El derecho de Israel a su existencia
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La Revolución iraní de 1979, protagonizada por el ayatollah Ruhollah Homeini, supuso el derrocamiento del Shah (rey) de Persia, Reza Pahlevi y la instauración de la República Islámica de Irán, de facto, un tiránico estado teocrático (que asesinó a miles de sus ciudadanos, algunas fuentes apuntan que pudieron ser hasta 30.000 las víctimas, en las revueltas que se sucedieron en el pasado mes de enero), cuyas leyes están sometidas al dictamen de la religión musulmana, en su vertiente chií.
A la muerte de Homeini, en 1989, le sucedió en el cargo el Ayatollah Ali Jamenei, quien en sus más de tres décadas como Líder Supremo (y hasta su muerte, el pasado 28 de febrero, a causa de los bombardeos de la aviación israelí a su residencia oficial en Teherán), ha sido capaz de construir un poderoso Estado chií en Oriente Medio –en solapada rivalidad con los estados árabes suníes del otro lado del Golfo– fundamentado en el poderoso “Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica” (IRGC), al que la Unión Europea incluyó, en el pasado mes de febrero, en su lista de organizaciones terroristas.
Y toda la política que ha desarrollado Irán desde la Revolución islámica de 1979 ha tenido como eje central la manifiesta hostilidad hacia los Estados Unidos e Israel.
Paradigma de esta obsesión del régimen de los ayatolás contra el Estado hebreo, lo encontramos en la Plaza Palestina (Meydan-e Felestin), ubicada en el centro de Teherán. Allí, en 2017 fue instalado un enorme reloj digital de cuenta regresiva que marcaba los días restantes para la desaparición de Israel que, de acuerdo a la profecía efectuada en 2015 por el desaparecido Líder Supremo, Ali Jamenei, será en el año 2040. El caso es que este apocalíptico reloj ya no existe, porque en la “Guerra de los 12 días” (del 13 al 24 de junio de 2025), fue bombardeado y destruido por la aviación israelí.
El Irán de los ayatolás no solo no reconoce a Israel como nación (a la que califica como “Estado Sionista” y define a su territorio como la “Palestina ocupada”), sino que además apoya a grupos terroristas antiisraelíes, como las “Fuerzas de Movilización Popular” (FMP o Hashd al-Shaabi), en Irak; a los hutíes (Ansar Allah: "Partidarios de Dios"), cuyo lema es “muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, maldición sobre los judíos, victoria para el Islam", en Yemen; Hamas (acrónimo de la frase árabe Harakat al-Muqawama al-Islamiya, que se traduce como “Movimiento de Resistencia Islámica”) y la Yihad Islámica en la Franja de Gaza; y Hezbollah (palabra que proviene del árabe Hizb Allah, que significa literalmente "Partido de Dios"), en el Líbano.
Estas organizaciones están integradas por fanatizadas milicias terroristas que, herederas de las luchas anticoloniales libradas en Sudáfrica, Argelia y otros lugares del mundo, practican el terror so pretexto de llevar a cabo una lucha por la liberación de Palestina y el Líbano de la colonización israelí.
De estos proxies, Hamas y Hezbollah no son sino algunos de los "tentáculos del pulpo", cuya cabeza es Irán, que se han movido para crear una situación de conflicto militar permanente, sin beneficiar ni al pueblo palestino ni al libanés, con el objetivo último de destruir al Estado judío. Pero, contra lo que había previsto Irán, en los últimos meses su "Eje de la Resistencia", que creó para oponerse al poderío israelí y estadounidense en Oriente Medio, ha venido desmoronándose y prueba palpable de ello fue la caída de uno de sus principales aliados: la Siria de Bashar Al-Asad, derrocado y exiliado del país –a la Rusia de Putin– el 8 de diciembre de 2024.
Pero la obsesión de Irán por eliminar a la nación judía se remonta a muchos años atrás. Así, entre 1992 y 1997, frente a las propuestas de diálogo del presidente estadounidense Bill Clinton, su homólogo iraní, Hashemi Rafsanjani, se opuso reiteradamente al proceso de paz árabe-israelí (que de nuevo truncaría Hamas en 2023 al lanzar su brutal ataque terrorista del 7 de Octubre), así como a dejar de prestar apoyo al terrorismo internacional y a su intención de conseguir energía nuclear; algo que Estados Unidos consideraba (y ha resultado ser una evidencia) el primer paso para la fabricación de armas atómicas por parte de Irán.
Hasta ahora, el país persa no había mantenido una guerra directa contra Israel, sino que la estaba llevando a cabo a través de sus proxies, adiestrando a sus miembros y proveyéndolos de armas y recursos económicos abundantes para que atentasen contra Israel y contra el pueblo judío dentro y más allá, incluso, de sus fronteras. De este modo, en 2006, salió a la luz un informe oficial en Argentina que relacionaba a Irán, vía Hezbollah, con la bomba en la embajada israelí de Buenos Aires en 1992, donde murieron 29 personas y con el atentado perpetrado en 1994, en el centro de la comunidad judía en la misma ciudad, que mató a otras 85 personas.
De este modo, con su táctica de “apoyar y negarlo todo” (en un discurso, pronunciado el 10 de octubre de 2023, el ayatollah Jamenei negó rotundamente que la inteligencia iraní estuviera detrás del brutal ataque del 7-O contra Israel perpetrado por Hamas, pero al mismo tiempo afirmó: “besamos las manos de quienes planearon el ataque contra el régimen sionista”), Irán había logrado, hasta ahora, desarrollar una exitosa estrategia de múltiples escenarios de guerra contra Israel, pero todos ellos alejados de sus fronteras, sabedor de que la fuerza de un ejército convencional poderoso, como efectivamente posee Irán, no le garantizaría la victoria en una guerra directa.
Por este motivo, en los dos últimos años, Irán había acelerado (al tiempo que lo negaba ante los líderes mundiales) su programa nuclear, tendente a la fabricación de armas atómicas. De haberlas obtenido, el país persa se habría constituido en una verdadera amenaza existencial para Israel, así como para la estabilidad en Oriente Medio, al ser la única nación de la región (y además no árabe) en poseer armamento nuclear.

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