lunes, 27 de noviembre de 2017

27 de noviembre día del maestro, en honor a su patrón, San José de Calasanz (1557-1648)

El Periódico de Aragón
El aragonés San José de Calasanz, patrón de los maestros 
foto Luis Negro.jpg 
 Luis Negro Marco 

Hoy, 27 de noviembre, se celebra en España –así como en  otros países de habla hispana– el día del maestro. Una fecha que recuerda a su patrón, el pedagogo aragonés San José de Calasanz (Peralta de la Sal, 1557 – Roma, 1648), fundador de la Orden religiosa de las Escuelas Pías. En realidad la festividad de quien puso en marcha la primera escuela pública y gratuita en Europa (en el lejano año de 1597, en Roma) es el 25 de agosto, pero al caer en plenas vacaciones estivales, en el año 1948 se decidió trasladar el día del maestro al 27 de noviembre, fecha en que los alumnos ya se encuentran en las aulas.

 La obra pedagógica que el universal santo español llevó a cabo, nos permite afirmar que los orígenes de la educación primaria universal, obligatoria y gratuita fueron posibles gracias al pensamiento cristiano que surgió durante la Contrarreforma, período  de un siglo cuyo final se suele situar históricamente hacia 1648 (año, precisamente, de la muerte de San José de Calasanz), coincidiendo con la firma de la Paz de Westfalia con la que terminó la “Guerra de los Treinta Años” en Europa.

 Tradicionalmente se ha venido asignando a los filósofos de la Revolución francesa de 1789 el mérito de haber generalizado la enseñanza de la educación a todos los estamentos sociales, incluidos los niños de las clases más bajas y pobres. Nada más alejado de la realidad. De hecho, el ilustrado francés e ideólogo revolucionario Voltaire (1694-1778) mostró en no pocas ocasiones su indignación por el hecho de que los maestros de las órdenes religiosas escolarizaran y enseñaran a leer y escribir a los niños pobres, en vez de enviarlos a aprender un oficio, que era para lo que habían nacido. Y para cuando  el prerrevolucionario Dumarchais escribió  su artículo sobre la educación para la “Encyclopédie” (uno de los pilares de la Revolución francesa), habían transcurrido ya más de dos siglos desde que el aragonés José de Calasanz hubiera desarrollado un plan educativo para la primera enseñanza, tan completo e integral, que es prácticamente el mismo que sigue aplicándose en nuestros días en la mayoría de países del mundo.

San José de Calasanz, con el libro de las Constituciones
de las Escuelas Pías. Óleo sobre lienzo de Francisco
Bayeu Subías (1734 - 1795).- Obra precedente del
Museo Calasancio de los PP. Escolapios (Madrid)
 Así, fue el santo pedagogo de Peralta de la Sal el que introdujo por vez primera la noción de “escuela moderna”, a través de la progresión en el aprendizaje, el currículo escolar, la incorporación, junto a las letras, del dibujo, las matemáticas y nociones de contabilidad –ya en la enseñanza primaria–, el diseño estandarizado  de escuelas –fijando incluso el mobiliario que habrían de tener las aulas para facilitar el aprendizaje, dotar a los alumnos del material necesario para sus estudios (plumas, tinta, libros y cuadernos), y la creación de escuelas normales para la formación de los maestros que habrían de enseñar a los más pequeños. Nada que ver con el programa educativo que pusieron en marcha ¡más de dos siglos después! Los revolucionarios franceses (a través de la llamada Ley Danou de Instrucción Pública, de 1795) que difícilmente podría haber sido más reducido, ya que se limitaba a nociones de lectura, escritura, cálculo y moral republicana.

 Y algo parecido se puede decir del meritorio trabajo del pedagogo suizo Johann Pestalozzi (1746-1827), quien sin duda (aunque en sus escritos no aparezca tal reconocimiento), conoció la obra pedagógica que San José de Calasanz había realizado más de dos siglos atrás, y trató de llevarla a la práctica creando un modelo propio, de carácter laico,  para que los niños pobres y huérfanos pudieran también salir de la ignorancia y aspirar a la felicidad, a través de la educación.  Y aunque en la España ilustrada de Carlos IV y de su valido Godoy las ideas educativas de Pestalozzi fueron bien acogidas (llegándose incluso a crear en Madrid, en el año 1805, el “Instituto Militar  de Enseñanza Pestalozziana”), sus proyectos educativos apenas tuvieron recorrido, ni en nuestro país ni en el resto de Europa.

"Alegoría de la Enseñanza Primaria".- La Virgen
María con el Niño, acoge en su regazo a una niña
con un libro abierto en sus manos. Al fondo, cuadro
de San José de Calasanz.- Museo Calasancio de
los PP. Escolapios (Madrid).
 Asimismo hay que resaltar el hecho de que España ha sido históricamente la cuna de grandes maestros, como lo fue, en el siglo I de nuestra era, el calagurritano Quintiliano, maestro de emperadores y director de la que fue primera cátedra de elocuencia del Imperio romano. Sin olvidar al misionero mallorquín Raimundo Llull (1232-1316), apelado “el pedagogo de la cristiandad”, quien impregnado de un sentido universal de la educación (hoy tan deseable como necesario) fue el inventor del Arte Universal o Gran Arte, consistente en identificar, a través de métodos mecánicos, las ideas más generales y abstractas aceptadas por el común de las personas. Por ello, a día de hoy Raimundo Llull está considerado como el precursor de la informática.

 Asimismo, destacó también como maestro universal de nuestro país el valenciano Juan Luis Vives (1492-1540), de quien sabemos José de Calasanz fue gran admirador, especialmente en lo relativo a su pensamiento sobre la necesidad de educar a los niños, con especial atención hacia los más pobres, así como su idea de que hombres y mujeres, habían de tener los mismos derechos y oportunidades para acceder a la educación.

 Por todo ello resulta muy desalentador que, siendo España la cuna de pedagogos tan destacados a nivel mundial, muy especialmente San José de Calasanz, que con méritos sobrados es el patrón de los maestros, sus figuras se hallen en la actualidad tan diluidas a nivel social en nuestro país. Y al mismo tiempo es muy preocupante el hecho de que, tras cuarenta años de democracia, nuestro país no haya sido capaz de consensuar una ley de educación. De manera que, al igual que ocurrió en la Francia de la Revolución de 1789, los intensos debates políticos que en España ha habido, y siguen abiertos, en torno a la educación, semejan a los de aquellos ilustrados revolucionarios, que habiendo soñado un ideal de fraternidad universal basado en la educación, llegada la hora de la verdad, renegaron de sus ideales (libertad, igualdad y fraternidad) y se mostraron infieles a todas las aspiraciones de su  vida, anteponiendo sus bienes personales e intereses partidistas, a los del del conjunto de la sociedad. Afortunadamente, no fue el caso del maestro José de Calasanz.



martes, 31 de octubre de 2017

Truco o trato


El Periódico de Aragón

Día de Todos los Santos
Ya en la Antigüedad clásica fue una costumbre muy arraigada la de hacer ofrendas a las almas de los difuntos en fechas especiales

Luis Negro Marco / Historiador y periodista

 El antiguo pueblo de los celtas, celebraba anualmente la festividad de “Samhaim” (etimológicamente, “el final del verano”) en unas fechas coincidentes con la celebración cristiana del día de Todos los Santos. De hecho, la palabra  “Halloween”, con que popularmente se conoce a la antesala de esta festividad, proviene de la expresión inglesa “All hallow´s eve”: “Víspera de Todos los Santos”.  Asimismo, sería de tradición irlandesa y escocesa la costumbre de vaciar calabazas, darles terrorífico aspecto de rostro humano y colocar dentro de ellas una vela. El historiador estadounidense Washington Baird (1828-1887) en una de sus obras, refiere la leyenda de una casa encantada con presencia de extrañas luces durante la noche, a las que denomina “Will o´the wisp” (fuegos fatuos),  o “Jack o´ Lanterns” (Jack el de la Linterna). Y precisamente este último nombre es el que en los países anglosajones se da a la calabaza iluminada, tan popular en estas fechas.

 La leyenda del irlandés Jack de la linterna (condenado por el diablo a no poder entrar en el infierno, y a vagar eternamente errante entre tinieblas, iluminado por un tizón  que Lucifer le regala, y que Jack coloca  dentro de un nabo ahuecado, a modo de linterna) guarda muchas similitudes con el relato romántico de terror del jinete sin cabeza, obra del escritor estadounidense Washington Irving (1783-1859): “Sleepy Hollow” (literalmente hueco soñoliento), cuya adaptación fue llevada con gran éxito al cine en 1999 por el director norteamericano Tim Burton.

 Volviendo al mundo celta, lo más inquietante del Samhaim era que su celebración tenía lugar en un momento de transición (fin y comienzo de un nuevo ciclo agrícola) en que las leyes que regían la vida cotidiana quedaban en suspenso. Y este vacío de poder era el que provocaba que la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se desvaneciera, momento que aprovechaban los espíritus de los muertos para volver del inframundo. En el Pirineo aragonés, los llamados “Espanta bruxas”, tallas de rostros humanos en piedra que se colocaban sobre las chimeneas de las casas, tenían precisamente la función de impedir que las almas errantes se colasen por ellas dentro de los hogares.


Asimismo, en el tiempo de Samhaim se hacían ofrendas, fuera de las casas, a los difuntos, para agasarjeles en su visita y evitar de este modo su enojo, al tiempo que en el campo se encendían hogueras, con la finalidad de que su luz les ayudara a encontrar el camino de vuelta hacia el más allá. La tradicional fiesta  gastronómica y nocturna del magosto (en que la castaña asada es la protagonista), que se celebra en las tierras del noroeste español, a partir del 1 de noviembre y hasta mediados del mismo mes, muy posiblemente tiene su origen en aquellas costumbres.

 Por otro lado, el  “truco o trato”, con el que los niños disfrazados saludan y piden golosinas cuando llaman por las casas de los barrios,  no es sino un lejano recuerdo de aquella creencia, según la cual, si no se obsequiaba convenientemente a las almas durante su visita, éstas podrían manifestar su desagrado, bien optando por quedarse en las casas que no habían actuado con el debido respeto, bien provocando alguna serie de indeseados infortunios.

 Pero del mismo modo que las puertas podían ser franqueadas por los desaparecidos, también podían serlo por los vivos (aún a riesgo de no poder regresar jamás) hacia el inframundo. Así, el folklore irlandés recoge la leyenda de Nera, personaje que  a través de un sídh (túmulo funerario) logra entrar en el más allá, y como prueba de su estancia entre los muertos trae consigo unas flores que estaban fuera de estación.

 Siguiendo con el folklore nórdico, uno de los espectros principales que hacían su aparición en la noche de difuntos era la llamada “White Lady” (“Dama blanca”), quizás una antigua diosa pagana, cuyo fantasma –según la tradición– se aparecía en las casas la noche anterior en que alguno de los familiares de la casa iba a morir.

 Y finalmente, no hay que olvidar que desde finales del siglo XIX, y aún a día de hoy en algunos lugares de España, fue y sigue siendo costumbre representar, el día de la víspera del día de Difuntos, la obra Don Juan Tenorio, del dramaturgo vallisoletano José Zorrilla (1817-1893). Y a pesar de que en vida, Don Juan de él mismo dice: “Por donde quiera que fui  la razón atropellé, la virtud escarnecí, y a la justicia burlé”, en el momento final de su vida, tumbado entre las tumbas del cementerio, el amor de Doña Inés le hace arrepentirse de todos sus males, librándolo así de las llamas del infierno en el instante  mismo en el que exhala su último aliento. 

 Porque al fin y al cabo, como Francisco de Quevedo (1580-1645) dejó bellamente plasmado en su hermoso poema “Amor constante más allá de la muerte”: Alma a quien todo un dios prisión ha dado / será ceniza más tendrá sentido / polvo será, más polvo enamorado.





martes, 24 de octubre de 2017

España, esencia de la democracia y de la libertad de los españoles

El Periódico de Aragón

 España, o la nación clandestina 
Tras los atentados de Barcelona y Cambrils, ni siquiera se aludió a la posibilidad de desplegar al ejército

Luis Negro Marco / Historiador y periodista

 Tras los asesinatos cometidos el 7 de enero de 2015 por terroristas islámicos en la sede de la revista Charlie Hebdo, en París, el gobierno de François Hollande decidió el despliegue del ejército en las calles de la capital francesa, cuya presencia continúa a día de hoy. Y la ciudadanía francesa, lejos de ver en ellos una fuerza represora, contempla diariamente a sus soldados con la confianza de quien sabe que son, junto con el resto de las Fuerzas del Orden, garantes de su libertad y seguridad. Y lo mismo (desplegar a su ejército por las calles de distintas ciudades) hizo Italia en 2008, para ayudar a la policía en su lucha contra la delincuencia, y Bélgica, tras los atentados terroristas ocurridos el 22 de marzo de 2016 en el aeropuerto y metro de Bruselas.

 Sin embargo, en España la situación es distinta. Así, tras el doble atentado perpetrado el 17 de agosto por terroristas islámicos en Barcelona y Cambrils (en los que fueron asesinadas 16 personas y otras más de 120 resultaron heridas), ni el Gobierno, ni los representantes de los principales partidos políticos, aludieron siquiera a la posibilidad de desplegar al ejército para prevenir la amenaza terrorista. Y ello a pesar de que el presidente podría perfectamente haberlo hecho, conforme a la  Ley de Defensa Nacional, de 2005, uno de cuyos principales objetivos es el de garantizar la protección del conjunto de la sociedad española, así como el pleno ejercicio de sus derechos y libertades.

 Seguramente, lo que está ocurriendo en nuestro país es que sigue muy extendida una falsa y perniciosa –muy posiblemente también perversamente fomentada desde ciertos sectores sociales– percepción, que asocia a nuestras Fuerzas Armadas, así como al conjunto de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, con valores contrarios a la democracia y la libertad. Obviamente se trata de una
distorsión de la realidad, y una idea contraria a la verdad. Y lo mismo ocurre con las –por desgracia– nada infrecuentes manifestaciones de prejuicios hacia los símbolos de España: nuestra bandera, escudo, e himno nacional, que son importantes y dignos de respeto por cuanto representan al conjunto de la soberanía nacional.

 Entramos aquí en el tema del sesgo de la visibilidad pública de determinados asuntos, pergeñado –en no pocas ocasiones– desde poderosos grupos de presión, cuyos intereses bien concretos, pueden ser por completo ajenos a los del bienestar y sentimiento mayoritario del conjunto de la sociedad. En este punto, la imagen pasa a ser más importante que la realidad, por cuanto es un axioma que los políticos elaboran sus líneas de actuación y programas, más que en la realidad de los acontecimientos, en las percepciones generales que de ellos manifiestan sus potenciales votantes, según se reflejan a través de los medios de comunicación.

 De este modo, en nuestra sociedad actual, la progresiva banalización de la razón crítica nos está llevando a su negación y hacia la entronización de los sentimientos en todos los ámbitos de la esfera pública. Pero esta actitud no es sino la falsificación de la vida, el kitsch: una inconsciente huida de la realidad y el intento naif de su sustitución por otra virtual, sin tener en cuenta que nuestra propia existencia personal depende, y tan solo es posible, dentro de un mundo local y globalmente interdependiente.

 De ahí que la verdadera fuerza de la democracia resida en una ciudadanía bien formada e informada, capaz de generar y exigir confianza y credibilidad, pilares básicos para la convivencia democrática.

 Que pudiéramos reconocer el valor y fortaleza de nuestras instituciones como garantes de nuestros derechos fundamentales y seguridad jurídica personal a nivel nacional e internacional, debería ser la principal meta a alcanzar en estos momentos tan difíciles, y que España dejara  de ser, de una vez por todas, una nación acomplejada y clandestina aun para los propios españoles.

martes, 17 de octubre de 2017

Cataluña, Caritas in Veritate


Luis Negro Marco / Historiador y periodista

 El papa Benedicto XVI escribió en 2009 una encíclica en la que dejó una interesante reflexión acerca de la ley y la caridad cristianas: «Caritas in Veritate» (El Amor en la Verdad). En ella, el papa manifestaba que un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos. Y que solo desde la verdad («Logos») pueden establecerse «Diá-Logos», es decir, comunicación y comunión.

  Así pues, la ley y la verdad son términos, conceptos y puntos de partida irrenunciables para avanzar, personal y socialmente, hacia un futuro mejor. A este respecto, el escritor checo Milan Kundera (que sufrió la represión comunista tras la invasión rusa de su país en 1968,  y es el autor  del conocido libro «La insoportable levedad del ser») anotó en una de sus obras que la gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad: “El futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro solo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar en el laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia”.

 Estas frases, escritas por Kundera en 1979, fueron una asombrosa premonición del presente que vivimos, y entroncan de lleno con las valoraciones que sobre nuestra sociedad actual ha dejado plasmadas el filósofo polaco Zygmunt Bauman, en su libro póstumo «Retrotopía». Nuestra sociedad ya no imagina nuevos y universales horizontes para la convivencia, sino que intenta revivir, para su rectificación, determinados aspectos de un pasado sublimado (véase por ejemplo la declaración de independencia de Cataluña por Companys en 1934) y convertirlos en referencia actualizada en su avance hacia el futuro.

 En este sentido, la narcisista y despreocupada irresponsabilidad que está caracterizando al independentismo catalán adquiere una clara dimensión retrotópica, por cuanto supone la arbitraria actualización de un pasado sentimental –no histórico, y en absoluto representativo del sentimiento colectivo– cuyo referente más lejano no iría más allá de las primeras décadas del siglo XX.

 La utópica Itaka de fraternidad universal, en la que creyó Tomás Moro, ha quedado licuada y
convertida en un espejismo. La convivencia, dignidad y bienestar de las personas, dependen ahora no del aporte de todos en el bien común, sino de autoproclamados correctores de la historia, erigidos en los nuevos guías de la revolución.

 Mas contravenir la ley que propicia la convivencia y garantiza  el cumplimiento de los derechos, deberes y servicios del conjunto de la ciudadanía, es un delito, aunque se cometa esgrimiendo un clavel en la mano y dibujando una sonrisa de paz en los labios. Por ello, si bien es cierto que no se debería haber llegado al escenario y situaciones que se vivieron en Cataluña durante el 1 de octubre, no hay que olvidar que la Guardia Civil y la Policía Nacional no intervinieron en Cataluña para reprimir derechos ni libertades, sino para preservar los del conjunto de la ciudadanía española, de acuerdo al ordenamiento constitucional y el mandato correspondiente –para su preservación– del poder judicial.

 Huelga por otro lado decir que, detrás de todos y cada uno de los agentes del Orden hay una persona con los mismos derechos y deberes de quienes les increparon, insultaron, provocaron e hicieron todo cuanto les fue  posible por impedir, contraviniendo conscientemente la ley, que llevasen a cabo su cometido. Una labor, por lo demás, que desempeñaron como agentes del Orden del Estado –es decir, actuando en representación y defensa de la soberanía nacional– para impedir que se materializase el referéndum inconstitucional.

  Creo por ello que todos los españoles deberíamos felicitarnos y sentirnos orgullosos de saber que nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, están (no como ocurre en los regímenes totalitarios, a las órdenes de sus gobiernos para reprimir a la población) al servicio del conjunto de la ciudadanía, velando por nuestra seguridad, por el estricto cumplimiento de las leyes que posibilitan la convivencia, y por la salvaguarda de nuestros derechos y libertades.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Libres e Iguales


La discriminación racial, aún latente en nuestros días, solo podrá ser erradicada mediante la educación en valores que promuevan la convivencia

Luis Negro Marco / Historiador y periodista

Hace un par de semanas se estrenaba en las salas de cine de España la película Detroit, de la directora estadounidense Catherine Bigelow. Casi dos horas y media de intenso metraje que muestran el odio y brecha social que generaron, y siguen causando, las leyes de segregación racial contra los afroamericanos en los Estados Unidos, vigentes hasta finales de los sesenta.

  La película se centra en los desórdenes civiles protagonizados por la población negra de Detroit, en julio de 2017, en protesta por la creciente y arbitraria represión policial a la que estaba sometida. El punto álgido de aquellos disturbios se produjo cuando en la noche del día 25, agentes de la policía local de Detroit asaltaron el Algiers Motel en busca de un supuesto francotirador que les habría disparado desde una de sus ventanas. La  brutal y cruenta actuación policial se saldó con el asesinato de tres jóvenes negros (Carl Copper, Aubrey Pollard y Fred Temple) completamente inocentes, quienes en el momento de la intervención de la policía  se encontraban en compañía de dos jóvenes blancas, victimas igualmente de la represión policial, si bien ellas tuvieron la fortuna de salvar sus vidas. Tres policías fueron posteriormente juzgados por aquellos sucesos. Sin embargo fueron absueltos de todos los cargos (no obstante no volverían ya a incorporarse al servicio activo)
Dibujo de Antonio Postigo, publicado en
EL PERIÓDICO DE ARAGÓN, ilustrando este
artículo. Edición del miércoles,
27 de septiembre de 2017
por un juzgado formado solo por blancos.

  Los disturbios raciales que se  vivieron en el verano de 1967 en Detroit alcanzaron tal magnitud que, para atajarlos, el presidente Lyndon Johnson se vio obligado a movilizar a la Guardia Nacional, y a toda la policía del estado de Michigan. Asimismo, el presidente puso en marcha una comisión nacional de investigación con el triple objetivo de averiguar la verdad de cuanto ocurrió,  el por qué de los desórdenes civiles, y qué medidas habría que tomar para que sucesos semejantes no pudieran volverse a repetir.

   Sin embargo, transcurridos ahora cincuenta años, en muchos estados de Norteamérica las cosas parecen no haber cambiado en nada. Precisamente, hace tan solo unos días, la ciudad de San Luis volvía a ser escenario de grandes protestas protagonizadas por la poblacion negra, indignada al conocer la absolución de un policía que estaba acusado de asesinar con su arma, el 20 de agosto de 2014 en San Luis, a un joven afroamericano (Michael Brown) tras haber intentado robar en una tienda.

 Llama poderosamente la atención que sean precisamente los Estados Unidos –que aparecen como paradigma de la libertad– en donde la segregación racial se manifieste de manera tan palpable, y en donde organizaciones racistas, como el Ku Klux Klan no solo sean permitidas, sino que además gocen de un extraordinario poder, siendo uno de los lobbys más poderosos de la nación. Otorgar el grado de normalidad a esta situación sería tanto como dar por válida la desigualdad a la hora de aplicar la justicia en función del color de la piel, creencia religiosa, sexo o inclinación política.

Cartel de la película DETROIT, de la
directora estadounidense Catherine Bigelow
Film estrenado en España el 15 de septiembre
 Pero pensemos ahora en España y en los cientos de miles de inmigrantes “ilegales” o “en proceso de regularización”. En el caso de las mujeres, muchas de ellas se dedican al cuidado de los enfermos,  del hogar, y de las personas de avanzada edad, a cambio en infinidad de ocasiones, de unos mínimos salarios y jornadas de trabajo que exceden en mucho lo establecido en el calendario laboral. Y lo mismo sucede en el caso de los hombres cuando trabajan, ya  sea en el campo o en la construcción. Bien es cierto que tales situaciones de precariedad, quizás por aquello de la globalización, afectan también a sectores sociales de carácter muy diverso.

 En los últimos meses del mandato de Obama cobró pujanza en Norteamérica el movimiento afroamericano: “Black Lives Matter” (las vidas de los negros también son importantes), en protesta por la constatación real de que la mayoría de los muertos en los Estados Unidos por disparos de la policía son afroamericanos. Quizás el problema subyace –en última instancia– en el propio sistema educativo estadounidense, y en los valores y constructo social que el sistema quiere lograr como base para su modelo ideal de nación. Si no es integral e ignora a determinados sectores –como hasta ahora– la fractura seguirá abierta y la cohesión social será inviable.

 Porque todas las vidas son, y deben ser igual de importantes, cobra todo su sentido, una de las pancartas que pudieron verse recientemente en San Luis, recordando la memoria del joven afroamericano asesinado en 2014: “We come in peace to fight for justice”: Avanzamos hacia la paz, luchando por la justicia.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La batalla carlista de Villar de los Navarros fue narrada por el periodista del THE MORNING POST, Richard Lewis Gruneisen, el primer corresponsal de guerra

Por segundo año consecutivo, entre el 25 y 27 de agosto, las localidades de Herrera y Villar de los Navarros, recrearon aquel importante episodio de la primera guerra carlista en Aragón, cuya crónica fue escrita para THE MORNING POST por el periodista londinense Richard Lewis Gruneisen, quien empotrado en el ejército carlista de Don Carlos, está considerado como el primer corresponsal de guerra de la historia.

Vista de la localidad zaragozana de VILLAR DE LOS NAVARROS, donde el 24 de agosto de 1837,
en el marco de la Primera Guerra Carlista (1833-1840), tuvo lugar la batalla de su nombre, cuya
victoria para el ejército carlista de Carlos V, puso prácticamente en sus manos la Corona de España

 Foto: Luis Negro Marco
Luis Negro Marco / Historiador y periodista

  Como este año, aquel caluroso 24 de agosto de 1837 cayó también jueves. El día anterior, las localidades zaragozanas de Herrera y Villar de los Navarros habían acogido a dos ilustres huéspedes que, provenientes de Muniesa, iban acompañados por un imponente ejército integrado por siete mil soldados carlistas. Se trataba del pretendiente a la Corona de España, Carlos V, y de su sobrino, el Infante Sebastián Gabriel, que comandaba las tropas.

 Era una etapa más de la larga marcha que desde hacía poco más de tres meses el Pretendiente carlista había emprendido desde su cuartel real, en la localidad navarra de Estella. Su objetivo final era llegar con su ejército a Madrid, y ocupar el trono que, de acuerdo a las leyes sucesorias de la Corona entonces imperantes en España, creía que le correspondía, en vez de a su sobrina –la reina Isabel II, entonces de tan solo siete años de edad–, que había sido proclamada en septiembre de 1833, a la muerte de su padre Fernando VII.

 Conocedor el Gobierno (el general Baldomero Espartero se había hecho cargo de él apenas una
Herrera de los Navarros, distante a apenas siete kilómetros de Villar de los Navarros, fue la localidad
en la que se inició la batalla, toda vez que a ella llegaron las tropas del isabelino general Buerens, en
mañana del 24 de agosto de 1837, provocando la falsa retirada de los carlistas hacia el
santuario de la Virgen de Herrera, y Val de Navarra, término de Villar de los Navarros. 
                                                                                                                                                                        Foto: Luis Negro Marco
semana antes, el día 18 de agosto) de las intenciones del Pretendiente, y con el objeto de hacer imposible su propósito, había creado una fuerza específica: el Ejército del Centro, bajo las órdenes del propio general Espartero y las del general Marcelino Oráa, comandante de las fuerzas de Aragón, Valencia y Murcia.

  El 23 de agosto de 1837 el avezado “Lobo Cano” (que con este apodo designaban los soldados carlistas al isabelino Oráa), sabedor de la comprometida posición de los expedicionarios realistas en Villar y Herrera de los Navarros, se situó con su división en Daroca, ordenando a su mariscal de campo, Clemente Buerens, se situase con la suya en Belchite, encerrando así en una tenaza al ejército carlista.

 Sin embargo, sorpresivamente, y sin esperar la ayuda de su superior Oráa, el brigadier Buerens, al mando de seis mil soldados, ordenó avanzar a sus tropas hasta Herrera de los Navarros. Así, en las primeras horas del día 24 de agosto de 1837, los carlistas, al verlos llegar, retrocedieron hacia la cercana población de Villar de los Navarros, fingiendo que se batían en retirada. Buerens cayó en la trampa y mandó cargar contra ellos a su caballería, pero al llegar a un barranco, ya en el término del Villar, fue recibida desde las alturas con un nutrido fuego de fusilería.


Villar de los Navarros. Tarde del 25 de agosto de 2017. recreación de la batalla carlista de 1837 en
el campo de la ermita de "Santa Bárbara", por parte de los grupos pertenecientes a la "Asociación
Cultural de Amigos del Museo Miliar de Valencia", y de la Asociación Histórico-Cultural "Heroinas
Unidas y Húsares de Aragón".- 
Foto: Luis Negro Marco
Desconcertado el general isabelino por aquella emboscada, cometería aún un segundo y definitivo error, al mandar a sus fuerzas intentar avanzar a través de un angosto paso al final del cual, tranquilamente, les aguardaba el grueso del ejército carlista, cuyos escuadrones de caballería comandaba el turolense Joaquín Quílez, junto al navarro coronel Lucus (conocido con el apodo de Manolín, debido a su baja estatura). Ambos contribuyeron de manera decisiva a la victoria final que los carlistas obtuvieron en la acción de Herrera, y ambos también, encontraron la muerte en ella.

 El triunfo obtenido en Villar de los Navarros fue de tal magnitud, que a juicio de algunos historiadores pudo haber sido decisivo para el destino de la monarquía en España, en favor de la dinastía carlista.

 La cara triste de aquel episodio histórico fue la de los casi dos mil prisioneros, entre ellos el general Ramón Solano, los cuales –trasladados en muy penosas condiciones, y despojados de la práctica totalidad de su ropas– fueron trasladados a partir del día siguiente hasta la localidad turolense de Villarluengo, inicio para ellos de un penoso calvario de meses, a través de distintas cárceles por todo el Maestrazgo aragonés, que acabó costando la vida a la mayor parte de ellos.

 
La batalla de Villar de los Navarros fue narrada
por el que está considerado primer corresponsal de
 guerra,  "empotrado" como reportero del diario londinense
 
THE MORNING POST, en el ejercito de Don Carlos V.-
 La película-documental sobre este reportero inglés:
 
RICHARD LEWIS GRUNEISEN (1806-1879) fue
estrenada en 2017. Dirigida por Jorge Semprún,
 ha contado con la colaboración del historiador
 Alfonso Bullón de Mendoza, así  como con la de algunos
 de los reporteros de guerra más reconocidos de
España, como son: Rosa María Calaf,
Alfonso Armada, Jesús González Green, y Alberto
Vázquez Figueroa
, entre otros.
La producción de la película ha corrido por cuenta de la
FUNDACIÓN LARRAMENDI
Precisamente, fue un reportero inglés del Morning Post, Charles Lewis Gruneisen (1806-1879), que se había unido a los expedicionarios carlistas en Cantavieja pocos días antes de la batalla de Villar de los Navarros, uno de quienes más intercedió ante el Pretendiente Carlos V para que se tratase a los prisioneros de Herrera con clemencia, de acuerdo al Convenio de Eliot, que había sido aceptado por ambos ejércitos contendientes en abril de 1835, para humanizar una guerra que había alcanzado cotas extremas de crueldad.

 Se sabe que Charles Gruneisen envió la crónica de la batalla de Villar de los Navarros a su periódico de Londres, The Morning Post, y que ésta fue publicada el 8 de septiembre. De esta forma, el periodista inglés (que posteriormente escribiría un libro sobre sus vivencias periodísticas en España, y que a su vez fue un destacado crítico de ópera), se convirtió –en tierras aragonesas– en el primer corresponsal de guerra, casi veinte años antes de que el también británico Howard Russell (considerado el padre del periodismo de guerra), enviase sus crónicas sobre la guerra de Crimea, la primera también de la que se hicieron fotografías para ser publicadas en la prensa.

jueves, 20 de julio de 2017

Libro de la editorial Tecnos sobre la Leyenda Negra


La creación de la Leyenda negra sobre la colonización española de América, se debió al intento de otras naciones por socavar el poder de España en Europa durante el reinado de los Austrias

Luis Negro Marco / Santiago de Compostela

 La larga sombra de la Leyenda negra está aún muy presente en nuestros días.  Hasta tal punto que destacados autores internacionales, caso del recientemente fallecido filósofo y lingüista búlgaro Tzvetan Todorov (1939 – 7 de febrero de 2017), en su obra «La conquista de América, el problema del otro» llegaba a calificar la acción colonizadora de España en América como un genocidio de tal magnitud que “…ninguna de las grandes matanzas de siglo XX puede compararse con esta hecatombe…”.

 Sin embargo, ante tales afirmaciones, tal y como exponen los profesores María José Villaverde y
portada del libro: "La sombra de la Leyenda
Negra
", de Mª José Villaverde y Fº Castilla
(directores).-
Editorial Tecnos, 541 pp.-
La imagen de la portada corresponde a un
grabado de Theodore Bry, de 1574, en el que
representa a Vasco Núñez de Balboa arrojando
a los perros a los indígenas, en el istmo de
Panamá. 

Francisco Castilla –en su calidad de directores del libro «La sombra de la Leyenda negra»– cabe la pregunta: ¿Fue la política española igual, peor, o mejor que la del resto de países colonizadores europeos? Bastaría citar a este respecto el el ejemplo de los puritanos ingleses que en 1620 desembarcaron en la costa estadounidense de Massachusetts, creando allí la –según los apologistas británicos– idílica colonia de Plymouth, ejemplo de cohabitación entre colonos y población autóctona. Siglos después, aquellos colonizadores habían llevado a cabo una tan drástica política de control racial, que culminó con la casi completa desaparición de la población indígena en los Estados Unidos.

 El historiador Javier Fernández Sebastián se refiere a la “invención de la modernidad protestante” cuando en el libro refiere que uno de los motores más activos de las campañas de opinión contra los españoles durante la Edad Moderna (siglos XV-XVIII) fueron los conflictos religiosos europeas que siguieron a la Reforma protestante de la Iglesia propugnada por Lutero. España se convirtió en el país adalid de la Contrarreforma, al tiempo que Reino Unido, Francia y Países Bajos, se alineaban en su contra. De manera que, el grueso de las denuncias  llevadas a cabo por estos países, sobre las crueldades de los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo, habrían estado mediatizadas por un propósito claramente político y religioso. De tal suerte fue así que, una vez la monarquía española hubo perdido su condición de potencia hegemónica en Europa (tras la paz de Westfalia, en 1648, y la paz de los Pirineos, en 1659), la “demonización de lo español” desapareció casi por completo en Europa.

Acuarela del "Códice Trujillo del Perú", de
Martínez Compañón (siglo XVIII), en la que se
representa a unos indios escardando la tierra.
 No obstante, a diferencia del resto de países colonizadores europeos, España sí llevó a cabo un ejercicio de autocrítica, cuyo máximo exponente fue fray Bartolomé de las Casas –autor de la célebre «Brevísima relación de la destrucción de las Indias»–,  al que (ya en el siglo XVIII), se sumaron destacados autores ilustrados, como el valenciano  Gregorio Mayans y Siscar, quien manifestó su oposición a la que consideró condescendiente apología acrítica de la historiografía oficial borbónica.  

 No obstante, la idea preconcebida de una España bárbara (La despectiva frase “África empieza en los Pirineos” comenzó a divulgarse en Europa a finales del siglo XVIII) ha calado tan hondo que, aun a día de hoy, el estereotipo español es extremadamente racial, polarizado entre la fiesta y los toros. Mas los tópicos, muy a menudo nada tienen que ver con la realidad, o muy poco, a la vez que entorpecen la investigación histórica. De tal suerte que los propios historiadores de mentalidad anglosajona, como el historiador estadounidense Hubert Herring –autor de «Historia de Latino América, desde sus comienzos hasta el presente» (1955)– argumentaron, con razón, que la Leyenda negra supone el más serio obstáculo para los estudiantes americanos e ingleses, a la hora de estudiar y comprender la historia de España y Portugal.

 Y es que los pre-juicios (opiniones previas, formadas sin fundamentos basados en el conocimiento, el estudio y la investigación sistemática), nos alejan y privan de la verdad, más aún si ocupan su espacio y se convierten en lo que ahora conocemos como fakes news (política de engaño), auténticos productos tóxicos de la comunicación, que contaminan y distorsionan la verdad histórica, en beneficio de los intereses de quienes los fabrican y propalan.