sábado, 9 de julio de 2016

Las aventuras del brigadista Svejk

LAS AVENTURAS DEL BRIGADISTA SVEJK  (*)

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Luis Negro Marco / Historiador y periodista

Cuento ambientado en los dos primeros años de la Guerra Civil española (1936-1939) sobre las ficticias aventuras del ficticio personaje brigadista Svejk, inspirado asimismo en el libro “Las aveturas del buen soldado Svejk”, publicado en 1921 por el escritor checo Jaroslav Hasek, sobre las disparatadas aventuras de un soldado de su país a comienzos de la I Guerra Mundial. En el caso de este cuento, Svejk pasa a ser un atleta checo que llega a Barcelona a comienzos del verano de 1936 para participar en las Olimpiadas Populares, y que acabará enrolándose como periodista en las milicias anarquistas de Durruti en su intento de conquistar Zaragoza. Svejk conocerá a Orwell en el Frente de Huesca y a algunos de los personajes más celebres del Frente de Aragón. Participará en la Batalla de Belchite, y al final, desaparecerá misteriosamente huyendo de la purga que los comunistas emprenden contra los anarquistas y militantes del POUM tras los sucesos de Barcelona en mayo de 1937. Este cuento, también es un homenaje a “Manuscrito encontrado en Zaragoza” publicado en 1804 por el escritor ucraniano Jan Potocki.

                                            Cuento  
 LAS AVENTURAS DEL BRIGADISTA SVEJK

 Como arqueólogo, participé, a finales de 2002, en la prospección arqueológica del gasoducto de las “Cuencas Mineras”, que se extiende  desde Caspe, en el Bajo Aragón, hasta Cella, atravesando de Este a Oeste toda la provincia de Teruel.

 Cierto día de diciembre, mientras realizaba mi trabajo de control, una intensa nevada hizo que me desorientase, apartándome del trazado marcado en los planos. Sólo sabía que me encontraba a una distancia prácticamente equidistante entre Caspe y Alcañiz, en medio de un bosque de pinos, por el que deambulé durante más de dos horas sin rumbo definido.

 Aterido, con las manos entumecidas por el frío, tuve la suerte de
                                                                            Luis Negro Marco
llegar hasta una pequeña casa con el aspecto de haber sido abandonada desde hacía muchos años, pero que conservaba algo de leña en su interior. De manera que pude encender un fuego en lo que fue la cocina y sentarme a descansar sobre uno de los asientos de la destartalada cadiera. Al aposentarme en el banco, y con la finalidad de entrar en calor, empecé a golpear con fuerza mis pies contra las baldosas del suelo, y de pronto sentí el tableteo de una de ellas, que parecía no estar bien ajustada.

 Me agaché e instintivamente la levanté, advirtiendo con sorpresa que bajo ella se ocultaba una caja metálica de galletas, cuyo nombre aún se adivinaba: “Galletas Patria”, fabricadas en Zaragoza en el año 1937. La abrí con la curiosidad del periodista y la indescriptible emoción del arqueólogo ante la certeza de un descubrimiento extraordinario.

 Luis Negro Marco
En su interior, un cuaderno con tapas de hule de color negro, atadas con una cinta de seda con los colores de la bandera de la República Española y las iniciales de las organizaciones anarquistas AIT, CNT y FAI. La cinta tenía además, impreso, un sello de forma triangular, en el que se podía leer: “División Francisco Ascaso. Batallón Paso a la Idea. Tercera Compañía”.

 Deshice con cuidado el nudo y plegué la cinta, colocándola en el interior de la caja. Cogí el cuaderno y lo abrí con gran emoción. Se trataba de un diario y su cuidada caligrafía se había trazado a pluma, con tinta negra. Era un manuscrito en inglés, lengua que aunque conozco poco, sí lo suficiente como para leerlo con fluidez y comprender que se trataba del diario escrito por un brigadista extranjero que había luchado en el Frente de Aragón durante la Guerra Civil. Seguía nevando fuertemente afuera, como pude comprobar echando un vistazo a la ventana, y por la cual, sin marcos ni cristales, entraba un gélido frío vomitado por la ventisca. Ante tal expectativa, decidí concentrarme en la lectura de mi gran hallazgo, al abrigo del reconfortante calor de unas llamas que empezaban a devolver el tacto a mis manos y pies y a secar mis húmedos huesos.

 Luis Negro Marco
 El manuscrito poseía muy pocas páginas escritas, pero todas de intensa información, las cuales ahora, de memoria, reescribo: – Me llamo Franz Svejk, soy checoslovaco y tengo 23 años. Llegué a España, en junio de 1936, para participar en la Olimpiada Popular de Barcelona, como atleta, en la carrera de velocidad. Aunque me gusta el deporte, la profesión con la que me gano la vida es la de periodista. Desde hace dos años escribo en el periódico “Neue Freie Presse”, que se edita en Budejovice, la ciudad checoslovaca donde nací y en la que viven mis padres y cuatro hermanos. Las Olimpiadas, finalmente, no se llegaron a celebrar, debido al estallido de la Guerra Civil en España.

 Desde mi habitación en el Hotel Ritz de Barcelona, en donde estábamos alojados algunos de los atletas, pude ver las primeras reacciones populares contra los militares rebeldes a la República. Y el 24 de julio, en la Plaça del Palau, fui testigo de cómo el líder anarquista Buenaventura Durruti, se ponía al frente de una columna de hombres, con el objetivo de conquistar Zaragoza.

 Pronto supe que en la columna estaban integrados, al menos, cuatrocientos extranjeros, casi todos ellos anarquistas. Pocos días después, leyendo el periódico “Mi Tierra”, supe que Durruti había instalado en Bujaraloz su Cuartel General, y finalmente, el 11 de septiembre de 1936 decidí unirme a su columna, ya que aunque en mi país soy miembro de la Juventud Socialista, aprecié, desde el momento en que los conocí, el entusiasmo, los ideales y la solidaridad de los anarquistas catalanes.

De este modo, el 19 de septiembre de 1936, nuestra columna, junto con el “Batallón Malatesta”, de italianos anarquistas, llegaba a Bujaraloz. En el momento de mi filiación, al decir que era periodista y manifestar mi buen conocimiento del inglés, fui asignado a la Oficina de Prensa del Cuartel General de la “Columna Durruti”, actuando, como enlace ocasional con los mandos, del periodista estadounidense Louis Fischer.

Luis Negro Marco
Entre mis cometidos, estaban, además, los de trabajar como censor militar de la correspondencia que hasta Bujaraloz, nos llegaba de las estafetas móviles de Grañén, Siétamo, Huerrios, Angüés, Vicién, Leciñena, y Tardienta.

 Las cartas que se remitían desde Barcelona, venían con el membrete: “Correu al front”. El 15 de octubre, el recién constituido Consejo de Defensa de Aragón me propuso como corresponsal del Frente de Aragón para el periódico “El Voluntario de la Libertad”, nuevo órgano de expresión de las Brigadas Internacionales y que se iba a distribuir desde Albacete.

 Se trataba, me advirtió el comisario inglés Gustav Heilbrunn, de que nuestros camaradas de todo el mundo supiesen de la lucha que mantenemos en España, y de que cada hoja del periódico se convirtiese en una bala letal contra el fascismo.

 El 21 de noviembre, nos llegó la trágica noticia de la muerte, el día anterior, de Buenaventura Durruti en el Frente madrileño de la Ciudad Universitaria. Su deceso parece que ocurrió en extrañas circunstancias y fueron muchos los camaradas que manifestaron sus recelos hacia los comunistas. Para entonces, no era ningún secreto que ellos despreciaban abiertamente el potencial militar de las milicias anarquistas, de las que decían, era preciso quedasen disueltas y se integrasen en las Brigadas del Ejército Regular.

 Más adelante, a mediados del mes de diciembre de 1936, y para cumplir con las obligaciones de propaganda, me apresté a escribir un reportaje sobre los hospitales de sangre que se habían creado en Poleñino y Grañén. Ambos centros contaban con 36 camas y se instalaron por iniciativa de los brigadistas sanitarios ingleses.

 En la crónica y fotos que envié a “El Voluntario de la Libertad”, hice especial referencia, por excepcional, a la presencia de una mujer en el frente: la enfermera australiana Agnes Hodson, que se incorporó al hospital de Grañén, a una milla de Huesca, a finales de diciembre.

 Su valor debía servir de ejemplo para las mujeres de la República en la retaguardia. Durante los primeros días del mes de enero de 1937, anduve entre las localidades de Pina, Gelsa y Velilla de Ebro, localidad, esta última, donde unos ancianos me relataron una curiosa leyenda según la cual, en tiempos pasados, las campanas de la iglesia del pueblo tañían solas, anunciando de este modo, terribles presagios.

 A principios del mes de febrero, el general Lukasz me ordenó trasladarme al territorio comprendido entre Azaila, Lécera, La Puebla, Híjar, y Alcañiz, con la finalidad de hacer un reportaje sobre la “Columna Ortiz”, que cubría esa extensa zona de la provincia de Teruel.

 La unidad, con cerca de 5.000 milicianos, estaba bajo el mando de Antonio Ortiz Ramírez y en ella estaban encuadrados 150 brigadistas extranjeros, la mayoría de ellos, franceses. Un día acompañé a un pelotón de milicianos que hacían guardia sobre un pequeño cabezo, muy cerca del pueblo de Azaila. Para mi sorpresa, vi que nuestro puesto estaba instalado sobre un yacimiento arqueológico de época ibérica. Uno de los milicianos, que era de Azaila, me dijo que, según le habían contado, tenía casi 2.000 años de antigüedad, y que hacía diez años, había sido excavado por un marqués, encontrando muchos tesoros. “¡Fíjate: un marqués!”. Así que, a modo de desagravio de la memoria de aquellos iberos, los milicianos comenzaron a grabar en una gran losa de piedra, en letras destacadas, las siglas de la CNT y la FAI. Y yo me uní a ellos. Quizás algún día, los arqueólogos de una España libre de fascistas se interesen por los camaradas que dejamos allí huella de nuestra lucha por la libertad.

 A principios de marzo, mis funciones como periodista y censor
de Correos me llevaron hasta Alcorisa primero y Montalbán después, para hacer un reportaje sobre la “División Maciá-Companys”, que estaba operando allí. En esta localidad supimos que la columna Durruti pasaba a convertirse en la 26 División.

 Estaba claro que los comunistas estaban consiguiendo su propósito de eliminarnos a los anarquistas como fuerza militar y supeditarnos a sus órdenes. De hecho, como censor, hube de romper, para evitar males mayores, una carta que un miliciano de Alcañiz dirigía a su esposa en Valencia y en la que le decía: “¿Te has parado a pensar lo que el Fascismo supone?: hambre, miseria, desolación. Lo mismo que el Comunismo”.

 A comienzos de abril, fui llamado de nuevo al Frente de Huesca, integrándome, por necesidades del servicio, en la Compañía de Ametralladoras de Grañén que iba a ser trasladada a las trincheras de la Sierra de Alcubierre. Nuestro objetivo era la conquista de Huesca, cuyo asedio habíamos emprendido a mediados del mes de febrero. Cierto día, estando en la posición que llamaban “La granja”, muy cerca de Huesca, me dijeron que había un brigadista inglés que era escritor y periodista. Creí de interés conocerle. Se llamaba Orwell y, al igual que yo, pensaba que los comunistas intentaban acabar con el POUM y los anarquistas.

 Desgraciadamente, el tiempo le iba a dar la razón y durante la primera semana del mes de mayo, estando de permiso en Barcelona, fui testigo de una auténtica guerra civil en las calles de la capital, cuyo resultado fue el fin del partido trotskista creado por Nin. Yo mismo fui fichado, interrogado y espiado por la policía hasta que, a comienzos del mes de junio, se me ordenó el regreso al Frente de Aragón.

 En Bujaraloz, una orden firmada por el general Lukasz me apartaba de mis responsabilidades como periodista y censor de Correos. Mis nuevos cometidos iban a ser los de patrullar, montar guardia, y cavar trincheras en primera línea. Para entonces, se rumoreaba que íbamos a empezar una ofensiva sobre Belchite, con el fin de atraer hasta allí a parte de las tropas rebeldes del Frente Norte.

 Previamente al ataque, los comunistas disolvieron, el 10 de agosto, el Consejo de Defensa de Aragón, situándonos a los anarquistas como carne de cañón para el combate. Hoy, 11 de septiembre de 1937, estando en Caspe, un camarada suizo me ha informado de que un comisario de las Brigadas de su país, Otto Bruner, me estaba buscando bajo la acusación de espionaje y sublevación por los sucesos de Barcelona.

 Al estar en posiciones de avanzada, he podido evadirme sin dificultad. He caminado toda la noche hasta llegar a esta casa destruida y abandonada, donde he decidido esconder mi diario. Quizás un día pueda volver a recogerlo a una España unida al resto de las democracias mundiales, por la que tantos hemos luchado, desde las trincheras de la libertad.

– Me desperté de repente. Me había quedado dormido y contemplé, estremecido, cómo ardían los últimos restos de las tapas de plástico de aquel diario que, en mi somnolencia, tras leerlo con pasión, se me había escurrido de entre los dedos y caído sobre las llamas. Pero su contenido permanece íntegro en mi memoria, tal y como lo acabo de relatar. Y aún hoy, muy a menudo, me pregunto sobre el brigadista Svejk y el misterioso destino que le pudo acontecer.
  (*) Este cuento fue publicado en un libro coral de relatos por la Asociación de la Prensa de Aragón, en 2011.

miércoles, 6 de julio de 2016

La ciudadanía se expresa individual y no colectivamente mediante el sufragio. La ciudadanía es un conjunto de personas y no una muchedumbre de gente


Luis Negro Marco / Historiador y periodista

Hace ya algunos años, y ambientado en la no tan lejana España de 1978 que tan bien dibujó la novela de Miguel Delibes, El disputado voto del señor Cayo,  un anuncio televisivo de un todoterreno recreaba una sugerente historia: un aventurero recalaba con su cuatro por cuatro en un recóndito pueblo español, apartado de la civilización. Allí, un anciano, el último habitante de aquel fantasmagórico pueblo abandonado, obsequiaba a su inesperado y hambriento visitante con  un plato de garbanzos que acababa de cocinar. Mientras el  silencioso viajero engullía,  más que comía, en silencio las legumbres, el anciano (que hacía años que no había visto a nadie por allí) educadamente, trataba de entablar comunicación, preguntando a su huésped: ¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Copa, no?

 Imaginemos ahora que una persona de nuestro país, deba viajar en estos días a algún lugar lejano y apartado, en la selva Amazónica, pongamos por caso, llevando en su mente las noticias acaecidas durante los seis últimos meses en España. Es muy posible que a su regreso, al cabo de unos años  hiciese a sus familiares y amigos una similar pregunta: ¿Y en España qué, otra vez elecciones generales, no?

 Y es que el panorama político español, con convocatorias de elecciones sucesivas sin que nada cambie,  se parece cada vez más al día de la marmota,  y al déjà vu de la película Matrix,  en el que un mismo gato aparece por dos veces subiendo las mismas escaleras, síntoma indicativo de que las máquinas que programaban la virtual vida de los humanos, estaban reseteando el sistema. Y parece que con las elecciones legislativas en España está ocurriendo algo similar.

 La ciudadanía se ha expresado democráticamente por dos veces, en el transcurso de seis meses, a través de las urnas con resultados distintos, en cuanto a la mayor diferencia de votos y escaños que consigue, por segunda vez, el partido más votado. Pero la posición del resto de líderes de los partidos políticos, sigue siendo exactamente la misma. Parece como si la máxima que Giuseppe de Lampedusa expresó en 1958 en su novela El Gatopardo, les estuviera sirviendo de guión: Es preciso que todo cambie para que todo siga igual.

 El ombligocentrismo que están demostrando los líderes de los principales partidos políticos españoles, les está alejando de la grave realidad económica, sanitaria, educativa, y social por la que atraviesa actualmente España, a la que se añade la crisis humanitaria de los refugiados de las guerras en Siria, Irak y Afganistán, y los movimientos migratorios del norte de África, cuyos muertos se cuentan cada año por miles, y por millones los refugiados. Se trata de la mayor crisis humanitaria desde la II Guerra mundial, y está ocurriendo aquí, a las puertas de Europa.

 Y es precisamente en momentos de graves crisis como éstas, cuando más precisos son en las naciones los gobiernos sólidos, capaces de dar respuestas eficaces a los problemas. Gobiernos surgidos de la capacidad de diálogo, que por el mero hecho de serlos –como a los militares el valor– se les presupone, a los políticos. Y la incapacidad de haber formado un Gobierno en España durante los últimos meses,  no manifiesta sino la incapacidad que han demostrado los políticos en el desempeño de la responsabilidad que les ha sido delegada por la ciudadanía a través de sus votos, para la negociación; y a través de ella posibilitar la elección en el Parlamento de un gobierno que exprese la voluntad popular.

Por supuesto que es preciso un cambio en España que haga posible la armonización de la política y las leyes del país a la nueva realidad nacional e internacional, desde el profundo respeto a la Constitución. Un cambio en suma que permita adaptarnos, desde la solidaridad, y sin traumas, a los nuevos escenarios que se nos presentan. Un cambio, en suma, que comienza por supuesto, con que los partidos políticos (los viejos y los que a sí mismo se denominan nueva política) sepan dejar atrás el liderazgo personal y sus caducas estructuras de funcionamiento interno, por las que siguen anclados en el pasado y desconectados por completo de los problemas y necesidades reales de la ciudadanía española. 

domingo, 3 de julio de 2016

Agustín Nze Nfumu reflexiona sobre la grandeza de ser, simplemente, humanos



                            Artículo recomendado
             La Gaceta de Guinea Ecuatorial
                                             http://www.lagacetadeguinea.com/

           Alguien dijo, alguien interpretó
                                             http://www.lagacetadeguinea.com/#!Cosas-que-me-ocurren/cour/5770492d0cf231749dc71289

Agustin NZE NFUMU
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por AGUSTÍN NZE NFUMU
* Presidente del Consejo de Administración de La 
   Gaceta de Guinea Ecuatorial
* Senador y Portavoz del Senado de Guinea Ecuatorial
* Presidente de la Academia Guineoecuatoriana de la 
   Lengua Española (AEGLE)
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 Acababa de bajar de Añisok donde había pasado algo más de 16 días participando en la campaña electoral para las presidenciales de 2016 a favor del candidato del PDGE en la mismas y me encontraba en Bata en la casa que tengo en el barrio de MkolombngMba Nguema” cuando recibí una llamada telefónica de uno de mis incondicionales amigos de toda la vida, al que llamo “Djeba-Djeba” (los que nos conocen saben perfectamente de quién hablo).

Este artículo pertenece a la edición de
 junio de la revista mensual "La Gaceta
de Guinea Ecuatorial
"
 Cuando respondí a la llamada, primero tropezaron  mis oídos con una carcajada torrencial procedente del otro lado de las ondas (que no cable, porque ya saben ustedes que los teléfonos móviles no usan cables sino ondas). “Djeba-Djeba” estuvo como dos minutos carcajeando desesperadamente, como tiene por costumbre cuando se burla de alguien o algo. Después de los interminables 120 segundos y en su lenguaje entrecortado por la risa me contó:  –Estoy en el bar de “Mahá”, aquí en la ciudad de Niefang, descansando del ajetreo de la campaña, y tomando con los compañeros alguna copita. En eso han entrado dos jovencitos que, dirigiéndose a la barra, le pidieron a la camarera que les sirviera dos nze nfumu –se rió más fuerte antes de continuar. Primero les presté mucha atención, pensando que era una bromita, o que fuera aquello de creer haber escuchado algo que, en realidad, no se ha dicho. Cuando la chica repitió lo de nze nfumu, diciendo lo que costaba uno, y sacando dos latas de cerveza “San Miguel” extra largo y de color blanco de la nevera, no pude contenerme, y les increpé, preguntándoles de qué iba  aquello de utilizar el nombre de una persona para pedir una cerveza o cualquier bebida.

 Tanto la camarera como los propios jóvenes, me hicieron saber que se sentían sorprendidos de que siendo él mi amigo, no supiera que no solo en Niefang, sino en todo el país, ese es el nombre que el pueblo había puesto a esa nueva lata de cerveza “San Miguel”, pues a diferencia de las ya familiares que son doradas más o menos, en sus versiones pequeñas, a las que llaman E.T. y la más larga, conocida por Coaster, a ésta, por su cuerpo revestido de una pintura blanca, se le puso lo de nze nfumu.

 No supe si enfadar, o si romper a reír a carcajada limpia y suelta, pero tomé la determinación de cogerlo por el lado menos dañino –y eso fue instantáneo– para así digerirlo sin riesgo de empacho, es decir, reconocer y respetar al pueblo su derecho a “cebarse” en sus personajes públicos y en cierto modo, vengarse de ellos de la manera más sutil posible, despachándose a su gusto y poniéndoles nombres y apodos y “alias” que les hagan sentirse a su manera, “más fuertes” que ellos.

El ingenio popular de los guineoecuatorianos
ha dado en otorgar el nombre de nze nfumu
(el mismo que el de los apellidos del autor de
este artículo: Agustín Nze Nfumu) a la  nueva
lata blanca de la cerveza
"San Miguel". El
porqué de tan divertida y cariñosa expresión
de afecto popular hacia el autor, lo encontrará
el lector leyendo este simpático artículo.
Cuando supe después que lo de mi nuevo “tocayo” era ya de dominio y trato generalizado en todo lo ancho y largo de nuestra querida y coqueta Guinea GUINEA ECUATORIAL, decidí pues no decepcionar al pueblo, a esta sociedad sencilla, cuyas intenciones eran únicamente el deseo de convencerse de que pueden tener a su merced, ponerle nombrecitos, beberse y comentar sobre una de esas personas a las que creen distantes, inasequibles. Una manera de hacerle sentirse “dueño de la identidad” de ese al que cree no poder tener acceso fácil.
 Debo, mientras tanto, explicar a quienes no lo entiendan, que lo de nze nfumu intuyo que se debe al hecho de que el nuevo diseño de las latas de esa marca de cerveza (San Miguel) y por razón de publicidad y marketing, los distribuidores han querido que sea de color blanco-marfil, para resaltar mejor las letras, un tanto rojizas y verdes, que reflejan el nombre comercial de la misma y otras pequeñas letras de varios colores, descriptivas de todos los demás detalles.

 Yo, por mis apellidos fang, soy Nze (leopardo) y Nfumu, de “Nfum” –blanco– que se convierte en Nfumu cuando hace referencia a un ser humano. Soy muchas veces tratado de Nfum - Nze (Leopardo Blanco) por mis amigos y familiares, a veces también por aquellos que no son ni tan amigos ni tan familia.

 En la sociedad de nuestro país es verdad que hay bastantes personas que me conocen, no solo por el hecho de los cargos y puestos ostentados en la administración política sino también por mi cercanía, mi particular empatía con el alumno, el obrero con quien se cruza uno todos los días en la calle camino del trabajo. Y esta circunstancia es quizás la que haya hecho posible que ese hombre sencillo, esa persona de todos los días, en un gesto para acercarse más a “ese al que solo se ve en la televisión”, y no con ninguna otra intención, o pensamientos torcidos, tuviera la ingeniosa manera de acercarse a mí.


las más grandes lecciones 
se aprenden de las más sencillas 
reflexiones
Encuentro incluso algo de cariño en ese gesto de soberanía del pueblo que ha querido demostrar con ello que nosotros, los políticos, los que tenemos un nombre en la sociedad porque el pueblo lo quiere y lo decide, somos un poco sus instrumentos de ejercicios del “yo te veo y te concibo como a mí me conviene”. El pueblo adopta a un político cuando le vota, cuando por su consentimiento, éste accede a un puesto y a una responsabilidad. Es lógico que, en su arranque de orgullo, y de reivindicación de este poder que, libre y honradamente, cede con su voto, quiera él sentirse también en la libertad de designar y manejar los nombres de esos políticos a la manera que le hagan sentirse un poco más “dueño” de ellos, en su plan de “es la manera de sentirme en cierto modo, alguien que puede llamar como mejor le plazca a esta persona que por mí y para mí actúa y trabaja”.

 En todas las sociedades siempre se han puesto apodos, motes, etc; la mayor parte de ellos cariñosos, que de ninguna manera traducen aversión, desprecio u odio sino todo lo contrario. Desde luego, no excluye eso que pueda haber nombres puestos a personas para recordar el rechazo que su sus figuras suscitan en la sociedad. Por eso, a todos los que de mi homónimo nze nfumu con la blanca lata de San Miguel puedan querer encontrar afrenta, ofensa o insulto, yo les contesto que lo torcido estará solamente en sus mentes, lo mezquino solo germinará en sus elucubraciones y el veneno solo estará en la cavernícola tergiversación que algunas mentes suelen hacer de lo más anodino, de lo que, incluso, solo obedece a un deseo de acercar a las personas, a hacer asequibles a algunas personas a las que se creen lejanas.

 Me divirtió mucho la siguiente reflexión que se atribuye al presidente Mugabe (no sé si la pronunció o no) sobre el racismo. Una secuencia muy divertida que le lleva, a partir de lo que mentes torcidas acuñan como credo, para desembocar en el desprecio más profundo que se siente por los que así piensan. Léanlo y reflexionen, porque no tiene desperdicio, y sobre todo, porque me llegó de personas muy entrañables, mis antiguos compañeros del Centro Laboral La Salle, participantes del foro “Lasalianos”, que tenemos en whatsapp (va por ti, mayor Jum 1).
Somos todos, nada más y nada menos,  que humanos  que viven en paz y concordia, dentro de los normales altibajos que impone el hacer camino cada día.

 Se dice que Mugabe dijo: “El racismo nunca acabará mientras los coches blancos usen neumáticos negros: El racismo nunca acabará mientras la gente siga usando el negro para simbolizar lo malo y el blanco para la paz; El racismo nunca acabará mientras la gente siga usando prendas blancas para las bodas y negras para los funerales; el racismo nunca acabará mientras que aquellos que se niegan a pagar los impuestos son catalogados en lostas negras yy no blancas; incluso hasta jugando al billar, no ganas hasta que no metas la bola negra, y curiosamente, la bola blanca se queda sobre la mesa”. Pero la lección de orgullo y dignidad la da supuestamente Mugabe cuando concluye: “Pero no me importa siempre y cuando siga utilizando papel higiénico blanco para limpiarme mi negro “c”, estoy bien”.


 Así que las más grandes lecciones se aprenden de las más sencillas reflexiones. Nze Nfumu personanze nfumulata de cerveza… cuestión de simple matiz. Nada que ver ni con la realidad ni con el desprecio y el insulto… Solo con la sociedad que puede permitirse esas libertades y gracias, porque en la sociedad todos somos humanos, simplemente humanos… ¡Nada menos que humanos! Humanos que viven en paz y concordia, dentro de los normales altibajos que impone el hacer camino cada día.

sábado, 2 de julio de 2016

Libro sobre "El Vietnam" vivido por los soldados rusos en Afgnanistán (1979-1989), según la escritora Svetlana Alexiévich

  Los muchachos de zinc  

Las traumáticas vivencias de los jóvenes soldados rusos durante la guerra de Afganistán, narradas por la premio Nóbel de Literatura Svetlana Alexiévich



Svetlana Alexiévich
Los muchachos de zinc
Editorial Debate, 329 páginas.-
Barcelona, 2016




En 1979, a comienzos de la  que habría de ser la última década de la Guerra Fría, el gobierno soviético, entonces bajo el mando de un decrépito Brezhnev, decidió la invasión militar de Afganistán con el fin de afianzar un gobierno comunista en el estratégico país asiático, favorable a su economía y estrategias políticas.

 La guerra soviética en Afganistán dio comienzo en diciembre de 1979 y se prolongó por espacio de poco más de nueve años, hasta su finalización, en febrero de 1989. En aquel transcurso de tiempo la entonces Unión Soviética desplazó un millón de soldados, llegando a haber hasta medio millón en un mismo momento. El total de pérdidas humanas por parte del ejército ruso ascendió a la cifra oficial de 15.051 muertos, además de otros 417 soldados que desaparecieron en combate o fueron hechos prisioneros. Por otro lado, el número de heridos y los que quedaron con secuelas psíquicas de por vida, fue muy superior al de muertos.

 Al poco de finalizada aquella guerra, la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich (1948)
Portada del libro Los muchahos de zinc, publicado 
en españa por EDITORIAL DEBATE; de la escritora
bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de
de Literatura  en 2015.
entrevistó a un nutrido grupo de oficiales y jóvenes soldados rusos (hombres y mujeres) que intervinieron en ella, así como a sus madres. Su testimonio resulta un relato estremecedor de vidas rotas por la violencia, el sufrimiento y la muerte de seres queridos. Decenas de miles de madres que jamás volvieron a ver a sus hijos sino un pesado sarcófago sellado de madera  recubierto por otro de zinc. Y miles de madres que vieron cómo sus hijos de poco más de veinte años, regresaban mutilados, o convertidos en la sombra de lo que un día fueron,  con  rostros inundados de tristeza y almas destrozadas.

  No es la primera vez que la premio Nóbel de Literatura en 2015, Svetlana Alexiévich, se adentra en las tenebrosas profundidades de la guerra; y ahí está su libro: La guerra no tiene rostro de mujer, ni en la destrucción que, conscientemente en el universo conocido,  sólo el ser humano es capaz de llevar a cabo, como bien mostró en Voces de Chernobil. Svetlana Alexiévich es una más que digna discípula de los grandes reporteros de guerra, como el ruso Vassili Grossmann, durante la Segunda guerra mundial, o la italiana Oriana Fallaci, en la guerra de Vietnam. Reporteros que no fueron meros cronistas de batallas, sino magistrales narradores del horror y del embrutecimiento de la personalidad que provocan todas las guerras.

 En 1988, durante el último año de la guerra soviética en Afganistán, la propaganda rusa insistía en que los soldados rusos eran “soldados internacionalistas” de la Perestroika de Gorbachov, pero lo cierto es que en el país asiático se estaba viviendo una inhumana y encarnizada lucha por ambas partes enfrentadas. Así, mientras los Estados Unidos del presidente Reagan proporcionaban un sofisticado armamento a la muyahidines afganos, estaban creando al mismo tiempo –y sin ser conscientes de ello–una radicalizada élite militar y religiosa en el país (amparada por los señores de la guerra), de las que se han nutrido en última instancia las organizaciones terroristas (los Talibán, y Al Qaeda) que siguen asolando el país.

Luis Negro Marco

En Los muchachos de zinc, la valentía de la autora estriba en que fue publicado el mismo año (1989) en el que se produjo la definitiva salida de las tropas soviéticas de Afganistán. Inmediatamente a la edición, algunos de los soldados y madres que habían aportado su testimonio, quizás presionados por las autoridades rusas, se detractaron de las afirmaciones que en su día habían hecho a la autora, e iniciaron procesos judiciales contra Svetlana Alexiévich. Todas las resoluciones resultaron favorables a la autora. Que la historia es cíclica queda ejemplificado en que lo mismo le ocurrió a George Orwell en Inglaterra, cuando publicó 1984, acusado de difamar la estructura del Estado, o a Salman Rushdie, condenado a muerte en Irán al ser acusado de burlarse del Islam en uno de sus libros.

Los muchachos de zinc no sólo es el relato de la guerra soviética en Afganistán, sino el paradigma del irreparable trauma que  causan todas las guerras. Este libro desentraña la terrible realidad de la guerra, que no finaliza con la firma de un tratado de paz por ambas partes en la mesa de un frío despacho,  sino que continúa, con más dureza si cabe que en el fragor de los combates, en la cotidiana vida diaria de quienes fueron actores del horror, de los mutilados y  de sus humildes familias. Aquellas que perdieron a sus hijos, y las que los reencontraron por completo ajenos a su vida anterior, ahora sentados –aparentemente de manera plácida ante el televisor– pero escuchando el constante y aterrador silencio de las explosiones en sus oídos, así como la imagen de la muerte revolviéndose para siempre entre sus pensamientos.