miércoles, 6 de julio de 2016

La ciudadanía se expresa individual y no colectivamente mediante el sufragio. La ciudadanía es un conjunto de personas y no una muchedumbre de gente


Luis Negro Marco / Historiador y periodista

Hace ya algunos años, y ambientado en la no tan lejana España de 1978 que tan bien dibujó la novela de Miguel Delibes, El disputado voto del señor Cayo,  un anuncio televisivo de un todoterreno recreaba una sugerente historia: un aventurero recalaba con su cuatro por cuatro en un recóndito pueblo español, apartado de la civilización. Allí, un anciano, el último habitante de aquel fantasmagórico pueblo abandonado, obsequiaba a su inesperado y hambriento visitante con  un plato de garbanzos que acababa de cocinar. Mientras el  silencioso viajero engullía,  más que comía, en silencio las legumbres, el anciano (que hacía años que no había visto a nadie por allí) educadamente, trataba de entablar comunicación, preguntando a su huésped: ¿Y el Madrid qué, otra vez campeón de Copa, no?

 Imaginemos ahora que una persona de nuestro país, deba viajar en estos días a algún lugar lejano y apartado, en la selva Amazónica, pongamos por caso, llevando en su mente las noticias acaecidas durante los seis últimos meses en España. Es muy posible que a su regreso, al cabo de unos años  hiciese a sus familiares y amigos una similar pregunta: ¿Y en España qué, otra vez elecciones generales, no?

 Y es que el panorama político español, con convocatorias de elecciones sucesivas sin que nada cambie,  se parece cada vez más al día de la marmota,  y al déjà vu de la película Matrix,  en el que un mismo gato aparece por dos veces subiendo las mismas escaleras, síntoma indicativo de que las máquinas que programaban la virtual vida de los humanos, estaban reseteando el sistema. Y parece que con las elecciones legislativas en España está ocurriendo algo similar.

 La ciudadanía se ha expresado democráticamente por dos veces, en el transcurso de seis meses, a través de las urnas con resultados distintos, en cuanto a la mayor diferencia de votos y escaños que consigue, por segunda vez, el partido más votado. Pero la posición del resto de líderes de los partidos políticos, sigue siendo exactamente la misma. Parece como si la máxima que Giuseppe de Lampedusa expresó en 1958 en su novela El Gatopardo, les estuviera sirviendo de guión: Es preciso que todo cambie para que todo siga igual.

 El ombligocentrismo que están demostrando los líderes de los principales partidos políticos españoles, les está alejando de la grave realidad económica, sanitaria, educativa, y social por la que atraviesa actualmente España, a la que se añade la crisis humanitaria de los refugiados de las guerras en Siria, Irak y Afganistán, y los movimientos migratorios del norte de África, cuyos muertos se cuentan cada año por miles, y por millones los refugiados. Se trata de la mayor crisis humanitaria desde la II Guerra mundial, y está ocurriendo aquí, a las puertas de Europa.

 Y es precisamente en momentos de graves crisis como éstas, cuando más precisos son en las naciones los gobiernos sólidos, capaces de dar respuestas eficaces a los problemas. Gobiernos surgidos de la capacidad de diálogo, que por el mero hecho de serlos –como a los militares el valor– se les presupone, a los políticos. Y la incapacidad de haber formado un Gobierno en España durante los últimos meses,  no manifiesta sino la incapacidad que han demostrado los políticos en el desempeño de la responsabilidad que les ha sido delegada por la ciudadanía a través de sus votos, para la negociación; y a través de ella posibilitar la elección en el Parlamento de un gobierno que exprese la voluntad popular.

Por supuesto que es preciso un cambio en España que haga posible la armonización de la política y las leyes del país a la nueva realidad nacional e internacional, desde el profundo respeto a la Constitución. Un cambio en suma que permita adaptarnos, desde la solidaridad, y sin traumas, a los nuevos escenarios que se nos presentan. Un cambio, en suma, que comienza por supuesto, con que los partidos políticos (los viejos y los que a sí mismo se denominan nueva política) sepan dejar atrás el liderazgo personal y sus caducas estructuras de funcionamiento interno, por las que siguen anclados en el pasado y desconectados por completo de los problemas y necesidades reales de la ciudadanía española. 

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