miércoles, 14 de febrero de 2018

San Valentín, la fuerza de la unión matrimonial

(Artículo publicado en El Periódico de Aragón el 14 de febrero de 2018)

Un corazón por San Valentín

Luis Negro Marco 

 Luperco, fue el nombre que los romanos dieron al dios de la naturaleza, al que los griegos llamaron Pan. Y las Lupercalia fueron las fiestas que, durante siglos, en su honor, se celebraron anualmente en Roma. Manifestaciones que tenían su punto álgido el día 15 de febrero, y estaban estrechamente relacionadas con la luz y el calor de la primavera próxima, la fertilidad y el renacimiento de la naturaleza. En aquel día, grupos de jóvenes, con un cinturón ceñido a la cintura, corrían por la ciudad zurrando a cuantos encontraban con correas de piel, al tiempo que las mujeres tendían las manos para que les pegaran en ellas, en la esperanza de no quedar estériles, o evitar los dolores del parto.

  Con la llegada del cristianismo, la tradición fue asimilada y transformada, de manera que  a finales del siglo V, el papa Gelasio I dedicó el 14 de febrero a San Valentín, muerto en Roma, bajo las persecuciones del emperador Claudio II, en el año 270. A partir de entonces, las Lupercalia se transmutaron en una apelación a la juventud cristiana para que sintiera la necesidad de consagrar su unión a través del sacramento del matrimonio, como garante de fortaleza (valens) y de un futuro de prosperidad y felicidad para ellos y su descendencia.

 La fiesta continuó celebrándose, y llegado el siglo XIV, el poeta inglés Geoffrey Chaucer (1343-1400) la mencionó en uno de sus versos: “Todas las aves buscan su pareja en el día de San Valentín. Igualmente, desde el siglo XVI –al menos– en naciones como Inglaterra, Italia y Francia, se celebraban las fiestas «Valentinas». Las mismas tenían lugar en la víspera y en el día de San Valentín, siendo sus protagonistas las parejas que habían contraído matrimonio en el año en curso, así como los jóvenes solteros de ambos sexos, que
recibían el nombre de «valentinas» y «valentines». Los ya casados realizaban un sorteo para formar las parejas de quienes aún seguían solteros. A partir de ese momento el joven contraía la obligación de obsequiar con regalos a su pareja y ser galante con ella. En caso contrario, llegado el domingo que marcaba el ecuador de la Cuaresma, la joven anulaba la relación, teniendo el derecho añadido de poder quemar un muñeco de paja, que evocaba la efigie del joven descortés, ante la puerta de su casa. A pesar de todo, muchos fueron los matrimonios que se materializaron gracias a esa costumbre ancestral que perduró hasta el siglo XIX.

 Asimismo, a lo largo de semanas, hasta Pascua, «valentinas» y «valentines» llevaban los nombres de sus parejas, escritos en un papel, colgados en el pecho, a la altura del corazón. De ahí la generalizada representación de esta imagen en la actualidad. Más tarde se popularizaron las tarjetas de felicitación por San Valentín, siendo la más antigua una del año 1400, conservada en el British Museum de Londres. Asimismo, ya en el siglo XIX, la avispada industria victoriana de Inglaterra supo transformar la festividad de San Valentín en un día comercial, y en 1861, el empresario chocolatero John Cadbury tuvo la feliz idea de fabricar bombones en forma de cupidos y rosas, colocándolos en artísticas cajas con apariencia de corazón. De este modo, una vez saboreados los dulces, el continente se convertía en un preciado cofre donde las parejas podían guardan sus románticas cartas de amor. Feliz día de San Valentín.

martes, 13 de febrero de 2018

Carnaval, entre las Lupercalia y las Terminalia romanas del mes de febrero

(Artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN el 10 de febrero de 2018)
Carnaval, de qué va
Luis Negro Marco
 

 Carnaval, tiempo de máscaras del que Momo, hijo de la Noche y del Sueño –según la mitología griega– es el rey. Personaje ocioso y satírico del que el jesuita aragonés Baltasar Gracián (1601-1658) dijo, en  «El Criticón», es como un “duendecillo, provocador de chismes y hablillas”, cuya definición nos retrotrae a las chirigotas de los carnavales de Cádiz.

 Y de Momo, deriva la palabra mamarracho, del árabe muharrad (bromista, bufón), con su forma momarrache (“gesto de burla y mofa”) y mamarracho (persona que viste de forma ridícula). Otros  personajes carnavalescos son los zarragones a los que Sebastián de Covarrubias (1539-1613) en su «Tesoro de la lengua castellana», definió como “moharraches o botargas que en tiempos de carnaval salen con mal talle, espantando a los que topan”.  Asimismo, según el diccionario de María Moliner, el término botarga vendría del nombre de un cómico italiano del siglo XVI, llamado Bottarga, vestido con viejos calzones. Así, entre otras de sus acepciones, la palabra botarga devino en “sinónimo de gracioso, o pelele que se usaba en las fiestas de toros”.

 Y a su vez, pelele refiere a una figura humana hecha de trozos de tela y paja que se sacaba antiguamente a la calle durante el carnaval, y cuya efímera existencia acababa con su quema, en la noche de martes de carnaval. A este pelele se le conoce en los carnavales de la localidad oscense de San Juan de Plan con el nombre de peirot. Palabra a su vez emparentada con la valenciana parot: un tipo de perchas en que los carpinteros colgaban sus abrigos y que, llegada la primavera (al poder prescindir ya de ellos), quemaban.

 En Aragón tenemos además la palabra peirón, la cruz de piedra situada al lado y en el cruce de los caminos, dedicada a la Virgen o a un santo. Elemento artístico muy similar a los padrãos con que los  navegantes portugueses marcaron, a los largo del siglo XV, los límites de las tierras por ellos descubiertas en la costa occidental de África. Así mientras peirones y padrãos son marcas de límites y normas, el carnaval las desmarca (de ahí la simbólica quema del meco o peirot) constituyendo su celebración una temporal –aunque necesaria– transgresión de lo cotidiano (para expiar males, culpas y defectos) antes de la vuelta a la normalidad.

 Curioso también es constatar la común raíz de las palabras padrão, peirot, peirón y Pierrot, éste último, el conocido personaje  carnavalesco de la comedia italiana del siglo XVI y que ha llegado hasta nosotros en diversas imágenes, incluida la del arlequín. No acaban ahí las coincidencias lingüísticas y de personajes carnavalescos, por cuanto Pierrot guarda a su vez gran  semejanza expresiva con parrot y perrot (con el significado de “loro” en inglés y francés, respectivamente) el ave que hace reír repitiendo frases de las que desconoce su significado. Igual que quien habla como un papagayo. Por eso, en la Francia del siglo XV, se empezó a llamar perruquets (loros) a los nobles con peluca. Y peliqueiros (por la que portan en sus cabezas), es también el nombre que reciben algunos de los principales personajes del carnaval en Galicia.   


 Contemplado en conjunto, el carnaval se erige como una genuina manifestación en que se evidencia la íntima relación existente entre el mundo de los signos y el de las relaciones humanas.

jueves, 8 de febrero de 2018

Isis, Santa Águeda, y la igualdad de la mujer



Luis Negro Marco 

  Históricamente, Santa Águeda, o Ágata, habría nacido en torno al año 230, en la ciudad siciliana de Catania (a los pies del Etna), en el seno de una familia noble y adinerada. Águeda tenía 21 años cuando el emperador romano Decio decretó la que fue séptima y más cruel persecución contra los cristianos. En Sicilia, el encargado de llevarla a cabo fue el procónsul Quinciano, quien nada más conocer a la joven se enamoró de ella por su belleza e inteligencia, pues Águeda había recibido una sólida educación en las artes expresivas de la dialéctica y la oratoria. Furioso por no ser correspondido, y por las ingeniosas y valientes respuestas de la joven («Yo no soy esclava, sino mujer libre desde el instante mismo de mi nacimiento»), Quinciano decidió entonces someterla al tormento, ordenando a los verdugos que le cortasen un seno.

 Momento en que, según la tradición, Águeda cubrió su pecho mutilado con un velo, al tiempo que  recriminaba a sus torturadores: («¿No os da vergüenza privar a una mujer de un órgano semejante al que vosotros, de niños, succionasteis reclinados en el regazo de vuestra madre?»). La hagiografía de Santa Águeda cuenta que esa noche se le apareció milagrosamente San Pedro en su celda, quien la sanó de sus heridas y le repuso el seno que sus torturadores le habían cercenado.

 Al comprobar el prodigio, un iracundo Quinciano ordenó entonces que fuese arrojada desnuda a un lecho de brasas incandescentes, y cuando la joven estaba a punto de morir
Ntupatedde (mujer con el rostro cubierto), en
las fiestas en honor a Santa Águeda, en la
ciudad siciliana de Catania, donde nació y
murió la santa (230-251).-
Foto: Milena Nicolasi
quemada, la ciudad fue sacudida por un fuerte seísmo que provocó la huida del procónsul. No obstante, la santa catanesa murió al día siguiente (5 de febrero del año 251 –de ahí que sea éste el día de su festividad cristiana–) siendo su cuerpo embalsamado y depositado en un sarcófago, instante en que –según la tradición– se apareció un ángel, quien en la cabecera de la santa puso una tabla de mármol con estas palabras:
«Alma santa y voluntaria víctima, honró a Dios y salvó a su patria». Una frase que pasó a ser impresa –siglos después– en las campanas de numerosas iglesias de España, testimonio de su generalizada devoción en nuestro país.

 No obstante lo anterior, es muy probable que el culto a Santa Águeda sea la cristianización de uno anterior a Isis, diosa del Antiguo Egipto. De hecho, desde la dominación griega de Sicilia, esa deidad había pasado a ser la protectora de la isla, considerada como «la buena diosa» (Agathé Daimón en griego, de donde en lengua siciliana, Águeda recibe el nombre de Ajtuzza). Por esta razón, la santa aparece con algunos de sus atributos, caso del velo, que cubría también el rostro de Isis acompañado de la leyenda: «Soy todo lo que es, lo que ha sido y lo que será, y ningún mortal ha levantado todavía mi velo», en referencia a la búsqueda incesante por la Humanidad de la salvación, es decir, la verdad.

 De este modo, tras la llegada del cristianismo, a Santa Águeda le fue transferida la  simbología de esta divinidad sagrada de Mediterráneo y todo lo que había significado a lo largo de los siglos: la equiparación del poder de las mujeres y de los hombres. De ahí el carácter de reivindicación femenina en el día de su  fiesta. Así, en Catania, ciudad natal de Ágata, cada 5 de febrero salían  a la calle las Ntuppatedde: mujeres casadas o solteras, con el rostro cubierto por un velo que les proporcionaba el anonimato y el poder necesario para seducir a los hombres, pedirles dinero y regalos, sacarlos a bailar y mofarse de ellos con sus chistes, sin que sus padres o maridos pudieran protestar. Una manifestación que entronca con otras de numerosos pueblos de España, donde en el día de Santa Águeda, las mujeres son las protagonistas absolutas de cuanto acontece.

 Asimismo, la celebración está relacionada con el preludio de la primavera, anunciado por el incremento de las horas de luz,  y por ende, con la maternidad (el 2 de febrero  es para los cristianos el día de la Candelaria, o purificación de la Virgen en el templo, fecha en que se cumplen los cuarenta días después de Navidad), y la lactancia de los niños. Los primeros de febrero son además, días en que las cigüeñas comienzan a surcar los cielos de Europa en su anual migración desde África. De ahí que tradicionalmente se haya asociado a estas aves (cuya llegada coincidía con la celebración de los ritos propiciatorios de la fertilidad) con el nacimiento de los niños.

 Por otro lado, los pechos cercenados de Santa Águeda, pasaron a convertirse en símbolo de vida, al dar con su muerte testimonio de la fe en Cristo, el Resucitado. Y a ella –como santa intercesora ante Dios– comenzaron a hacer ofrendas los fieles para procurar su mediación. De ahí el antiguo origen de los hoy tan populares  dulces de Santa Águeda, en forma de seno y pezones de guindas o mazapán, y los panes bendecidos, como ocurre en la localidad zaragozana de Escatrón.


 Además, al celebrarse su fiesta a comienzos del variable mes de febrero, a mitad del invierno, a Santa Águeda tradicionalmente se le confirió un poder predictivo y distribuidor, tal y como acontecía con el culto a Isis, diosa que otorgaba la fortuna para el resto del año, y la fertilidad en primavera. De manera que, al igual que el día de la marmota en los Estados Unidos (el día 2 de febrero), en España tenemos un refrán: «Si la candelaria llora, el invierno está fuera. Si la candelaria ríe, el invierno revive».

lunes, 29 de enero de 2018

Zaragoza, ciudad con secular tradición y renombre en la fabricación del roscón de San Blas y san Valero

Artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN del día 29 de enero de 2018
Zaragoza, San Valero, y el roscón
 
Luis Negro Marco 
 Un escritor romántico del XIX, el francés Paul Gauzence, tras un viaje por España en 1846, dejó escrito sobre Zaragoza: “Fue la capital de un reino esforzado y animoso, célebre en Europa por sus fueros y privilegios”.  Plasmadas sus observaciones sobre las principales ciudades de España en un libro, el erudito informador recordaba a sus lectores galos que Zaragoza había emergido como ciudad bajo el consulado de Augusto, sobre los robustos cimientos de la ibérica Salduie. Prueba de la reciedumbre con que nació la ciudad, el emperador decidió enviar a ella, para que fueran sus primeros moradores, a los veteranos de cuatro de sus legiones, consagrándola para la posteridad con la majestad de su nombre: Cesarea Augusta. El César otorgó además a Zaragoza el título de Colonia immunis (exenta de impuestos de guerra), y mandó edificar en ella (además del foro, teatro, puerto fluvial y baños púbicos), sendos templos consagrados a las diosas Fortuna y Flora, y un circo, cuyas subterráneas ruinas aún no han sido descubiertas. Asimismo, y como ocurría en todas las ciudades romanas, el perímetro de la Zaragoza imperial pasó a estar rodeada por una formidable muralla, aún visible en distintos puntos de la ciudad, y protegida por fuertes instalados en sus cuatro puntos cardinales.

 Más tarde, a partir del siglo VII, en época visigoda, Zaragoza llegaría a ser conocida como la ciudad de “los Innumerables mártires”, en recuerdo a los 17 cristianos que habrían sufrido allí martirio –junto a San Lamberto y Santa Engracia– a comienzos del siglo IV. Habrían ocurrido aquellos trágicos sucesos durante el reinado del emperador Diocleciano, quien destinó a Zaragoza al prefecto Daciano, con el cometido de que llevara a cabo la persecución, de la que también fueron víctimas el obispo de Zaragoza, San Valero, y su diácono San Vicente. Ambos fueron conducidos hasta Valencia, donde el segundo fue martirizado hasta la muerte, y San Valero condenado al destierro, a un pueblo que no excediese de veinte casas.

 En 1615, un canónigo de La Seo, Martín Carrillo, escribía en su “Historia del glorioso San Valero, obispo de la ciudad de Zaragoza”, cómo aquel ilustre prelado, uno de los hombres más sabios de su tiempo, pasó por la localidad turolense de Castelnou, hasta llegar a su postrer lugar de destierro, una pequeña aldea que el autor llama Aneto de los Pirineos (posiblemente un lugar próximo a Barbastro), donde edificó una iglesia en honor a San Vicente, al saber de su martirio. “Y lo demás de la vida de San Valero fue ayuno. Hasta el 315, año en que murió”.

 En el año 1171, el rey Alfonso II pidió al obispo de Roda de Isábena, Guillén Pérez, que le donase las reliquias del cráneo de de San Valero, en cuya catedral –junto con otros de San Lorenzo– se veneraban. De este modo, además de un brazo del santo prelado aragonés (que ya había reclamado Alfonso I tras la conquista de la ciudad en  el año 1118), las reliquias de San Valero llegaron a Zaragoza. Dos siglos más tarde, otro ilustre pontífice zaragozano (nació en la localidad de Illueca, en el año 1328), el papa Benedicto XIII de Avignon –conocido como el papa Luna–, dispuso que se labrara para la catedral de La Seo de Zaragoza una obra de arte excepcional: un busto relicario, en piedras preciosas y plata, en el que actualmente se conservan las reliquias de San Valero, cuyo idealizado rostro quizás sea en realidad el de quien hizo su encargo,  Pedro Martínez de Luna.

 Fue así como San Valero devino en patrón de Zaragoza, cuya celebración (29 de enero) coincide con la del día de su muerte del año 315.  En cuanto a la vinculación de San Valero con el roscón (San Valero, rosconero, ventolero), ésta puede venir de muy antiguo –quizás incluso desde el siglo XII, pocos años después de reconquistada la ciudad a los musulmanes– Y estar vinculada, tanto al roscón de Reyes, como al roscón que también es costumbre degustar, el 3 de febrero, por San Blas. Y asimismo, es muy probable que esta tradición esté vinculada con las fiestas Saturnalias de la antigua Roma, en que el gustoso roscón emulaba ser una corona, la cual pasaría a ceñir la cabeza de quien encontrara el haba que el artesano pastelero había escondido en su interior. Por lo demás, está claro que el carácter de inversión de roles sociales, sátira y farsa que impregnaban las fiestas Saturnalia de Roma entroncan directamente con el Carnaval (gastronomía y repostería específicas incluidas), cuyas fechas de celebración  anticipa en algunas semanas la de San Valero.

 Por lo demás, hay que tener en cuenta que en siglos anteriores, la ciudad de Zaragoza fue la ciudad española con más prestigio y tradición en la fabricación rosconera. Así lo atestiguaba, ya en 1790, el «Diario de Madrid» que en su edición del 5 de agosto publicaba el siguiente anuncio: “Los roscones legítimos de San Blas de Zaragoza, se distinguen de los comunes en que el suelo del roscón de Zaragoza no lleva papel, pues tiene el suelo como el pan. Se venden a un real en esta villa en la tahona del Aragonés, maestro fabricante natural de la misma ciudad, donde ejerció con mucho crédito la fabricación de dicho género”. Asimismo, en 1830 el «Diario de Avisos de Madrid» seguía publicando anuncios de venta de los “verdaderos roscones de Zaragoza, de exquisita calidad, para tomar con chocolate”. Para aquel año el precio se había duplicado, llegando a los dos reales, y a real y medio “los roscones más chicos”.

 Quizás como la inclinada Torre Nueva, símbolo en otro tiempo de la ciudad, hasta su derribo en 1892, los roscones de Zaragoza también perdieron con los años su afamado nombre, diluido en la masa globalizada de la repostería española. Pero para los zaragozanos, cíclica y eternamente, San Valero, ventolero o no,  siempre será rosconero. 

jueves, 25 de enero de 2018

La Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela (APSC) ofrenda una corona fúnebre ante la imagen de San Francisco de Sales, en memoria de los medios desaparecidos, y la precariedad laboral en la profesión periodística



Imaxen de San Francisco de Sales na igrexa da Faculdade
de Xeografía e Historia da Universidade de Santiago de
Compostela (USC)
.-                Foto: Luis Negro
OS XORNALISTAS HONRARON O SEU PATRON CUN ACTO FÚNEBRE E SOLIDARIO EN MEMORIA DOS MEDIOS DESAPARECIDOS E DOS XORNALISTAS EN PARO

Posteriormente celebraron co Ateneo de Santiago un acto cultural na lembranza do sobranceiro xornalista compostelano Alfredo Vicenti

Na celebración de San Francisco de Sales (24 de xaneiro) Patrón dos Xornalistas, un grupo de asociados da APSC (Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela-FAPE) reuníuse diante da talla do Santo ubicada na igrexa da Universidade para depositar unha coroa fúnebre en memoria dos “medios mortos e desaparecidos durante a crise”.

O acto servíu de homenaxe á aportación o xornalismo durante décadas de medios como A Nosa Terra, Galicia Hoxe, Xornal de Galicia, V Televisión, Vieiros e outros medios non galegos
como a revista Interviú ou o semanario Tiempo, todos elas portadas xa inexistentes, coa conseguinte perda de postos de traballo. No transcurso da cerimonia, o presidente da APSC, Luís Menéndez, leeu unha “Letanía e Invocación” ao Santo na que criticou a utilización espúrea do xornalismo e dos xornalistas e  elevou pregarias “para que os xornalistas volvan ser libres, responsables e independentes nunha sociedad desenvolvida, aberta e madura”. O acto foi apoiado tamén polo Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia (CPXG).
Los periodistas compostelanos depositaron una corona fúnebre ante San Francisco de Sales, en memoria de los medios desaparecidos y los periodistas en paro Foto: Luis Negro
Posteriormente, en colaboración co Ateneo de Santiago, a APSC participou nun “Faladoiro” na sede do Ateneo compostelán arredor da figura do sobranceiro xornalista e médico compostelán Alfredo Vicenti (1850-1916), director do “Diario de Santiago” e promotor da Asociación da Prensa de Madrid (APM). No acto participaron, amais de directivos do Ateneo, os xornalistas Benxamín Vázquez e Vicente González quens deron conta do gran exemplo e valor profesional do ilustre devanceiro, perseguido na súa época, e salientaron a gran biografía realizada por Baldomero Cores, falecido hai uns anos. A APM enviou senllas mensaxes de adhesión asinadas pola súa presidenta, Victoria Prego.

Mesa redonda, organizada por el Ateneo de Santiago y la Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela, en homenaje al periodista gallego Alfredo Vicenti (1850-1916), impulsor de la Asociación de la Prensa de Madrid, la primera de España.  De izquierda a derecha, Xosé Ramón Pousa, Benxamín Vázquez, Vicente González y Luis Menéndez.
Foto: Luis Negro

viernes, 19 de enero de 2018

San Antón, modelo de santo cristiano


El resiliente San Antón
Por su resistencia y superación constante ante la adversidad, pasó a ser invocado como protector contra la enfermedad y benefactor de los animales domésticos


Luis Negro Marco 

 La festividad de San Antonio Abad, que se celebra el 17 de enero, está íntimamente relacionada con la bendición de los animales y el fuego. Precursor de las órdenes monásticas, hacia el año 270, con apenas 20 años, el santo anacoreta lo dejó todo para retirarse al desierto –en Egipto, su tierra natal– y dedicarse por completo al ayuno, la oración y  la lectura de textos sagrados. De ahí que se le represente habitualmente leyendo, o con un libro en la mano.

  De la biografía de San Antón (muerto el 17 de enero del 356,  a los 105 años de edad), destacan las tentaciones a las que lo sometió el demonio para hacerle desistir de su vida ascética y contemplativa. Vacuas promesas de lujuria y riquezas que al santo le eran presentadas por diablos, muy frecuentemente con apariencia de animales. De ahí que en las primeras representaciones del santo apareciera éste junto a un lobo (símbolo de la avaricia) y un jabalí (símbolo de la lujuria). Ambos animales se hallan en esas imágenes dócilmente a sus pies, como signo de la victoria del santo sobre el mal.

 Asimismo, la autodidacta sabiduría del santo eremita conseguía reconciliar a los enemigos, al tiempo
que, por medio de su penitencia y plegarias, curaba milagrosamente las enfermedades de quienes en busca de sanación peregrinaban hasta él. Obras buenas que, al igual que la Menorá, la lámpara hebrea de siete brazos que iluminaba día y noche el tabernáculo,  procedían del fuego de su caridad.  De ahí que a San Antón, se le asocie también con el fuego que alumbra (sana) y que a la vez abrasa (purifica), destruyendo lo viejo para dar paso a lo nuevo. En términos cristianos, representa el triunfo del bien (las siete obras de misericordia espirituales) sobre el mal (los siete pecados capitales).

 Otra de las atribuciones de San Antón fue la de su constante vigilia y preparación para la muerte,
San Antón, con algunos de sus habituales atributos:
Libro, hábito de monje, bastón, campanilla
 y letra "tau" en azul
.- Anónimo.- siglo XVIII
"Museo Calasancio" de los PP. Escolapios (Madrid)
motivo por el que muy a menudo se le representa con una campanilla en la mano. Pero también porque fue el fundador de las Órdenes monásticas, en las que era costumbre que los frailes anunciaran las actividades del día mediante el toque de una campanilla.

  A partir del siglo XII, la asociación del fuego con la figura de San Antón se generalizó, debido a que pasó a invocársele para que mediante su intercesión, sanase a los enfermos aquejados de ergotismo gangrenoso. Una terrible enfermedad, muy frecuente a lo largo de toda la Edad Media, causada por un hongo (el cornezuelo del centeno), que intoxicaba el cereal con el que se hacía el pan. Al comerlo, las personas contraían la enfermedad, a la que pronto se llamó “Fuego del Infierno”, por la quemazón que sentían quienes la padecían. Y después recibió el nombre de “Fuego de San Antonio”, toda vez que las víctimas se encomendaban a San Antonio Abad  buscando una cura eficaz, y que la primera Orden religiosa que se fundó para cuidar a estos enfermos fue la de los Antonianos. Los frailes y caballeros de esta Orden construyeron numerosos hospitales a lo largo de Europa occidental, siguiendo las vías que confluían con el Camino de Santiago. Sanatorios a los que los enfermos peregrinaban en busca de un remedio para acabar con su terrible dolencia. De ahí el bordón de peregrino, con empuñadura en forma de “T” (en referencia a  la letra tau de los alfabetos hebreo y griego, como símbolo de inmortalidad y salvación –adoptada  asimismo por la Orden de los Franciscanos–), que generalmente aparece en las figuras escultóricas y pictóricas de San Antón.

 Parece ser, además, que los frailes antonianos utilizaban grasa de cerdo como parte esencial de la pócima (junto a pan no contaminado) con que curaban a los enfermos. De este modo, los fieles empezaron a donar estos animales a los hospitales, distinguiéndolos con una campanilla colgada de su cuello, en señal de que podían andar libres por las calles y comer cuanto encontraran, sin que nadie pudiera molestarles ni apoderarse de ellos. De ahí la representación de San Antón junto a un cerdo encascabelado a sus pies.  

 Fue así como, sanador de almas y cuerpos, llegado el siglo XVIII, la milagrosa protección de San Antón se hizo también extensiva a los animales domésticos, generalizándose después el rito de su bendición el día en que la Iglesia celebra su festividad, es decir, el 17 de enero.

 No obstante, no podemos dejar de pensar que los ritos que tienen lugar en torno a la celebración de San Antón, sean una asimilación cristiana de ritos paganos anteriores, relacionados con el año nuevo, la protección contra las enfermedades, y la renovación de los ciclos productivos ganadero y agrícola. Ritos en que los animales domésticos y el fuego cobraban especial protagonismo, como garantes de la supervivencia de la comunidad ante la crudeza de los meses de invierno. De hecho, en el panteón de dioses de los pueblos de la Iberia prerromana, se encontraba la diosa Ataecina (asociada posteriormente a la diosa romana Proserpina), siendo su animal sagrado la cabra. Diosa de la primavera, y protectora contra las enfermedades, para invocar su protección se encendían, también por estas fechas, antorchas y hogueras nocturnas, al tiempo que grupos de jinetes procesionaban por las calles a lomos de caballerías. 


jueves, 11 de enero de 2018

Nuevo libro del escritor Ricardo Moreno, a propósito de Voltaire y el mundo actual


El escritor Ricardo Moreno reivindica  la vigencia de las ideas ilustradas del filósofo francés, frente al surgimiento de nuevos dogmas

Portada del libro
Ricardo Moreno Castillo
«Nosotros y Voltaire»
Editorial “Pasos Perdidos”, 192 pp.
Madrid, 2017
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Luis Negro Marco / Santiago de Compostela

 Parece ser que, ya a finales del siglo XVI, la universidad española habría acuñado la célebre frase de “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”, para desacreditar los trabajos del erudito jesuita Juan Bautista Villalpando (1552-1608), matemático, arquitecto y escritor, en quien –no obstante su sabiduría–, muchos de sus contemporáneos ilustres colegas no vieron sino “la funesta novedad de pensar”, ya que negaba que las estrellas estuvieran regidas por los ángeles, defendía el sistema de Copérnico, y afirmaba que los rayos son naturales, y  “todo ello parecía pretendía quitar el temor a la ira de Dios, con tendencia a tratar las cosas en términos poco conciliadores con los textos sagrados…”.

 “Eppur si muove” (Y sin embargo, se mueve), que es la frase que pronunció Galileo en 1633, en Roma, después de haberse retractado (para librarse así de la hoguera) ante la Inquisición de su teoría heliocentrista. Porque la verdad, como la belleza, siempre triunfa y prevalece. De ahí que a finales del siglo de Galileo comenzara en Europa un período de casi cien años de duración (que se prolongó hasta el inicio de la Revolución Francesa), conocido como “El Siglo de la Ilustración” o “El Siglo de la Razón”. Francia fue el país hegemónico en aquel tiempo, en donde surgieron pensadores y filósofos de la talla, entre otros, de D´Alembert, Condorcet, Diderot, Montesquieu y Voltaire. Todos ellos sostenían que mediante la razón humana se puede combatir la ignorancia y la tiranía, y de este modo construir un mundo mejor.

 Y fue por este motivo: por la luz que la razón arrojaba sobre las sombras de la ignorancia, por lo que se conoció  también al XVIII como  “El Siglo de las Luces”, siendo quizás Francisco María Arouet de Voltaire (1694-1778), el más importante de sus filósofos. Alumno de los jesuitas, Voltaire manifestó muy pronto tan poco apego a lo religioso,  que sus maestros llegaron a predecir proféticamente de él  que llegaría a ser en Francia el corifeo del Deísmo (la experiencia de Dios experimentada a través de la razón y no de la fe).

Ricardo Moreno Castillo, autor del libro, el día de su
presentación, 21 de diciembre de 2017, en la Facultad de
de Filosofía de la Universidad de Santiago de Compostela
Foto: L. N. M.
En 1727 conoció en Bruselas al suizo Jacobo Rousseau (autor de «El Emilio») con quien sin embargo no congenió, siendo su abrupta despedida el preludio de posteriores y constantes disputas entre los dos.  Las «Cartas filosóficas», o «Cartas inglesas», que Voltaire publicó en 1735 en París (en 1728 lo habían sido en Londres) fueron inmediatamente prohibidas por demasiado atrevidas y quemadas por mano del verdugo. En 1758 se estableció en Ferney, donde vivió los últimos 20 años de su vida, durante los cuales desplegó una asombrosa actividad literaria, redactando cuentos, novelas, folletos, poesías de todos los géneros, epístolas, tragedias, comedias, y hasta epigramas satíricos y sarcásticos, al estilo del bilbilitano Marcial.

 Voltaire supo manejar con maestría la ironía y el ridículo, convertidos de su mano en una poderosa arma literaria, pero que no fueron del agrado ni de la monarquía francesa ni de la Iglesia, pese a su excelente relación con ciertos sectores del clero francés, incluidos destacados abades familiares suyos. Escribió, no obstante Voltaire sobre la religión, destacando las obras «La Biblia comentada», y «Diccionario filosófico», que en su tiempo se interpretó como un indigno propósito de ridiculizar la religión; motivo por el cual sus obras estuvieron largo tiempo prohibidas por la Iglesia (en España, incluso durante la dictadura de Franco), hasta el punto de que, en el pasado, el calificativo de “Volteriano” sirvió para designar a la persona que manifestaba incredulidad o impiedad cínica o burlona hacia todo lo religioso. 

 No obstante, de lo que no cabe duda es que Voltaire, con su agudeza e ingenio, ejerció durante un siglo –tanto en Francia como en el resto de Europa– una influencia decisiva sobre la filosofía y la literatura que han perdurado hasta hoy. De este modo, su compatriota, el filósofo André Glucksmann (1937-2015), llegó a decir: “Europa será volteriana o no será”.  

 Ricardo Moreno, el autor de «Nosotros y Voltaire», reivindica asimismo la validez del filósofo de Verney, en un tiempo en el que la Humanidad posmoderna huye de la realidad y prefiere los monstruos goyescos del sueño de la razón a la belleza; un tiempo en el que el lirismo embriagante de los nacionalismos se impone a la solidaridad,  en el que se llama posverdad a la mentira, y en el que la tolerancia se subordina a viejos y nuevos dogmas. De ahí que la razón que sostuvo el pensamiento de Voltaire sea ahora más precisa, pues como expresó el autor en una cita de su «Dictionnaire philosophique»: “Una vez que el fanatismo ha gangrenado un cerebro, la enfermedad es casi incurable”.