lunes, 8 de febrero de 2016

Carnaval, "entroido", preludio de cuaresma, anuncio de Pascua de Resurrección. Celebración de la vida

El Periódico de Aragón. Noticias de Zaragoza, Huesca y Teruel

  Luna de carnaval  

Texto: Luis Negro Marco (España)
Andrés Millán, alias Indiana Jones
Fotos: Andrés Millán Negro (Filipinas)

 El Carnaval es el arquetipo de la transgresión del orden habitual, de la inversión de valores y la fiesta de las fiestas. Manifestaciones lúdicas que son un compendio de creativa espontaneidad, así como de repetición de seculares rituales.

 Como fiesta que introduce de lleno al año que comienza y a la Cuaresma que preludia, recibe similar nombre en buena parte de la península ibérica. Así se le denomina «entrudo» en Portugal, «antruejo» en Castilla, «entroido» en Galicia, «antroxu» en Asturias; y todas ellas, variantes del latín «introitus» (entrada o comienzo). Y es que hasta el año 45 antes de Cristo, el calendario romano fijaba el comienzo del año en la primera luna nueva después del deshielo invernal, que tenía lugar el mes de marzo. En esas fechas se celebraban grandes fiestas en las que las gentes cubrían sus rostros con máscaras (características ahora del carnaval de Venecia), con las que se simbolizaba el adiós al año viejo y la salutación festiva al nuevo.

Carnaval en Filipinas,  feberro, 2016. Belleza asiática 
Foto: Andrés Millán Negro
 La mayoría de fiestas tienen unas fechas fijas de celebración, pues se rigen por el calendario solar; Mostrando IMG-20160208-WA0005.jpgMostrando IMG-20160208-WA0005.jpgsin embargo, algunas celebraciones religiosas se rigen también por el calendario lunar (los meses, siguiendo el ciclo de la luna, tienen en este caso –por término medio– una duración de 29 días y 12 horas), como es el caso de la Pascua de Resurreción de Cristo. Fue así como el Concilio de Nicea, celebrado en el siglo IV, estableció que el día de Pascua tendría lugar  en el primer domingo siguiente al de la primera luna llena de primavera. Y lo decidieron de este modo porque los Evangelios coinciden en afirmar que los romanos crucificaron a Jesús en la Pascua judía, que se celebraba y celebra en ese plenilunio. Por lo tanto, el período posible de celebración de la Pascua oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

 Asimismo, el tiempo de Cuaresma, comienza el miércoles de ceniza, y se prolonga por espacio de 40 días antes del comienzo de la Semana Santa. De manera que como los tres días principales de carnaval son los previos al arranque de las privaciones cuaresmales, la cuenta atrás sitúa en el 1 de febrero la fecha más temprana en que da comienzo el domingo de carnaval, y en el 7 de marzo el
Carnaval en Filipinas,  febrero, 2016. Belleza asiática 
Foto: Andrés Millán Negro
domingo de carnaval más tardío. Por consiguiente la fiesta del carnaval es también lunar, pues coincidiendo la Pascua con el primer plenilunio de la primavera, carnestolendas concuerda con la última luna nueva del invierno.


 Aunque en la actualidad es una fiesta laxa en cuanto a días de celebración, en estricto sentido, el carnaval dura tres días: domingo, lunes y martes, anterior este último al miércoles de ceniza. En muchos lugares de España se reducía no obstante al martes     –día grande del carnaval–  llamado por ello «gordo» o «lardero» (de grasa), hasta el punto de que en la cultura francesa de Nueva Orleans, a sus fastuosas celebraciones carnavaleras se las conocen por este nombre: “Mardi Gras”. Y en Aragón, este día se corresponde con el jueves anterior al domingo de carnaval. De ahí el dicho: “jueves lardero, longaniza en el puchero”. 

sábado, 6 de febrero de 2016

San Valero, ventolero, bien vale un buen roscón

El Periódico de Aragón. Noticias de Zaragoza, Huesca y Teruel

Roscones, roscas y rosquillas

Luis Negro Marco / Xinzo de Limia

 El roscón es a San Valero como la tranga al Carnaval. Con o sin nata, los roscones se comían ya en la antigua Roma y en torno a las mismas fechas en las que Zaragoza celebra a su patrón. Dentro del roscón se escondía el haba, y a quien en suerte tocaba la sorpresa se convertía en el rey o la reina de la comparsa. Reinado que tan solo duraba unos días (“Reina por un día”, como el vetusto programa de televisión  del que ahora solo se acordarán las personas más que cincuentenarias), pues tras la fiesta el pueblo volvía a la dura realidad de gobernantes privilegiados y gobernados sometidos. Días de fiesta en los que, como es la excepción la que confirma la regla, los esclavos mandaban sobre sus amos –se supone que sin dejarles que se emocionasen demasiado– y se hacían servir por ellos.

La vida, al igual que la Tierra, da muchas  vueltas
Foto: L. N. M.
 La festividad de San Valero coincide con las del comienzo de las celebraciones de apertura de las puertas del año. Días en los que el mes de enero se agosta, y en los que aun cuando los fríos hacen tiritar por las mañanas y la ventolera despeina, se barruntan los tiempos más plácidos de las calores primaverales que han de llegar.

 Desde que la Humanidad empezó a tomar conciencia sobre su propia existencia en la Tierra, hace 40.000 años, tuvo necesidad de plasmar un ideograma del mundo en el que habitaba, el cual ya intuyó de forma esférica y redondo. La Tierra, como la vida, da muchas vueltas, al igual que la caprichosa rueda de la fortuna. Un día se está abajo, pero quizás, al siguiente se haya subido arriba, y viceversa. A este cambio constante, no sometido siempre a reglas fijas, y por tanto impredecible, es a lo que los físicos han llamado “entropía”, que vendría a significar la incertidumbre –o ausencia de certeza– sobre los acontecimientos, y que entraña un potencial enorme de comunicación por descifrar. De manera que a mayor certeza sobre los acontecimientos, menor grado de entropía, y por tanto mayor redundancia y menores posibilidades de comunicación y aprendizaje.

 El círculo ha sido la figura geométrica que ha identificado desde sus inicios, a todas las civilizaciones del planeta. Los trisqueles celtas, pero también los rosetones románicos y góticos de las catedrales invocan la luz que otorga la vida al mundo. El roscón, se convierte así en un dulce (a quién le amarga comerlos) simbólico y ejemplarizante en el que se sintetiza la cósmica e infinita sabiduría que rige nuestra existencia.

Curiosamente, son muchas las expresiones que derivan del término roscón. Así utilizamos la expresión “hacer la rosca” o “hacer la rosquilla” para referirnos a quien obsequia elogios desmedidos hacia una tercera persona para congraciarse con ella, o implorar su favor. Y mete un gol “de rosca” el futbolista que lo hace golpeando el balón de manera que gira en el aire dibujando una elipse hasta colarse en la portería. Y por supuesto, los buenos estudiantes siempre han de evitar “el rosco”, así como esmerarse en completarlo los concursantes de Pasapalabra.  Y no hay romerías que se precien de serlas sin dulces rosquillas con que obsequiar al santo, ni padrinos que no regalen una buena rosca a sus ahijados por su cumpleaños. Es 29 de enero, y San Valero, bien vale, aunque ventolero, un buen roscón.

Artículo de prensa recomendado. EL MUNDO. 5 de febrero de 2016;

Miles de 'odiosos' 

Portada de El Mundo (España)Resultado de imagen de Slavoj ZizekSlavoj Zizek, filósofo y crítico cultural, es profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Su última obra es 'Menos que nada'. 'Hegel y la sombra del materialismo dialéctico' (Akal)                                                                                                                                                                                                              ¿Quiénes son los 'odiosos ocho' de la última película de Quentin Tarantino, con ese mismo título? Todos ellos, los blancos racistas y el soldado negro de la Unión, hombres y mujeres, representantes de la ley y criminales, son igualmente malvados, brutales y vengativos. El momento más patético de la película acontece cuando el oficial negro (interpretado por el excelente Samuel L. Jackson) describe a un antiguo general confederado, con todo detalle y con evidente placer, cómo mató al racista de su hijo, responsable de muchas muertes de negros: después de obligarle a marchar desnudo en medio de un viento gélido, Jackson promete a este tipo blanco, que se está muriendo de frío, que le conseguirá una manta caliente si le hace una felación; pero, después de que se la haga, Jackson no cumple su promesa y le deja morir... Es decir, que en la lucha contra el racismo tampoco hay buenos tipos, están implicados todos con la máxima brutalidad. ¿Acaso la lección de las recientes agresiones sexuales en Colonia no es asombrosamente similar a la lección de la película?




Aun en el caso de que la mayoría de los refugiados que llegan a la Unión Europea sean efectivamente víctimas que huyen de países arrasados, no se sienten impedidos de actuar de manera despreciable. Tendemos a olvidar que no hay nada redentor en el sufrimiento: ser una víctima en lo más ínfimo de la escala social no convierte a nadie en una especie de voz privilegiada de la moralidad y la justicia.                                                                                                                                 
Ahora bien, esta idea general no es suficiente; hay que observar más detenidamente la situación que dio origen al incidente de Colonia. En su análisis de la situación mundial después de los atentados de París, Alain Badiou discierne tres tipos predominantes de subjetividad en el capitalismo global de hoy en día: el ciudadano liberal-democrático de la 'civilizada' clase media occidental; aquéllos que, fuera de Occidente, están desesperadamente ansiosos por imitar el 'civilizado' estilo de vida de las clases medias occidentales; y los fascistas nihilistas, aquéllos cuya envidia de Occidente se convierte en un autodestructivo odio mortal. Badiou deja claro que lo que los medios llaman la «radicalización» de los musulmanes es fascistización pura y dura: «Este fascismo es el anverso del frustrado deseo de Occidente que se organiza de una manera más o menos militar según el modelo flexible de una banda mafiosa y con tintes ideológicos variables en los que el lugar que ocupa la religión es puramente formal».    

La ideología de la clase media occidental tiene dos características opuestas: exhibe arrogancia y confianza en la superioridad de sus valores (libertades y derechos humanos universales amenazados por los bárbaros foráneos), pero, al mismo tiempo, está obsesionada por el temor a que su limitado territorio termine invadido por los miles de millones de individuos que están fuera, que no cuentan para el capitalismo global porque ni producen bienes ni los consumen. El temor de sus miembros es el de terminar por sumarse a los excluidos.                                                                                
La expresión más clara del 'deseo de Occidente' son los refugiados: su deseo no es revolucionario, es el ansia de dejar atrás su hábitat hecho ruinas e incorporarse a la 'tierra prometida' del Occidente desarrollado (los que se quedan atrás tratan de recrear miserables copias de la prosperidad occidental, como esas zonas 'modernizadas' de todas las metrópolis del Tercer Mundo, en Luanda, en Lagos..., con cafeterías que sirven 'cappuccino', centros comerciales, etcétera).
Sin embargo, puesto que para la gran mayoría de quienes lo anhelan no hay posibilidad de satisfacer este deseo, una de las opciones que quedan es la 'contramarcha nihilista': la frustración y la envidia se transforman de manera radical en un odio autodestructivo hacia Occidente; y no faltan quienes se involucran en una venganza violenta. Badiou sostiene que esta violencia es una pura expresión de pulsión por la muerte, una violencia que sólo puede desembocar en actos de (auto)destrucción orgiástica, sin ningún tipo de visión seria de una sociedad alternativa.                                  
Badiou tiene razón cuando subraya que no hay ningún poder emancipador en la violencia fundamentalista, por muy anticapitalista que diga ser: es un fenómeno estrictamente inherente al universo capitalista global, su «fantasma oculto». El hecho básico del fascismo fundamentalista es la envidia. El fundamentalismo echa sus raíces en su mismísimo odio a Occidente. Nos estamos enfrentando aquí al típico deseo frustrado que se transforma en agresividad, descrito por el psicoanálisis, y el islamismo simplemente vehicula la forma de dar sustento a este odio (auto) destructivo. Este potencial destructivo de la envidia es la base de la conocida distinción de Rousseau entre el egoísmo, 'amour-de-soi' (ese amor a uno mismo que es natural), y el amor propio, 'amour-propre', la pervertida preferencia de uno mismo sobre los demás, en la que una persona se centra no en el logro de una meta, sino en destruir los obstáculos que encuentra ante ella: «Las pasiones primitivas, que tienden todas ellas directamente a nuestra felicidad, hacen que nos ocupemos únicamente de objetivos que se relacionan con ellas y cuyo principio es solamente 'amour-de-soi', en su esencia todos son adorables y tiernos; sin embargo, cuando, desviadas de sus objetivos por obstáculos, están más ocupadas con el obstáculo que tratan de quitarse de en medio que con el objetivo que intentan alcanzar, cambian su naturaleza y se convierten en irascibles y odiosas. Así es cómo el 'amour-de-soi', que es un sentimiento noble y absoluto, se convierte en 'amour-propre', es decir, un sentimiento relativo por medio del cual se compara a sí mismo, una sensación que exige preferencias, cuyo disfrute es puramente negativo y que no se esfuerza por encontrar satisfacción en nuestro propio bienestar sino sólo en la desgracia de los demás».        
                           
Una mala persona no es, por lo tanto, un egoísta que piensa sólo en sus propios intereses. Un auténtico egoísta está demasiado ocupado procurando su propio bien como para tener tiempo de causar la desgracia de los demás. El primer y principal vicio de una mala persona es que está más preocupada por los demás que por sí misma. Rousseau describe un preciso mecanismo libidinal: la marcha atrás que genera el desplazamiento de la inversión libidinal del objeto hacia el propio obstáculo. Esto podría aplicarse perfectamente a la violencia fundamentalista, ya se trate de los atentados de Oklahoma o del ataque a las Torres Gemelas. En ambos casos, nos las estábamos viendo con odio puro y simple: lo que realmente importaba era destruir el obstáculo, el edificio federal de Oklahoma City o las Torres Gemelas, no alcanzar el noble objetivo de una sociedad verdaderamente cristiana o musulmana.      
               
Una fascistización de esta naturaleza puede ejercer una cierta atracción en la frustrada juventud inmigrante que no puede encontrar un lugar adecuado en las sociedades occidentales o un futuro con el que identificarse; la fascistización les ofrece una vía fácil para escapar de su frustración: una vida arriesgada, azarosa, disfrazada de consagración religiosa expiatoria, más satisfacción material (sexo, coches, armas...). No hay que olvidar que el Estado Islámico es también una gran empresa comercial mafiosa que vende petróleo, estatuas de la antigüedad, algodón, armas y esclavas, una mezcla de heroicas propuestas mortales y, al mismo tiempo, de corrupción occidental a base de productos.       
                                                                                                                                  



Va de suyo que esta violencia fascista-fundamentalista es sólo uno de los modos de violencia propia del capitalismo global y que hay que tener presentes no sólo las formas de violencia fundamentalista de los propios países occidentales (populismo anti-inmigrante, etcétera) sino, sobre todo, la violencia sistemática del propio capitalismo, desde las consecuencias catastróficas de la economía mundial a la larga historia de intervenciones militares. El islamo-fascismo es un fenómeno profundamente reactivo en el sentido 'nietzscheano' de la palabra, una expresión de impotencia transformada en rabia autodestructiva.      
               

Aun de acuerdo con la idea general del análisis de Badiou, encuentro problemáticas tres de sus afirmaciones. En primer lugar, la reducción de la religión, de la forma religiosa del nihilismo fascista, a una característica superficial de carácter secundario: «La religión es sólo un ropaje, no es de ninguna manera el meollo de la cuestión, es sólo una forma de subjetivación, no el contenido real de la cosa». Badiou tiene toda la razón cuando afirma que buscar las raíces del terrorismo musulmán de hoy en los textos religiosos antiguos (el cuento ése de que «todo está ya en el Corán») es engañoso: en vez de eso hay que centrarse en el capitalismo global de hoy y entender el islamo-fascismo como una de las formas de reaccionar ante su atractivo a través de la conversión de la envidia en odio.             


Ahora bien, desde un punto de vista crítico, ¿no es siempre la religión un tipo de envoltorio, más que el meollo de la cuestión? ¿No es en esencia la religión sino una 'forma de subjetivación' de los dilemas de la gente? ¿Y no implica eso que el envoltorio es, en cierto sentido, el 'meollo de la cuestión', la forma en que las personas experimentan su situación? Para ellos no hay manera de dar un paso atrás y contemplar desde fuera, sea del modo que sea, cómo son en realidad las cosas... De ahí la identificación excesivamente rápida de los refugiados y los migrantes con un 'proletariado nómada', una vanguardia virtual de la gigantesca masa de personas cuya existencia no se tiene en cuenta en el mundo tal y como es. ¿No son los migrantes (en su mayoría, por lo menos) los que con más vehemencia están aquejados del 'deseo de Occidente', los más inequívocamente esclavos de la ideología hegemónica?                         
   

Por último, la demanda ingenua de que deberíamos «ir y ver quién es ese otro del que se habla, quiénes son en realidad. Tenemos que conocer sus pensamientos, sus ideas, su visión de las cosas, e inscribirlos, y con ellos, nosotros mismos de forma simultánea, en una visión estratégica del destino de la humanidad». Fácil de decir, difícil de hacer. Ese otro, como se describe Badiou a sí mismo, está completamente desorientado, poseído por actitudes opuestas de envidia y odio, un odio que expresa en última instancia su propio deseo reprimido de Occidente (que es por lo que el odio se transforma en auto-destrucción). Es parte de una ingenua metafísica humanista presuponer que, debajo de ese círculo vicioso de deseo, envidia y odio, hay un núcleo humano más 'profundo', impreciso, de solidaridad mundial. Abundan las historias de que, entre los refugiados, los sirios son en gran medida una excepción: en los campamentos de paso limpian la suciedad que dejan atrás, se comportan de forma cortés y respetuosa, muchos de ellos son bien educados y hablan inglés, con frecuencia pretenden incluso pagar por lo que consumen... dicho claramente, creemos que son como nosotros mismos, como nuestras clases medias cultas y civilizadas.                 
Está bien visto afirmar que los refugiados violentos representan a una minoría y que la gran mayoría tiene un profundo respeto por las mujeres... Si bien esto es cierto, por supuesto, habría que echar, sin embargo, una mirada más atenta a la estructura de este respeto: ¿qué clase de mujer es 'respetada' y que se espera de ella? ¿Qué pasa si una mujer es respetada en la medida (y sólo en la medida) en que se ajusta al ideal de una sirviente dócil, que cumple fielmente sus labores domésticas, de manera que su hombre tiene derecho a explotar furibundamente si ella actúa con plena autonomía?
    
Nuestros medios de comunicación suelen hacer una distinción entre los refugiados 'civilizados' de clase media y los refugiados 'bárbaros' de clase baja que roban, hostigan a nuestros ciudadanos, se comportan de manera violenta con las mujeres, defecan en público... En lugar de descalificar toda esta propaganda por racista, se debería reunir el coraje suficiente para discernir el punto de verdad que hay en ella: la brutalidad, incluso la crueldad manifiesta con los débiles, los animales, las mujeres, etcétera, es una característica tradicional de las 'clases bajas'; una de sus estrategias de resistencia frente a los que están en el poder ha sido siempre una exhibición aterradora de brutalidad dirigida a perturbar el sentimiento de educación de la clase media. Y uno se siente tentado a leer también de esta manera lo que sucedió en la víspera de Año Nuevo en Colonia, esto es, un obsceno 'carnaval de clase baja':  «La policía alemana está investigando informaciones sobre decenas de mujeres que fueron agredidas y asaltadas sexualmente en el centro de la ciudad de Colonia durante las celebraciones de fin de año, en lo que un ministro ha llamado una 'dimensión completamente nueva del delito'. Según la policía, los presuntos responsables de las agresiones sexuales y de numerosos robos eran de origen árabe y norteafricano. Ante la policía se presentaron más de 100 denuncias, un tercio de las cuales estaba relacionado con agresiones sexuales. El centro de la ciudad se convirtió en una 'zona sin ley': se cree que entre 500 y 1.000 hombres, descritos como borrachos y agresivos, han estado detrás de los ataques a los asistentes a la fiesta en el centro de la ciudad alemana occidental. Sigue sin estar claro que actuaran como un grupo único o en bandas sin conexión. Las mujeres denunciaron haber sido rodeadas de manera agobiante por grupos de hombres que las acosaron y las asaltaron. Algunas personas lanzaron fuegos artificiales contra la multitud, lo que aumentó el caos. Una de las víctimas fue violada. Entre las que afirmaron que habían sido agredidas sexualmente se encontraba una policía voluntaria».                                                                                                      


Como era de esperar, el incidente fue a más: ya se han presentado más de 500 denuncias de mujeres, con incidentes similares en otras ciudades de Alemania (y de Suecia). Hay indicios de que los ataques se coordinaron de antemano, además de que bárbaros anti-inmigrantes de derechas, 'defensores del Occidente civilizado', respondieron violentamente con agresiones a los inmigrantes, por lo que la espiral de violencia amenaza con desatarse... Y, como era de esperar, la políticamente correcta izquierda liberal movilizó sus recursos para restar importancia al incidente de la misma manera que lo hizo en el caso de Rotterdam.
    
Pero hay más, mucho más que eso: el 'carnaval' de Colonia debería incardinarse en la larga fila cuyo primer caso registrado se remonta a la década de los 30 del siglo XVIII en París, a la llamada 'gran matanza de gatos', descrita por Robert Darnton, cuando un grupo de aprendices de imprenta torturaron y mataron de manera ritual todos los gatos que pudieron encontrar, incluyendo la gata de la esposa de su patrón. Los aprendices recibieron un trato literalmente peor que los gatos a los que adoraba la esposa del patrón, sobre todo a la 'grise' ('la gata gris'), su favorita. Una noche, los muchachos decidieron poner remedio a este estado de cosas, nada equitativo: vertieron en el patio sacos cargados de gatos medio muertos y luego los colgaron en una horca improvisada, los hombres se volvieron locos de alegría, entre el alboroto y las risas... ¿Por qué la matanza les resultó tan graciosa?
   
Durante el Carnaval, la gente corriente dejaba en suspenso las reglas normales de comportamiento y ceremoniosamente revertía el orden social o lo volvía del revés en procesiones tumultuarias. El Carnaval era la temporada reina en que la hilaridad, la sexualidad y la juventud se desmandaban y el populacho incorporaba con frecuencia a su música vulgar la práctica de torturar gatos. Mientras se mofaban de algún cornudo o de cualquier otra víctima, los jóvenes se pasaban un gato de mano en mano y le arrancaban el pelo a tiras para hacerlo maullar. 'Faire le chat', lo llamaban. Los alemanes lo llamaron 'Katzenmusik', un término que posiblemente deriva de los maullidos de los gatos torturados. La tortura de animales, especialmente gatos, era una diversión popular en toda la Europa moderna. El poder de los gatos se concentraba en el aspecto más íntimo de la vida doméstica: el sexo. 'Le chat', 'la chatte', 'le minet', significan en el argot francés lo mismo que 'coño' en español y durante siglos han cumplido su papel de palabrotas.                                                   








 ¿Qué tal, pues, si interpretamos el incidente de Colonia como una versión contemporánea de 'faire le chat', como una rebelión carnavalesca de los menos favorecidos? No ha sido el simple impulso de satisfacción de unos jóvenes muertos de hambre sexual (que podía haberse satisfecho de una manera más discreta, no pública); era por encima de todo un espectáculo público de propagación de miedo y humillación, de exposición de los 'gatitos' de las alemanas privilegiadas a una dolorosa indefensión. No hay, por supuesto, nada de redención o emancipación, nada verdaderamente liberador en semejante carnaval, pero así es como funcionan los carnavales de verdad.       
     
Por ello, los intentos ingenuos de ilustrar a los inmigrantes (explicándoles que nuestras costumbres sexuales son diferentes, que una mujer que pasea en público en minifalda y con una sonrisa no por ello está enviando una señal de invitación sexual...) son ejemplos de una estupidez impresionante; ellos ya lo saben y ésa es la razón por la que hacen lo que hacen. Son totalmente conscientes de que lo que están haciendo es ajeno a nuestra cultura predominante, pero lo están haciendo, precisamente, para herir nuestra sensibilidad. Lo que hay que hacer es cambiar esta actitud de envidia y agresividad vengativa, no enseñarles lo que ya saben de sobra.        
   
La difícil lección de todo este asunto es, por tanto, que no basta con dar voz a los menos favorecidos tal y como son: para hacer realidad su auténtica emancipación, tienen que ser educados (por los demás y por ellos mismos) en la libertad.



miércoles, 27 de enero de 2016

San Antón, el protector

La bendición de animales, el fuego y las mojigangas, protagonizaron la fiesta el 17 de enero
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Luis Negro Marco / Mazaleón
 El mes de enero fue dedicado por los romanos al dios Jano (de ahí su nombre [January] en inglés), atribuyéndole dos caras –Jano bifronte– ya que con una miraba al año que concluía, y con la opuesta al que principiaba. Pero aún más: la iconografía del dios Jano (generalmente representado con barba) tenía una clara intención didáctica, pues enseñaba que los gobernantes debían tener oídos y ojos para conocer y remediar las necesidades de la ciudadanía, y que era deber de los nobles –pues eran ellos quienes detentaban el poder– recordar las acciones virtuosas y los hechos heroicos de sus ascendientes, procurando imitarles en ellos. Asimismo, Jano, consagrado al primer mes, era para los romanos el dios de la luz, y el que abría las puertas del año. Por ello su templo era el primero de los que había en los foros de las ciudades, ubicado a su entrada. Las puertas de su templo permanecían constantemente abiertas en tiempos de guerra, invocando así la luz de la victoria.

  En el calendario cristiano, el día 17 de enero, festividad de San Antonio abad –también llamado San Antonio “el grande”, o San Antón– constituye la primera celebración popular del año posterior a la Navidad.  El santo fue un longevo eremita (falleció en el año 356, a los 105 años de edad) que decidió pasar su vida en la soledad del desierto egipcio, en una cueva situada en lo alto de una montaña próxima al mar Rojo. La iconografía cristiana muestra a San Antón con barba, túnica, cayado, y con un cerdo a sus pies, de ahí que en muchos lugares de Cataluña y Valencia se le conozca con el nombre de “Sant Antoni del porquet”. El de San Antón es el primer día del año en que las tradicionales hogueras nocturnas hacen acto de presencia por plazas y calles de buena parte de ciudades y pueblos de España, preludiando el día de la Candelaria (2 de febrero) en que se celebra la Purificación de la Virgen  –40 días después de la Navidad– una vez cumplido el tiempo establecido por las leyes judías para que una mujer, después del parto, pudiera acercarse al templo de nuevo.

 Por lo tanto, la figura de San Antón está asociada a la renovación, estrechamente unida al
El mes de enero fue dedicado por los romanos al dios
Jano, el que abría las puertas del año
comienzo del nuevo ciclo anual, desempeñando asimismo una doble función protectora: hacia los animales (de ahí la bendición de los mismos cada 17 de enero) y hacia las personas, como modelo de imitación que San Antón es para los cristianos, por haber vencido las numerosas y diferentes tentaciones que le envió el demonio durante su vital retiro ascético. Fue así como aquel cristiano de Oriente se convirtió en el padre de un pueblo nuevo: el de los anacoretas (quienes buscaban una vida en soledad para entregarse a la vida contemplativa), a quienes San Antón reunió y dio una regla común, constituyendo el germen de las posteriores órdenes monásticas, en sus vertientes masculina y femenina.


Asimismo, retornando a la faceta protectora del santo, ésta queda también reivindicada a través de la historia religiosa de Roma, pues por los mismos días de enero en que la Iglesia conmemora a San Antonio abad, los romanos celebraban  la fiesta de las Carmentales (15 de enero), en honor de la profetisa Carmenta, para pedirle protección a favor de las criaturas que nacieran en ese año.

 Las manifestaciones festivas más frecuentes que aún se conservan para el día de San Antón, son las hogueras (que simbolizan la luz, como nacimiento, y el poder vivificador del fuego) en cuyos rescoldos aprovechan las familias, vecinos y grupos de amigos para asar la carne y productos de la matacía y catar el vino del año viejo. Pero junto a esta sana y viva tradición, muchas localidades conservan todavía peculiares expresiones de un folklore popular ya casi agotado. Es el caso de la localidad zaragozana de Novallas, donde los animales son llevados hasta la fuente de los cuatro caños, en la que se encuentra la imagen de San Antón, obligando a los animales a dar tres vueltas en torno a ella, y en sentido contrario al de las agujas del reloj. Tradición que también se conserva en Mazaleón (Teruel), conocida con el nombre de “los tres tombs” –las tres vueltas– que dan los animales alrededor del santo en la plaza.

 Asimismo, la práctica totalidad de las poblaciones integrantes de la turolense comarca del Matarraña celebra activamente a San Antón, y en el caso de La Portellada, allí tiene lugar la  secular representación teatral de «La Sanantonada», obra en la que se revive la vida, tentaciones y triunfo del santo sobre el demonio. Estercuel es otro pueblo de la provincia que en el día de San Antón celebra la original fiesta de «La encamisada»  (mojiganga ejecutada de noche con hachones de fuego) en agradecimiento al santo, porque hace años libró a la localidad de una epidemia de peste. Y En Castelserás, el protagonismo lo ostenta una enorme hoguera que se eleva en honor de San Sebastián, patrón de los quintos (cuando había mili) y protector de la peste. Los mozos cortan y plantan un chopo en el «rolle» (hoyo hecho a tal efecto), que cubren de leña. La «cercavilla» anunciará la quema, y  el baile del «rodat» se ejecuta cuando las llamas alcanzan su cénit. Castellote es otra localidad turolense, que tradicionalmente eleva llamas en la plaza del Caballón para homenajear a San Macario (anacoreta también –como San Antonio- del siglo IV, cuya fiesta se celebra el 15 de enero), y cuenta además con el «Dance de vestir el palo» bailado por niños en torno a la ermita.

 Y ya que en vidas ejemplares de santos ascetas andamos, no podemos los aragoneses olvidar que el 12 de enero fue  San Victorián (San Beturián, en aragonés) de Asán (478-568), anacoreta italiano que recaló en tierras oscenses del Sobrarbe, en un paraje situado a los pies de Peña Montañesa y  a orillas del Cinca. Las  primeras estancias del que lleva su nombre (monasterio de San Victorián de Asán) ya estaban habitadas por monjes en el siglo VI, lo que lo convierte en el más antiguo de los monasterios españoles y en cuna del Reino de Aragón.

domingo, 24 de enero de 2016

De "jornalistas" a tejedores de la democracia

Cronistas de la verdad
                       San Francisco de Sales, patrón de los periodistas

Luis Negro Marco / Zaragoza

 Sus hagiógrafos dijeron del italiano San Francisco de Sales (1567-1622) que en sus libros y cartas de enseñanza cristiana demostraba fascinación por el lenguaje “claro y sabroso”, lleno de sabiduría y originalidad, sin tecnicismos que pudieran entorpecer la inteligencia de lo narrado. Escritos sin nada de oscuridades ni complicaciones inútiles, pues su objetivo era hacer llegar sus reflexiones tanto a las personas de la corte como a los más humildes de las más humildes aldeas. Y es por este motivo por el que San Francisco de Sales, cuya festividad se celebra el 24 de enero, es el patrón de los periodistas y escritores.

 Repasando la historia de la prensa en España, nos encontramos con que fue en el tramo final del siglo XVIII –el siglo de la Ilustración– cuando los papeles periódicos llegaron a constituir el medio fundamental para formar a los grupos sociales dominantes, y al mismo tiempo controlar la repartición social del saber.

  En nuestro país, los primeros periódicos fueron los de información política, fundados por particulares, si bien bajo los regímenes de Fernando VI y Carlos III se transformaron en órganos oficiales de la Corona, tal y como aconteció finalmente con la semanal «Gazeta de Madrid» (1661) y el mensual «Mercurio histórico y político» (1738). Ambos medios tenían una distribución  amplia que abarcaba toda España, más los países hispanos de América, y sus tiradas medias sobrepasaban los 8.000 ejemplares por número.

 La «Gazeta de Madrid» comenzó a publicarse en 1661 como relación de sucesos bélicos, a iniciativa de Juan José de Austria, mientras que el primer diario de información urbana fue el «Diario noticioso, erudito y comercial público y económico» creado en 1758, por el alcañizano Francisco Mariano Nipho (1719-1803), el primer jornalista profesional. Fue también en aquellos tiempos cuando se observan los primeros indicios de especialización entre los periódicos, con predominio de las ciencias naturales, caso de las «Ephemérides barométrica-matritenses»  que se publicó a partir de 1737.

 Y paralelamente a los comienzos de especialización temática aparecieron también las primeras denominaciones para referirse a la nueva forma de ocupación de escribir. De este modo, junto al término «literato», comenzaron a  circular expresiones como «jornalista», (como sinónimo de «diarista», –el que escribe diarios-: journaliste, en francés y giornalista, en italiano), además de «novelero» –el que difunde y vende noticias, y «gazetero».

 El primer diccionario español que registró la voz «gazetero» fue el Diccionario de Autoridades
de 1734: “el que forma la Gazeta y el que las vende”. Y en cuanto a la denominación actual para referirnos a los diarios escritos (el periódico), no aparece en España hasta 1803, y reflejada en estos términos: “Escrito periódico en que se anuncian, extractan y censuran las obras nuevas pertenecientes a ciencias y artes”.

 Y sin embargo, en aquel tiempo (con la sola excepción de los periódicos oficiales: «Gazeta» y «El Mercurio», que contaban con un reducido equipo de funcionarios para su redacción), todavía no podía hablarse de la existencia de una conciencia profesional respecto al trabajo periodístico. Más aún: a los periodistas se les  identificaba socialmente con expresiones de menosprecio –“escritores de surtido”, o “escritores de por vida”–, por el mero hecho de transformar su trabajo intelectual en dinero contante y sonante, así como por los temas por ellos tratados (lo cotidiano y la novedad –la noticia–) que venían a constituir un género nuevo, por completo diferente a los regulados en la literatura.  De manera que los periodistas quedaron excluidos del selecto grupo de la comunidad de eruditos, literatos y hombres de letras, por el mero hecho de escribir sobre el presente y la actualidad.

 No es de extrañar así que a lo largo del siglo XVIII el término «opinión pública» tuviese un carácter peyorativo, pues se entendía como “«opinión común», u «opinión vulgar», debido a que el sustantivo «opinión» –sobretodo si era relacionado con la política–contrastaba con los de «ciencia» y «verdad.» De manera que el principio democrático de la opinión pública –la manera de pensar de una mayoría dentro de un grupo social, un pensamiento que debe ser respetado– no se dio en España hasta las décadas finales del siglo XIX.

 Hoy en día el papel de la prensa es vital para el normal funcionamiento de las sociedades democráticas, hasta el punto de que su grado de desarrollo va íntimamente ligado al de la fortaleza de sus medios de comunicación. Por ello el valor supremo de la prensa es el de la credibilidad, de manera que sus mensajes deben ser veraces, pues de otro modo se estaría traicionando la confianza popular. Y los periodistas son ante todo cronistas de la verdad, cooperadores de esa verdad que en no pocas ocasiones tan alejada está de la realidad aparente.

sábado, 9 de enero de 2016

De almanaques y calendarios

Hasta la segunda mitad del siglo XIX, la impresión del calendario en España fue potestad del Observatorio Astronómico de Madrid

Luis Negro Marco / Babilon

 El calendario de pared, de bolsillo o de sobremesa, es uno de los regalos más recurrentes y generalizados en estas fechas. La palabra «calendario» viene a designar al papel o libro que contiene la distribución del año por meses o por días. El término procede de la voz calendas con que los romanos designaban al primer día de cada mes. El calendario griego no tenía calendas, de manera que remitir algo a calendas griegas, equivalía a demorarlo indefinidamente.

 Cada primer día de mes en Roma, un pontífice procedía a convocar (calare) al pueblo a fin de que se reuniera en el foro para anunciarle cuáles serían los días feriados, así como los días fastos (aquellos en los que se podían celebrar juicios y desarrollar negocios) y nefastos (días en los que no se administraba justicia ni era lícito cerrar contratos) del mes. Asimismo, el calendario de los latinos era el libro de cuentas en que los acreedores anotaban los nombres de sus deudores y las cantidades que les adeudaban; se llamaba así porque el interés del dinero prestado se adeudaba en las calendas de cada mes.

Palabra semejante a la de calendario, es «almanaque»: tabla, registro o catálogo que comprende todos los días del año, ordenados por meses, con datos astronómicos, salidas y puestas de sol, su entrada en cada signo del zodíaco, fases de la luna, santos y festividades, ferias y otras noticias relativas a actos religiosos y civiles. La palabra almanaque podría derivar del copto (antiguo idioma de los egipcios): al –calcular– y men –memoria–. Asimismo, podría estar emparentada con la palabra griega mêné           –Luna– con el significado de descripción de las lunas, puesto que los antiguos griegos se rigieron de acuerdo al calendario lunar.

 El almanaque propiamente dicho, llamado también calendario, contenía y contiene vaticinios y predicciones sobre fenómenos astronómicos y meteorológicos. Bajo el punto de vista astronómico, fue célebre el Almanaque de Nostradamus, que dio origen a las famosas profecías del iluminado astrólogo francés Miguel de Nôtre-Dame (1503-1566). Como anécdota sobre las profecías de Nostradamus, cabe decir que, en vista del éxito alcanzado por su padre, uno de sus hijos decidió sucederle, mas viendo que la credibilidad de sus profecías disminuía, porque los acontecimientos no confirmaban sus vaticinios, profetizó la destrucción de una villa. Para ello decidió incendiarla él mismo, mas el infeliz Nostradamus junior fue incapaz de adivinar que sería sorprendido en el intento, y por tal criminal acto, ajusticiado en 1574.

 En España, uno de los más famosos almanaques fue el del sacerdote salmantino Torres de Villarroel (1694-1770), y ya desde mediados del XIX y hasta hoy, el más popular es el Almanaque del Zaragozano, del aragonés –natural de Villamayor– Mariano Castillo (1821-1875). Otros almanaques famosos han sido; El ermitaño de los Pirineos, El gaitero de Lugo, O mentireiro verdadeiro y el Parenòstic menorquí.

 Un dato curioso respecto a la venta de los almanaques en Europa tiene relación con  la Academia de Ciencias de Berlín, que en el siglo XVIII conseguía sus principales ingresos de la venta de un almanaque donde figuraban predicciones formuladas al tuntún.  Mas, en aras de la verdad científica, la institución decidió reemplazar aquéllas fabulaciones por informaciones veraces sobre asuntos que presumía de interés general. El resultado fue que  las ventas del almanaque descendieron de tal forma que, temiendo por su continuidad económica, la academia decidió volver a publicar aquellas predicciones en las que no creían ni sus propios autores, acrecentando  –no obstante– de nuevo sus ventas.

 Respecto a los calendarios propiamente dichos, en España, hasta la primera mitad del siglo XIX, la
formación, impresión y venta del calendario corría a cargo y beneficio del Observatorio Astronómico de Madrid, el cual tenía esta concesión desde 1797, constituyendo un privilegio que le fue confirmado por última vez el 27 de mayo de 1846, de manera que a partir de aquella fecha cualquier particular o empresa lo puede publicar. En el ámbito eclesiástico, el más popular en Aragón es el Calendario de San Antonio, santo portugués nacido a finales del siglo XI, conocido como el patrono de los pobres

 Nuestro actual calendario está basado en el primitivo calendario romano que en principio contó sólo con diez meses, de ahí que los meses de septiembre, octubre… hagan referencia al ordinal –séptimo, octavo…– que les correspondía.  En  el 46 antes de Cristo, Julio César instituyó el año de 365 días (calendario juliano) añadiéndole cada cuatro años un día suplementario, el cual se intercalaba en el mes de febrero, que tenía –como ahora– 28 días, y cada cuatro años, 29.   A dicho día se le denominaba  «bi sexto» calendas martii (dos veces el sexto día anterior al primer día de marzo –el 24 de febrero–) de donde ha quedado el nombre de bisiesto para designar al año en que su mes de febrero consta de 29 días.

 Ya en el siglo XVI, el papa Gregorio XIII reformó ligeramente el calendario juliano, con el objeto de corregir el error de cálculo de aquél, por el que los puntos solsticiales y equinocciales retrocedían en un día cada 133 años. De este modo, nuestro calendario gregoriano actual se basa en la  Bula que el papa Gregorio XIII decretó el 5 de octubre de 1582, según la cual se  determinó la supresión de 10 días en aquel año, y de 3 años bisiestos en el espacio de 400 años. Y a fin de dar alguna regularidad a esta supresión se determinó la eliminación de los bisiestos en todos los años seculares cuyo número no fuese divisible por 400. De este modo, el año 1600 fue bisiesto, pero no los años 1700, 1800 y 1900, aunque sí lo fue el año 2000. En cualquier caso, los nacidos en 29 de febrero están de suerte, pues en este año nuevo podrán celebrar su cumpleaños tras cuatro sin tener esa posibilidad. ¡Feliz, saludable y próspero 2016!