódico del Estudiante" publica en su página seis un interesante artículo, titulado: "Los Niños: La esperanza de los Ilustrados". Casi ya un axioma, hablar de la infancia es hablar de la Escuela Pía y de San José de Calasanz. Así lo hace también la escritora Magdalena Lasala en su didáctico y excelente artículo en el que entre otras cosas podemos leer: "La Real Sociedad Económica de Amigos del País abrió, con la colaboración de los Escolapios, ocho Escuelas de Primeras Letras gratuitas en los barrios de Zaragoza, empezando por la de Peñaflor, en 1784, donde se lograba que los niños y niñas -puesto que se decidió que fueran mixtas- aprendieran a leer, y escribir..."

 
A continuación, el artículo completo, que incluye interesantes actividades, a partir de su lectura, para los alumnos de Primaria, Secundaria, Bachillerato, y Ciclos Formativos.





 



jueves, 27 de noviembre de 2014

27 de noviembre, día en que las escuelas populares cristianas celebran, desde 1948, a su Patrón, San José de Calasanz

 San José de Calasanz, fundador de la escuela para todos
Estatua de San José de Calasanz enseñando a leer a un niño, sobre la fachada externa de la  Basílica de la Virgen del Pilar de Zaragoza.- Foto: Luis Negro Marco

Luis Negro Marco / Zaragoza

 San José de Calasanz nació el 11 de septiembre de 1556 en Peralta de la Sal –localidad de Huesca, y villa entonces importante del Reino de Aragón–, y falleció en Roma el 25 de agosto de 1648. Ordenado sacerdote en 1583, ejerció su apostolado en los obispados de Albarracín, Lérida y Urgell. Y quizás fue ya durante sus años como Visitador del Obispo Capella en Tremp (ciudad de la actual provincia de Lleida) donde Calasanz se dio cuenta de que es durante la niñez cuando las personas se muestran más dispuestas a la bondad, a aprender y a practicar el bien, y que la falta de acceso a la educación en ese tiempo, es una puerta abierta a la marginalidad.

Alumnos de Infantil del colegio "Escuelas Pías" de Zaragoza, celebrando, junto a su profesora, el día del patrón de su colegio, San José de Calasanz. Su alegría es nuestro futuro.- Foto: Luis Negro 

A principios de  1592 partió Calasanz a Roma, ciudad en la que, bajo el fuerte impacto que le causó el contemplar la extrema pobreza e inhumanas condiciones  en que vivían buena parte de los niños de la ciudad, habría de llevar a cabo una revolución educativa de tal envergadura que, al santo aragonés bien se le puede considerar como el verdadero fundador de la pedagogía moderna.


Momentos de diversión para compartir y de diversión para celebrarr la festividad del Santo Patrón, San José de Calasanz, como bien reflejan los rostros de estos niños del colegio "Escuelas Pías-Santo Tomás", de Zaragoza.- Foto: Luis Negro Marco
En la Europa de finales del XVI las escuelas oficiales de primeras letras y de enseñanza elemental solo existían, y aun en número escaso, en las grandes capitales, y por supuesto no eran gratuitas. De manera que para entonces se admitía como axioma indiscutible que la enseñanza era un lujo que solo a los nobles correspondía, y que el saber debía ser monopolio de los ricos, como el servir y el trabajar debía serlo de los pobres y plebeyos.
¿Alguien puede pensar aún que este mundo tendría sentido sin la existencia de los niños? Son ellos donde reside la esencia que da sentido a la vida, a que hay seguro, un mañana mejor. Foto: Luis Negro Marco

 Por el contrario, San José de Calasanz comprendió que los niños de hoy son los padres de familia del mañana y que las familias, a su vez, son las que conforman el conjunto de la sociedad. En consecuencia, la reforma total, eficaz y completa de ella, depende por completo del acceso a la educación de toda la personas –sin exclusión– desde la niñez. En su revolucionario pensamiento educativo, José de Calasanz ya contemplaba la gradualidad (por etapas) de la enseñanza y su carácter integral (educar en la virtud, y los valores, y en la inteligencia y el saber). Otros lo podrían resumir en otra bien conocida y explícita expresión: “educar los corazones y las mentes”.
La vida es una carrera de y hacia la felicidad que comienza desde que nacemos. Pero quizás es en la niñez cuando la alegría y la ilusión por vivir y compartir nuestras esperanzas, es más fuerte.¡Cuánta sabiduría se encierra en la inocencia y sonrisa de los niños!.- Foto: Luis Negro
Así, el pedagogo aragonés fue el primero que levantó la bandera de la escuela para todos, cuando en octubre de 1597, en la sacristía de la iglesia de “Santa Dototea” –en el romano barrio del Trastévere– inauguró las primeras escuelas gratuitas del mundo, a las que el santo de Peralta llamó “Escuelas Pías”, con su lema Piedad y Letras.

 Bien pronto corrió la noticia de las nuevas y hasta entonces jamás vistas escuelas abiertas por San José de Calasanz, en las que la infancia más pobre aprendía a leer, escribir y contar. Un codiciado privilegio del que hasta entonces habían estado excluidos; unas escuelas en las que se regalaban los libros, plumas y cuadernos; en las que los niños pobres no pagaban los gastos de clase, y aun muchas veces, recibían además, comida y prendas de vestir. Finalmente, y por su seguridad personal, al salir de clase, todos los niños eran acompañados a sus casas por sus maestros respectivos.


Las Escuelas Pías fue el nombre que recibieron las escuelas fundados por San José de Calasanz en la iglesia de Santa Dorotea, en Roma, en el año 1597.- Su lema viene a significar en nuestros días que tan importante es enseñar a los niños conocimientos como valores y fe auténticamente cristiana, es decir, profundamente humanística y compasiva, basada en la Verdad y el Amor.- Foto: Luis Negro Marco

Teniendo claro un concepto de enseñanza gradual,  desde el comienzo de su obra educativa, Calasanz  distribuyó a los niños de sus escuelas por edades y señaló un maestro único para cada clase, presididos todos por el prefecto de estudios, equivalente al actual director de colegio. La enseñanza elemental consistía entonces en leer, escribir, y el aprendizaje de gramática y aritmética. Mientras que en la superior se enseñaba humanidades y filosofía. Los exámenes de curso se hacían  dos veces al año, con la doble finalidad de premiar, y –en su caso– adelantar de curso a los alumnos aventajados.

 Sin embargo para consolidar su revolución pedagógica, el pedagogo aragonés en seguida comprendió que debía contar con personas consagradas por entero  a la educación de los niños pobres. De este modo, el 18 de septiembre de 1621, el papa Gregorio XV elevó al grado de Orden religiosa a las Escuelas Pías, siendo San José de Calasanz, su Superior General. La institución fue la primera consagrada a la educación de los niños pobres y  a la primera enseñanza gratuita, y sus religiosos no  recibían otra retribución que las limosnas que ellos mismos debían mendigar por las calles de Roma para su sustento personal y el mantenimiento de sus escuelas.  


Avanzamos hacia un mundo sin fronteras, y el mestizaje, la convivencia pacífica entre culturas que no entiende de etnias, de lugares de origen, de nacionalismos ni de religión. Es la persona el centro de la existencia y el amor el entorno en el que crece.- Foto: Luis Negro Marco

 Ya en nuestro tiempo, el acceso a la enseñanza gratuita es, desde hace veinticinco años, un derecho fundamental establecido en la Convención de los Derechos del Niño, aprobada como tratado internacional de derechos humanos el 20 de noviembre de 1989, desde entonces, “Día Universal del Niño”. Bien es cierto que todavía son varias las regiones del planeta en que este derecho fundamental está amenazado por grupos extremistas que recurren a la práctica del terror contra niñas, niños y jóvenes, con el fin de impedirles que ejerzan su derecho.



En este año, los profesores y alumnos del Colegio Escuelas Pías-Santto Tomás, de Zaragoza, han optado por celebrrar el día del Santo Padre, san José de Calasanz, con motivos medievales. Disfraces, fiestas, obras de teatro y decoración, han estado relacionados con la Edad media. Así lo vemos en estos magníficos carteles sobbre San José de Calasanz, pintados por los niños del colegio, inspirados en los escudos heráldicos de la Edad Media. Un derroche de ingenio, creatividad y belleza.- Foto: Luis Negro Marco

 Los casos más recientes y estremecedores por su crueldad, han sido el secuestro de más de tres centenares de niñas en Nigeria por el grupo terrorista Boko Haram; y por otro lado, el intento de asesinato de la niña paquistaní Malala Yousafzai  (premio Nobel de la Paz  y premio “Niños del Mundo”, recibidos ambos durante este año de 2014) quien el 9 de octubre de 2012  fue víctima de un atentado terrorista por parte de un grupo talibán que intentó asesinarla por el mero hecho de ser mujer, ser joven, y querer ir a la escuela.

   
Amar es compartir: el juego, la alegría, la diversión, la tristeza del momento, las tareas diarias, la belleza de vivir, el don de la palabra, del movimiento, de la lectura, de la escritura, del razonamiento, del pensamiento, de crear, pintar, dibujar, escuchar música e interpretarla, descubrir cada día algo nuevo, descubrir en los demás algo bueno que ignorábamos de ellos. Eso, es la obra de San José de Calasanz: EDUCAR.
fotos: Luis Negro Marco
Recientemente era la propia niña Malala quien afirmaba: “la educación es el futuro, y un niño, un maestro, y un lápiz, pueden cambiar el mundo”. Son palabras que el mismo San José de Calasanz, pudo perfectamente haber pronunciado el día de aquel año de 1597 en que abrió la primera escuela gratuita para los niños pobres, siendo el primer democratizador de la enseñanza a nivel mundial. Un motivo de orgullo y ejemplo de solidaridad, que no entiende de fronteras, religiones ni razas, para toda la humanidad, y muy especialmente para nosotros, sus paisanos aragoneses.
Escultura en escayola que representa a San José de Calasanz enseñando a leer a un niño, que se encuentra en el colegio de Escuelas Pías-"Santo Tomás", de Zaragoza, y que es el original sobre el que se realizó la escultura que ahora luce en uno de los frisos exteriores de la Basílica del Pilar de Zaragoza, y que ilustra el comienzo de este reportaje dedicado a la fiesta del Santo Padre fundador de las Escuelas Populares Cristianas y de la Orden de las Escuelas Pías que continúan su obra en más de treinta países de los cinco continentes.- Foto: Luis Negro Marco