miércoles, 19 de septiembre de 2018

Concierto de órgano para una calurosa tarde de verano



 Luis Negro Marco
Música celestial 

Durante un reciente viaje de vuelta a Santiago Compostela, recalé por casualidad en la localidad palentina de Paredes de Nava, no muy lejos de Villalón de Campos, población vallisoletana célebre por sus quesos, y muy especialmente por una de sus variedades a la que los locales denominan «pata mulo». Era una tarde de finales de agosto, y el sofocante calor  hacía honor a los rigores de la canícula propia de la época estival del año. El dorado paisaje castellano, con los campos amarillos del trigo ya cosechado, y las alpacas de paja apiladas en perfectas formaciones rectangulares, me recordaban al paisaje de mi tierra natal en Bello, al lado de Torralba de los Sisones y de la laguna de Gallocanta. Y para más casualidad, en un pueblo próximo a Paredes de Nava, también hay una laguna, la cual –una vez vi el cartel indicador– me acerqué a visitar. Para mi decepción, estaba completamente seca; el mirador de aves, construido en madera, tenía uno de sus
FRECHILLA. Iglesia de "Santa María", del siglo XVI
                                                     Fotocomposición: Luis Negro
ventanucos abiertos, e impresos sobre un cartelón resguardado en metacrilato, se reproducían más de 20 dibujos de las aves  –incluidas los cisnes y las grullas– que en caso de haber tenido agua el humedal, se hubieran podido observar sobre las ahora inexistentes azuladas aguas. Por no ver, ni tan siquiera vi volar a un gurriato por encima de los tamarices, aunque sí me acompañó el estridente chicharreo de la cigarra. También en esto la laguna de Nava se parece a la de Gallocanta, en donde la sequía ha reducido de manera considerable el número de grullas que cada año llegan allí, desde finales de octubre.

Continué viaje en dirección Benavente, cuando la visión de la torre de la iglesia de «Santa María», a escasos metros de la carretera, hizo que me detuviera en Frechilla, el pueblo que la edificó en el primer tercio del siglo XVI. Al comprobar cómo bajaba la temperatura, respecto al calor de la calle, me alegré de haber entrado en el templo. En el interior tan sólo había una mujer, sentada en uno de los bancos, delante del altar. La iglesia era majestuosa, con un espectacular retablo barroco y naves laterales decoradas con magníficos esculturas y cuadros de todas las épocas artísticas, incluida una hermosa talla en madera policromada, del siglo XIII, de un Cristo crucificado que acababa de ser restaurada y reintegrada al conjunto de obras de la iglesia. Al mismo tiempo que yo, y por la puerta del presbiterio, entraron dos hombres –uno algo mayor, y otro mucho más joven– en pantalones bermudas, camiseta y sandalias. Guiris, igual que yo –pensé al instante–. Pero
El maestro organista Tomas Ospital, a los teclados del órgano de la iglesia de "Santa María" (Frechilla) el 30 de agosto de 2018.       Fotocomposición: Luis Negro
Angelina (que así me dijo después que se llamaba), la sacristana “nacida y plantá desde siempre en Frechilla”,  se puso a hablar con ellos, y oí como les decía que ya tenía todo dispuesto para que pudiesen subir al órgano a ensayar. Geli me hizo una señal y me dijo que no me fuese, que esperara, “pues no sabe usted la suerte que ha tenido. Son unas eminencias de la música”. Así que los dos guiris subieron sin prisas al coro y se pusieron a tocar el majestuoso órgano barroco de la iglesia. Comenzó el mayor de ellos, el maestro organista francés Francis Chapelet (París, 1934), miembro de la
«Real Academia de Bellas Artes de San Fernando», y desde hace décadas, enamorado como Machado de los campos de Castilla, se quedó a vivir en el pueblo palentino de Abarca. Después fue el joven maestro organista Tomas Ospital (vasco, aunque residente desde hace muchos años en París) quien de manera igualmente magistral interpretó varias piezas que resonaron, a través de los tubos del órgano, como si fuera una orquesta interpretando en el Palacio Real. “Espectacular”, me comentó al finalizar su ensayo Ospital, el joven intérprete, en perfecto español con perfecto acento francés: “Es la primera vez que toco un instrumento de tanta calidad como éste. Tiene lengüetas que jamás había visto antes...”  No entendía de qué me hablaba, pero me sonaba a música celestial.


jueves, 9 de agosto de 2018

Jesse Owens, cuádruple campeón en las Olimpiadas de Berlín de 1936: el triunfo de la bondad y la fraternidad

 Luis Negro Marco 

 Aquel plomizo lunes, 3 de agosto de 1936, dos días después de comenzados los undécimos Juegos Olímpicos de Berlín, Jesse Owens, un joven atleta negro –estadounidense, del estado de Alabama, y de apenas 23 años de edad– estaba a punto de hacer saltar por los aires las teorías racistas y supremacistas del nazi Alfred Rosenberg (teórico del nacional-socialismo) y su delirante idea de la superioridad de la raza aria. Sobre las 3 de la tarde de aquel día, minutos antes del comienzo de la competición de los 100 metros lisos, los cámaras –a las órdenes de la realizadora alemana Leni Riefenstal (la ninfa Egeria del führer, Adolf Hitler) ya habían dirigido sus objetivos hacia el rostro y la elegante figura de aquel poderoso atleta negro que apenas dos meses atrás, en Chicago, había obtenido el record del mundo en la prueba. A los 10 segundos y 3 décimas del pistoletazo de salida, Owens había
El atleta estadounidense Jesse Owens segundos antes de tomar
la salida en la prueba de los 100 metros, el día 5 de agosto de 1936
durante la celebración de los Juegos Olímpicos de Berlín. Owens
sería el vencedor de la prueba, con un tiempo de 10 segundos y tres
décimas, estableciendo el rcord olímpico de la prueba.
establecido un nuevo record olímpico y se había quedado a tan solo una décima de su record mundial. Y para desesperación de Hitler y el resto de jerarcas nazis presentes en la tribuna del Olympia Stadium (con 100.000 espectadores presenciando la prueba y aclamando el nombre del joven atleta estadounidense), su compatriota y amigo, el también atleta negro Ralph Metcalfe, se había hecho con la plata.


Sin embargo, el recital de Owens en aquellos Juegos Olímpicos no había hecho más que comenzar. Y al día siguiente, en la prueba de salto de longitud, volvía a ganar, con una marca de 8 metros y 6 centímetros (7 centímetros por debajo del record del mundo que él mismo poseía) estableciendo un nuevo record olímpico de la prueba. La furia del führer se acrecentó cuando el atleta alemán Luz Long, que obtuvo la plata, posó con Owens para los periodistas; ambos juntos y sonrientes como buenos amigos, que verdaderamente llegaron a ser. Una imagen que, si fue grabada por Riefenstal, no aparece en la película: «Olympia, los dioses del estadio», que la cineasta alemana rodó sobre aquellos Juegos, la cual fue estrenada en abril de 1938. Finalmente, la furia del führer fue mayúscula cuando supo que había sido el propio atleta alemán quien aconsejó a Owens que alargara su zancada en los pasos finales antes del salto, para no pisar la tabla y evitar el nulo, como le había ocurrido en saltos anteriores.

 Pero aún quedaban nuevos descalabros para los jerarcas nazis, que días antes de comenzar los Juegos
El atleta alemán Luz Long, en animada conversación con el
estadounidense Jesse Owens, posan para los fotoperiodistas tras
la prueba de salto de longitud, en la que Owens ganó el oro y marcó
el record olímpico de la prueba, con un salto de 8, 04 metros. Long
quedó segundo (7,87 m.) y obtuvo la medalla de plata.
habian dado órdenes de eliminar de las calles de Berlín todo tipo de pintadas y carteles antisemitas, de los que habían estado infestadas hasta entonces. El 5 de agosto, Owens volvía a obtener un nuevo oro en los 200, estableciendo además un nuevo record mundial de la prueba, y volvería a hacer lo propio cuatro días después en la de relevos de 4x400.  

 Un Hitler contrariado y enfadado, para no verse en la obligación de estrechar la mano al cuádruple campeón atleta negro, abandonaba de manera precipitada la tribuna de autoridades antes de que diera comienzo la ceremonia de entrega de medallas. Años después Marlene Dortch, nieta de Jesse Owens –fallecido en 1980, a los 67 años de edad– se lamentaba diciendo que el jerarca nazi no habría sido el único en negarse a estrechar la mano de su abuelo. Tras los Juegos, y una vez regresó a los Estados Unidos, Jesse Owens ni siquiera recibió un telegrama de felicitación por parte de Franklin Roosevelt, el entonces presidente de los Estados Unidos. El joven Owen había vuelto a su país, a una América segregacionista, en la que el color de la piel podía relegar a las personas negras a viajar en los asientos traseros de los transportes públicos, e incluso impedirles la entrada en restaurantes y otros establecimientos públicos. El sueño de Martin Luther King aún era una marca muy lejana y difícil de conseguir.

domingo, 29 de julio de 2018

Saint-Exupéry, 74 años de su muerte, cuando volaba sobre el Mediterráneo

El autor de El Principito murió el 31 de julio de 1944, día en que el avión que pilotaba fue abatido sobre el Mediterráneo por un caza alemán

Luis Negro Marco 

Antoine de Saint-Exupéry, delante del avión "L´Intransigéant", nombre del periódico francés que lo envió como corresponsal de guerra , en 1936, a España, en el transcurso de la Guerra Civil (1936-1939)
Si hubiera sabido que era él, no habría disparado”. Con estas palabras se expresaba en 2008 Horst Rippert, el ex piloto alemán de la Luftwaffe, gran admirador del autor ya en plena Segunda Guerra Mundial, quien –fallecido en la ciudad alemana de Wiesbaden a los 93 años de edad– declaró haber sido el autor del derribo del avión que en la mañana del 31 de julio de 1944 pilotaba el aviador, corresponsal de guerra y escritor francés universal, Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). Aquel día Saint-Ex estaba al mando de un caza da las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, y de manera extraña, volaba a tan solo 2.000 metros de altitud (muy por debajo de los 10.000, que era el techo recomendable de seguridad para eludir el ataque de los cazas alemanes) sobre el mar Mediterráneo, no muy lejos de la ciudad de Marsella.

 Fuese o no cierta la afirmación de Rippert, lo cierto es que en 2004, el arqueólogo subacuático Luc Vanrell, descubrió en el Mediterráneo, junto a la isla de Riou –al sur de Marsella– y a 80 metros de profundidad, los restos del fuselaje de un Lockheed estadounidense de la Segunda Guerra Mundial, que Vanrell identificó como el avión de Saint-Exupéry. Asimismo, con anterioridad, en 1998, un pescador marsellés había sacado de sus redes una pesca milagrosa. Se trataba de una pulsera de plata, grabada con la inscripción: "Antoine de Saint-Exupéry (Consuelo) c/o Reynal and Hitchcock INC 386, 4th Ave, N. Y. C.", nombres que se correspondían con los del célebre escritor y su esposa, y el de la editorial de sus libros, indicando además su dirección en Nueva York.

Pulsera de plata, que sacó en sus redes un pescador de Marsella en 1998, que lleva grabada la inscripción: "Antoine de Saint-Exupéry (Consuelo) c/o Reynal and Hitchcock INC 386, 4th Ave, N. Y. C."
 Y es que Saint-Exupéry no solo escribió El Principito en la ciudad de los rascacielos, sino que también fue en Nueva York donde esta gran obra maestra de la literatura mundial de todos los tiempos (traducida hasta ahora a 300 idiomas) fue publicada por vez primera –en francés y en inglés– en la primavera de 1943.  Una publicación que, por otra parte, no habría sido posible sin el decidido apoyo y mecenazgo que Saint-Ex recibió de  Elizabeth Reynal y Peggy Hitchcock, esposas de los que fueron los primeros editores de El Princicipito.


"EL PRINCIPITO". Dibujo de
Fernando Negro Marco
Nueva York, junio de 2018
Con anterioridad, durante la guerra civil, Saint Exupéry había estado en dos ocasiones en España (en 1936 y 1937, y en Barcelona y Madrid, respectivamente) como corresponsal de los periódicos franceses L´ Intransigéant y Paris soir. Para el primero escribió una serie de artículos que fueron publicados conjuntamente bajo el título de L´Espagne ensangantée (España ensangrentada) y para el segundo, tres artículos; uno de los cuales –publicado el 26 de junio de 1937– apareció ilustrado con la que está considerada la fotografía más representativa de la guerra civil: “Muerte de un miliciano” tomada por el célebre fotoperiodista húngaro Robert Cappa.

 Finalmente, Saint-Exupéry murió como vivió, acariciando con sus alas el azul del cielo, dibujando el sueño de una humanidad reconciliada, y haciendo realidad los deseos de aquel inocente y real niño extraterrestre: “Por favor, dibújame un cordero”.

miércoles, 25 de julio de 2018

Revista "La Gaceta de Guinea Ecuatorial". Artículo sobre el Chenaninsaurus. Los fósiles del último dinosaurio que caminó sobre la Tierra, hallados sobre suelo africano, en Marruecos



El último dinosaurio del mundo habitó en África, hace 66 millones de años
Científicos de la Universidad británica de Bath, hallaron en 2017 restos fósiles de aquella especie en las minas de fosfatos de Sidi Chennane (Marruecos)

Portada de la revista "La Gaceta de Guinea Ecuatorial"
correspondiente al mes de julio de 2018, en donde ha
sido publicado este artículo. 
Luis Negro Marco 

Llamada «Chenaninsaurus barbaricus» por los científicos, esta rara especie de dinosaurio fue la última en extinguirse en el planeta, hace 66 millones de años, a causa del impacto de un enorme meteorito en la Península mejicana de Yucatán.  Un impacto de tal calibre que destruyó más del 70 por ciento de la vida entonces existente en la Tierra.
  El año pasado, un equipo de investigadores, dirigido por el paleontólogo Nich Longrich, profesor en la Universidad de Bath (Inglaterra), dio a conocer su estudio sobre una serie de huesos y dientes fósiles de aquella especie de dinosaurio, que fueron encontrados en Marruecos; concretamente en la mina de fosfatos de Sidi Chennane, en la provincia marroquí de Chaouia-Ouardigha. Sus conclusiones fueron que aquellos fósiles pudieron pertenecer a un ejemplar de la última de las especies de dinosaurios que poblaron la Tierra.
Lagartos terribles
Sobre estas líneas, el cuadro azul, indica el lugar y
y nombre de las minas de fosfatos, en Marruecos, 
de Sidi Chennane, donde, el año pasado, fueron 
hallados os fósiles. de dinosaurio de la especie 
«Chenaninsaurus barbaricus».
El nombre científico de esta especie de dinosaurio: «Chenaninsaurus barbaricus», fue elegido en honor al lugar en que sus restos fósiles fueron encontrados: en la mina de fosfatos de Sidi Chennane. De ahí el primero de sus dos epónimos: «Chenaninsaurus». Saurus, a su vez, es una denominación científica genérica, para denominar a los dinosaurios como “lagartos”, pues este es el significado de saurus en la clásica lengua griega. Por otro lado, el segundo de los nombres científicos de este dinosaurio: «barbaricus», hace referencia a Berbería, nombre con que, en el pasado, se conoció al actual territorio de Marruecos (país en el que se han encontrado sus fósiles) y al conjunto de tierras del noroeste de África.

 Y finalmente, dino, es una palabra de la antigua lengua griega que significa “terrible”. De ahí que “dinosaurio” sea sinónimo de la expresión “lagarto terrible”. Nombre y calificativo que en el siglo XIX dieron los paleontólogos a aquellos extraordinarios reptiles, de gran tamaño y ferocidad, cuando encontraron sus primeros fósiles. Antes de su extinción definitiva, los dinosaurios habían habitado la Tierra durante 300 millones de años.

Cómo era el dinosauro «Chenaninsaurus barbaricus»
 Los científicos han descubierto, a través del estudio de fósiles de esta especie hallada en Marruecos, que el «Chenaninsaurus barbaricus», fue un temible depredador que habitó principalmente en África, y en menor medida, en Sudamérica, India y Europa, a lo largo del Cretácico (período
geológico comprendido entre hace 145 y 66 millones de años). Fue asimismo aquel dinosaurio perteneciente y contemporáneo a la familia de los «Tiranosaurius», si bien estos últimos jamás vivieron en África. Otra diferencia entre ambos es que mientras los «Tiranosaurius», es muy posible que tuvieran partes de su cuerpo recubiertas de plumas (nada extraño si se tiene en cuenta que las aves son descendientes directas de los dinosaurios), el «Chenaninsaurus barbaricus» carecía de ellas, estando su cuerpo totalmente recubierto de escamas.
Recreación de la especie de dinosaurio «Chenaninsaurus
 barbaricus», hallada el pasado año en Marruecos. De la 
misma familia que losTiranosauriusfue de mucho menor 
tamaño que aquéllos. Asimismo, el Chenaninsaurus tenía
 todo el cuerpo recubierto de escamas, mientras que, muy 
probablemente,  el Tiranosaurius estuvo recubierto de 
escamas y plumas.

Superviviente al gran impacto
 La principal peculiaridad de los fósiles que fueron hallados el año pasado en Marruecos, es que pertenecieron a un ejemplar de la última de las especies de dinosaurios que poblaron la Tierra antes de su extinción.
El porqué de la desaparición de aquellos enormes reptiles sobre la faz de la Tierra, lo encontramos en una catástrofe que llegó del espacio exterior.
 Y es que hace 66 millones de años, un enorme meteorito de 10 kilómetros de longitud y 5 de diámetro, impactó sobre nuetsro planeta, seguramente en lo que es ahora el Golfo de Méjico, a una velocidad superior a los 36.000 kilómetros por hora, provocando la aniquilación de la mayor parte de especies vegetales y animales que entonces poblaban el Globo. Entre ellas, todas las de dinosaurios, que desaparecieron por completo.
Recreación de cómo pudo haber sido el impacto sobre la Tierra del meteorito
 de 10 kilómetros de longitud que hace 66 millones de años cayó a más de
36.000 kilómetros por hora en el Golfo de Méjico. La explosión, equivalente
 a la de 400 bombas atómicas, provocó  la extinción de los dinosaurios
y de la mayor parte de formas de vida entonces existentes en la Tierra.

Sin embargo, los «Chenaninsaurus barbaricus», dinosaurios alejados geográficamente de la zona del gran impacto, lograron prolongar su vida (como los científicos creen que ocurrió con el ejemplar de «Chenaninsaurus barbaricus», cuyos restos fósiles fueron encontrados en Marruecos) durante un muy breve período de tiempo, hasta el final del Maastrichense. Nombre con el que se conoce al período geológico inmediatamente anterior, y siguiente, al del gran impacto de hace 66 millones de años. Poco  tiempo después de tan catastrófico acontecimiento, aquel ejemplar de  «Chenaninsaurus barbaricus», caminó agónicamente sobre suelo africano, hoy perteneciente al reino de Marruecos, hasta que murió  y quedó fosilizado sobre un lecho de arcilla.  Había sido el último dinosaurio en habitar sobre la Tierra.


viernes, 13 de julio de 2018

Los toros, esencia de la españolidad

España, piel de toro
Luis Negro Marco 

  Como una piel de toro extendida. Así definió –a finales del siglo I a. C.– el geógrafo griego Estrabón, la forma que tiene la Península Ibérica plasmada en un mapa. De hecho, una de las metáforas más recurrentes de los españoles durante décadas, fue la de referirse al país como nuestra piel de toro.

 Y el toro también como símbolo de la nación; toros de madera con hechuras de hierro, indultados y últimos supervivientes de los anuncios en las carreteras españolas, cuyas negras siluetas se recortan contra el azul del cielo y se alzan, digna y esporádicamente, sobre los tendidos del ruedo ibérico.

 España y la fiesta de los toros, siempre en medio de controversias entre los propios españoles, y no sólo en los mentideros y conversas de ahora entre los que están a favor o en contra de la fiesta, sino también en las ideas y las leyes de siglos ha.  Así, el rey Carlos III, a través de una Real Pragmática, expedida el 9 de noviembre de 1785, ya prohibía “las fiestas de toros de muerte en todos los pueblos del Reino”.

 Y ello a pesar de que el  célebre dramaturgo Nicolás Fernández de Moratín, había escrito en 1777, a
Imagen de una corrida, en una plaza de toros de
España, a comienzos del siglo XX
instancias del príncipe Pignatelli (quizás el propio Ramón Pignatelli, el ilustrado aragonés que en 1764 había mandado construir el zaragozano coso taurino de “La Misericordia”) una defensa de la lidia, titulada “Carta histórica sobre las fiestas de toros en España”. En ella, Moratín dejó escrito que “aunque algunos reclaman contra esta función llamándola barbaridad, hoy [año de 1777] ha llegado a tanto la delicadeza, que parece que se va a hacer una sangría a una dama, y no a matar de una estocada una fiera tan espantosa”.

 Pero a pesar de tan teatralizada defensa de Moratín por el sí de las lidias, Carlos IV publicaba años después, el 10 de febrero de 1805, una Real Cédula por la que, de nuevo, mandaba prohibir “absolutamente en todo el Reino, sin excepción, las fiestas de toros y novillos de muerte”. Esgrimía el monarca que [los toros] eran “poco conformes a la humanidad que caracteriza a los españoles, causan un perjuicio al fomento de la ganadería vacuna y caballar y suponen un atraso de la industria por el desperdicio de tiempo que ocasionan en dias que deben ocupar los artesanos en sus labores”.

 Y, paradojas, de la vida, hubo de ser un rey extranjero, francés por más señas, el rey José I (hermano de Napoleón Bonaparte) quien, gran aficionado a la fiesta, restaurase en España el arte del toreo. Y aun cuando fuera una estudiada medida, para atraerse el favor del pueblo español, durante la trágica Guerra de la Independencia, el monarca intruso ordenó que el 25 de julio de 1808 –día de su proclamación en Madrid– quedase solemnizado con la celebración de dos corridas de toros.

 Y ya, en un tiempo mucho más próximo a nuestros días, en 1923, el artista aragonés Ramón Acín (1888-1936) publicó un extraordinario libro antitaurino de caricaturas –en pre-orwelliana clave futurista– bajo el título de “Las corridas de toros en 1970 (estudios para una película cómica)”. Quizás hubiera podido ser esta obra de Ramón Acín, un buen guión para su buen amigo, el cineasta calandino Luis Buñuel, o para el mismísimo Orson Wells, gran amante de España y de los Sanfermines.

jueves, 5 de julio de 2018

Libro de Andrea Pitzer -"Una larga noche"-: Historia global de los campos de concentración


Los gritos del silencio

En “Una larga noche”, la periodista y escritora estadounidense Andrea Pitzer, profundiza en la inhumana historia de los campos de concentración
Portada del libro de Andrea Pitzer:
Historia global de los campos de concentración
editado por "La Esfera de los Libros", 2018
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Andrea Pitzer
Una larga noche; 501 pp.
Edita: La Esfera de los Libros
Madrid, 2018
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 Jamás podré olvidar aquella noche, la primera noche en el campo, en la que asesinaron a mi Dios y mi alma, convirtiendo mi vida en una noche eterna…. Con estas palabras –que han servido de título para la obra de Andrea Pitzer, daba comienzo La Noche, libro escrito en 1958 por el que fuera Premio Nobel de la Paz en 1986: el escritor y filósofo rumano de origen judío Ellie Weisel (1928-2016). Una narración en la que relataba su terrible experiencia como niño recluido en varios campos de exterminio de la Alemania nazi, hasta su liberación en abril de 1945.

 Esta obra, que se postula como libro de lectura recomendada a incluir en los planes de enseñanza para la asignatura de Historia, aporta un dato aterrador: la práctica totalidad de las naciones del mundo han erigido campos de concentración en algún momento de su existencia.

 Comenzando por España, que entre 1896 y 1898, y por iniciativa del general Valeriano Weyler instauró en Cuba decenas de campos de reconcentración de la población, como medio de combatir a los guerrilleros mambises, que luchaban por la independencia de la isla. Miles de personas murieron a causa del hambre y el hacinamiento en aquellos campos. Pero tildados por los estadounidenses (y con razón absoluta)  de inhumanos, no tardaron  los Estados Unidos en levantar  los suyos propios en las islas Filipinas. Fue a partir de 1901, bajo la dirección del general Smith, arguyendo que “una guerra civilizada no podía llevarse a cabo con ideas humanitarias”. 

 Mientras tanto, el imperio Otomano llevaba años perpetrando una planificada operación de exterminio contra el pueblo armenio, a través de internamientos masivos de la población en campos de concentración levantados por los turcos en las actuales naciones de Siria e Irak, en donde más de un millón de personas encontraron la muerte, a causa del hambre y la enfermedad.  

Luis Negro Marco
 Y África, el continente que a lo largo de siglos padeció el negocio de la Trata de esclavos (hasta 16 millones de personas africanas fueron esclavizadas y deportadas) tampoco fue ajeno al horror de los campos de concentración. Así, Inglaterra los abrió entre 1899 y 1902 en su guerra contra los bóeres (colonos de origen holandés) en Sudáfrica. Decenas de miles de personas, incluidas mujeres y niños, murieron en ellos. Y lo mismo ocurrió en los campos de concentración que Alemania puso en marcha en su entonces colonia de Sudáfrica Occidental contra las etnias Herero y Nama, a las que los alemanes pretendieron aniquilar.

 Posteriormente, el comunismo implantado en la URSS por Lenin y Stalin estuvo basado en el terror de los campos de concentración.  Fueron ellos los impulsores de los tristemente célebres gulags (acrónimo de “Administración General de los Campos Glavnoe Upravlenie Lagerei), concebidos como campos de reeducación y habilitación de los disidentes a través del trabajo esclavo.

 Las políticas de exterminio llevadas a cabo por Hitler durante la Alemania nazi comenzaron en 1933, primero contra los opositores comunistas, finalizando con el holocausto de casi seis millones de personas judías, más de medio millón de personas gitanas, y cientos de miles de personas por el simple hecho de ser homosexuales, o –como ocurrió con miles de españoles que murieron en los campos de concentración alemanes tras la Guerra Civil, por sus ideas políticas. Un genocidio al que no le faltó la colaboración de la Francia ocupada por Alemania y el Gobierno de Vichy del mariscal Pétain.

 Asimismo, la Segunda Guerra Mundial fue el escenario en el que el Japón del emperador Hirohito creó campos de concentración para más de cien mil mujeres de China y de Corea, a las que convirtió en esclavas sexuales para sus soldados. A la vez que los Estados Unidos del presidente Roosevelt, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, creó en 1942 campos de internamiento en los que recluyó a más de 120.000  de sus ciudadanos americanos japoneses.

 La China comunista de Mao Tse-Tung y su llamada “Revolución Cultural” también se basó, a partir de 1949, en la implantación del terror a través de los campos de concentración, bajo la premisa de que “para que sean productivas, es necesario aterrorizar un poco todas las áreas rurales”. Millones de personas chinas murieron en aquellos campos de la muerte.

 El libro de Pitzer incluye además los hechos terribles que siguieron al golpe de Estado protagonizado en Chile por el general Pinochet en septiembre de 1973, así como las torturas y vuelos de la muerte durante la dictadura militar argentina (1976-1983);  el drama que desde hace décadas lleva viviendo el pueblo rohingya en Birmania (ahora Myanmar); pero también las terribles condiciones a las que están sometidos los presos en la prisión estadounidense de Guantánamo, abierta por los Estados Unidos tras los atentados del 11-S.

 Y a pesar de todo el horror vivido, lejos de haber terminado, esta terrible historia continúa.  Razón por la que es preciso que las nuevas generaciones tomen conciencia de que no es posible avanzar hacia el futuro si se toleran tales manifestaciones de desprecio por la vida y la dignidad de las personas. La filósofa alemana de origen judío (que sufrió  en carne propia el internamiento en un campo de concentración –en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial–) dejó escrito: “El verdadero horror de los campos de concentración reside en que los internos, incluso si siguen con vida, están más apartados y separados del mundo de los vivos que si hubieran muerto”.

lunes, 25 de junio de 2018

San Juan: la luz, el agua, y el dios romano Jano


Luis Negro Marco 

  La festividad de San Juan Bautista (24 de agosto) se celebra en una fecha próxima al solsticio de verano (este año el 21 de junio). Una palabra –solsticio– que proviene de las latinas (sol sistere / sol quieto) porque durante este tiempo la elevación cenital del “astro rey” –que alcanza su punto más alto en este día parece no cambiar de posición en el cielo. Asimismo, el día del solsticio de verano es el que cuenta con más horas de luz en el hemisferio boreal de la Tierra, y en el que comienza el oscurecimiento progresivo de los días. De manera contraria, el del solsticio de invierno (21 de diciembre), es para nosotros el día “más oscuro” del  año, de manera inversa a cuanto acontece para quienes habitan en el hemisferio austral del globo.

 La fecha del solsticio vernal fue probablemente ya conocida (al menos, desde el Neolítico –hace
Las flores de colores amarillos propias del mes de junio
son también conocidas como Flores de San Juan
                                                                                 Fot. L. Negro
unos 8.000 años–) por los antiguos pueblos y civilizaciones del planeta. Un tiempo que consideraron adecuado para la celebración de grandes fiestas y ritos de adoración solar, destinados a invocar la salud y prosperidad en las familias, la fertilidad de sus ganados y la abundancia y calidad de las cosechas. Y es aquí donde hallan pleno sentido las actuales hogueras de San Juan, la recogida de plantas medicinales en su víspera, los bailes alrededor de mástiles adornados, y las sardinadas y churrascadas populares, propias de la noche de San Juan.

 En la antigua Roma, las fiestas solsticiales  de verano e invierno estuvieron dedicadas al dios Jano (del latín ianitor / portero), dios de la luz, representado con una cabeza de  dos caras (Jano bifronte) mirando cada una en dirección opuesta, en alusión a los tiempos pasado y futuro, y una llave en la mano con la que “abría” las puertas (januae, en latín), del año. De ahí que el nombre de nuestro actual primer mes del ciclo anual  –enero– provenga del latino ianuarius.

 Durante la Edad Media el Cristianismo incorporó las manifestaciones paganas solsticiales, y pasó a celebrarlas manteniendo en el calendario litúrgico la dualidad simbólica atribuida al dios Jano. El santo elegido para la ocasión fue San Juan (del hebrero Jahanam / misericordia y alabanza de Dios), en una doble advocación. Por un lado, la festividad de San Juan  Bautista (precursor y anunciador de la luz y la palabra de Cristo, a quien bautizó en el río Jordán) se fijó para el 24 de junio –en el solsticio de verano– y la de San Juan Evangelista, apóstol de Jesús, para el 27 de diciembre, a los pocos días del solsticio de invierno.

 En una nueva interpretación simbólica, ambos San Juan pasarían ahora a representar las dos esencias de un mismo ser que abren y cierran las puertas del “Reino de los Cielos” en un ciclo anual con dos mitades. Así, el solsticio invernal introduce la fase luminosa del ciclo (tiempo de alabanza a Dios y esperanza) mientras que el estival inicia su progresivo oscurecimiento (tiempo de implorar a Dios su misericordia).  De ahí la frase “Juan ríe, Juan llora”, a su vez empleada por el escritor español Max Aub (1903-1972), como título para una de sus novelas ambientada en la Guerra Civil.

 En suma, la fiesta de San Juan simbolizaría la eterna transición humana en constante camino de perfección, en el momento de franquear la  puerta de la luz, símbolo universal de poder divino, creador de la vida y del amor.