miércoles, 28 de marzo de 2018

Celebrado un Congreso Internacional de Historia en Valladolid, conmemorativo del V Centenario de la primera vuelta al Mundo (1518-1522)

http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/escenarios/valladolid-conmemora-primera-vuelta-mundo_1272073.html
España, protagonista de la primer

globalización


Organizado por el Ministerio de Defensa, en colaboración con el Ministerio de Educación y la Junta de Castilla y León, Valladolid acogió (entre el 20 y el 22 de marzo), un Congreso Internacional de Historia, para conmemorar el V centenario de la “Expedición Magallanes-Elcano”, en la que se materializó la primera circunnavegación del globo

Luis Negro Marco / Santiago

 El congreso, denominado “Primus Circumdedisti me (Fuiste el primero que la vuelta me diste), ha sido organizado por el Ministerio de Defensa –en colaboración con el Ministerio de Educación, y la Junta de Castilla y León– constituyendo el primero de los eventos programados para 2018, dentro de los actos conmemorativos del V Centenario de la expedición que dio la primera vuelta al mundo.

 Las jornadas se celebraron entre los días 20 y 22 de marzo, en Valladolid. Ciudad elegida por haber sido en ella donde, el 22 de marzo de 1518, fueron firmadas las «Capitulaciones» ante el emperador del Sacro Imperio Romano Carlos V (Carlos  I de España), por el navegante portugués –al servicio de la Corona española– Francisco de Magallanes. Unos acuerdos que supusieron la formalización de la expedición hacia las islas de la Especiería, y que habría de culminar con la gesta de completar la primera vuelta al mundo, protagonizada por el marino español, natural de Guetaria, Juan Sebastián Elcano.

 Los cinco barcos de la expedición (naves Trinidad, San Antonio, Concepción, Santiago y Victoria), zarparon el 10 de agosto de 1519 desde Sevilla, capitaneados por el portugués Fernando de Magallanes, seguro de descubrir una ruta occidental hacia la Especiería; término con el que en el siglo XVI se denominaba al archipiélago de las Molucas (en Indonesia), que españoles y portugueses rivalizaban por controlar, dado que en ellas crecían y se cultivaban las especias, muy preciadas y necesarias entonces para la alimentación en Europa.

Detalle de un mapa de 1590 representando la nao Victoria, en
 la que Elcano completó la primera vuelta al mundo, en 1522
El 17 de abril de 1521, cuando la expedición se encaminaba hacia su segundo año de travesía, Magallanes cayó en combate, luchando contra los isleños de la isla filipina de Mactán, cuando una flecha envenenada le atravesó una pierna. Ante la pérdida de su capitán, los expedicionarios quedaron indecisos sobre cómo habrían de actuar (intentar volver a España o desistir del intento), aunque finalmente continuaron su empresa,
gracias al arrojo, valor, destreza marinera y visión de Juan Sebastián Elcano, que estuvo de regreso en Sevilla el día 6 de septiembre de 1522, a bordo de la nao Victoria, la única de las cinco que completaría la vuelta al mundo.

 El Congreso ha estado dirigido por el el profesor Carlos Martínez Shaw (Sevilla, 1945), miembro de la “Real Academia de la Historia”, y cuenta con la presencia de historiadores de 21 países, expertos todos ellos de reconocido prestigio sobre la navegación en el siglo XVI, el descubrimiento del paso al Océano Pacífico, y los avances en la exploración y el comercio durante la Edad Moderna.

 Finalmente, como colofón a este seminario, el 22 de marzo tuvo lugar un acto solemne en Valladolid, presidido por el rey Felipe VI, con el que se conmemoró el V centenario de la firma de las Capitulaciones de Valladolid tenidas entre el Rey Carlos I y el navegante  portugués Fernando de Magallanes

lunes, 5 de marzo de 2018

La Cincomarzada de Zaragoza, 180 años después

                    (Este artículo fue publicado en "El Periódico de Aragón" el 5 de marzo de 2018)
El día de la victoria

Luis Negro Marco 

    Aquel lunes, 5 de marzo de 1838, los primeros rayos de sol habían acariciado los tejados de Zaragoza a las seis y cuarto de la mañana. El santoral del calendario indicaba que era la festividad de San Eusebio papa y cristianos mártires. Hacía apenas una semana, el 27 de febrero, la capital aragonesa había vivido con alegría el martes de Carnaval, que en Madrid se había celebrado con suntuosos bailes de máscaras, en salones y calles de la ciudad.

 El 5 de marzo de 1838, el «Diario de Madrid» anunciaba en su sección de “Diversiones púbicas, que en el Teatro del Príncipe de la capital de España se volvería a poner en escena «Los amantes de Teruel», el afamado drama de Juan Eugenio Hartzenbusch. También se podían leer, en las hojas del día, noticias anunciando la venta de bienes desamortizados a la Iglesia, los cuales lejos de revertir en beneficio del estado llano, habían supuesto un balón de oxígeno para la nobleza, los caciques y la burguesía más anquilosada. Parecería, incluso, que aquel desastre desamortizador hubiera sido la principal fuente de inspiración para al escritor siciliano Tomás de Lampedusa, a la hora de escribir, más de un siglo después, «Il Gattopardo», novela en que insertó la célebre máxima definitoria de siglos de historia: “Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”.


"En aquel frustrado asalto resultaron muertos en torno a 300 soldados carlistas, y varios defensores de la ciudad, incluido el general Juan Bautista Esteller..."
Aquel 5 de marzo de 1838, Madrid parecía la más romántica y bucólica de las capitales de Europa. Y ello, a pesar de que apenas seis meses atrás (el 12 de septiembre de 1837, merced a la contundente victoria que los carlistas obtuvieron el 24 de agosto anterior en Villar de los Navarros), el Pretendiente Don Carlos había llegado con sus tropas a las mismas puertas de la ciudad, y a punto había estado de derrocar a su sobrina, la reina Isabel II, y de proclamarse rey. Porque en aquel 5 de marzo de 1838, España vivía inmersa en el sexto año consecutivo de una cruenta guerra civil (la I Guerra Carlista) que a su finalización –no fue hasta el 6 de julio de 1840, cuando el general carlista Ramón Cabrera depuso las armas en el Maestrazgo y Cataluña, y se exilió en Francia–, dejó no menos de 300.000 muertos y casi el doble número de heridos.

 El motivo de aquella terrible guerra fue la disputa suscitada por la sucesión al trono de España. Por un lado se posicionaron los defensores de la legalidad sucesoria vigente en España a la muerte del rey Fernando VII (acaecida el 29 de septiembre de 1833). Legalidad representada por su hermano, Carlos María Isidro de Borbón (Carlos V), cuyos partidarios recibieron el nombre –por el suyo– de carlistas. Y frente a ellos, quienes proclamaron reina (con el nombre de Isabel II)  a la  hija del difunto rey, en cuya minoría de edad ejerció las responsabilidades del trono, en calidad de regente, su madre María Cristina. De ahí que sus partidarios recibieran los nombres, indistintamente, de isabelinos o cristinos.
       Escudo real carlista

Y fue en aquel contexto de guerra fratricida, en el que las tropas carlistas aragonesas, comandadas por el brigadier Cabañero, (aragonés, de la localidad turolense de Urrea de Gaén), intentaron la conquista de Zaragoza en la madrugada del 5 de marzo de 1838. En aquel frustrado asalto resultaron muertos en torno a 300 soldados carlistas, y varios defensores de la ciudad, incluido el general Juan Bautista Esteller. Cabo de guardia el 5 de marzo, Esteller fue asesinado al día siguiente en Zaragoza, en la plaza de la Constitución –al pie de la placa que honraba la que había sido promulgada en 1837–, por  una multitud enfurecida, que le acusaba (era falso) de haber sido cómplice de los carlistas en su fallida acción.

 Zaragoza recibió por su victoria la inmediata felicitación del general Espartero (quien años después –el 3 de diciembre de 1842–, autoproclamado regente, en lugar de la regente María Cristina, ordenaría un terrible bombardeo contra Barcelona, ciudad de la que llegó a decir, “había que bombardear al menos una vez cada 50 años"), al tiempo que la reina gobernadora, María 
Cristina, otorgaba  a la ciudad el título de «Siempre heroica», y los laureles de la victoria, que aun a día de hoy adornan el escudo de Zaragoza.

 Este año, en que se cumple el redondo centésimo octogésimo aniversario de aquel episodio histórico, hubiera sido una buena oportunidad para tratar de encontrar una alternativa razonable a la fiesta de la Cincomarzada,  y estudiar si deberían permanecer el título y símbolo de la ciudad, a los que antes se hacían referencia, pues fueron otorgados sobre la sangre derramada de aragoneses. Pero, un año más, todo sigue igual.

 La fecha del 5 de marzo de 1838 para Zaragoza ocupa el privilegiado espacio de la Historia, y desde ese prisma historiográfico se debería abordar su estudio e investigación. Elevarla a la categoría de victoria de las libertades frente a la tiranía, sería peor que una posverdad histórica. Sería un error.

miércoles, 14 de febrero de 2018

San Valentín, la fuerza de la unión matrimonial

(Artículo publicado en El Periódico de Aragón el 14 de febrero de 2018)

Un corazón por San Valentín

Luis Negro Marco 

 Luperco, fue el nombre que los romanos dieron al dios de la naturaleza, al que los griegos llamaron Pan. Y las Lupercalia fueron las fiestas que, durante siglos, en su honor, se celebraron anualmente en Roma. Manifestaciones que tenían su punto álgido el día 15 de febrero, y estaban estrechamente relacionadas con la luz y el calor de la primavera próxima, la fertilidad y el renacimiento de la naturaleza. En aquel día, grupos de jóvenes, con un cinturón ceñido a la cintura, corrían por la ciudad zurrando a cuantos encontraban con correas de piel, al tiempo que las mujeres tendían las manos para que les pegaran en ellas, en la esperanza de no quedar estériles, o evitar los dolores del parto.

  Con la llegada del cristianismo, la tradición fue asimilada y transformada, de manera que  a finales del siglo V, el papa Gelasio I dedicó el 14 de febrero a San Valentín, muerto en Roma, bajo las persecuciones del emperador Claudio II, en el año 270. A partir de entonces, las Lupercalia se transmutaron en una apelación a la juventud cristiana para que sintiera la necesidad de consagrar su unión a través del sacramento del matrimonio, como garante de fortaleza (valens) y de un futuro de prosperidad y felicidad para ellos y su descendencia.

 La fiesta continuó celebrándose, y llegado el siglo XIV, el poeta inglés Geoffrey Chaucer (1343-1400) la mencionó en uno de sus versos: “Todas las aves buscan su pareja en el día de San Valentín. Igualmente, desde el siglo XVI –al menos– en naciones como Inglaterra, Italia y Francia, se celebraban las fiestas «Valentinas». Las mismas tenían lugar en la víspera y en el día de San Valentín, siendo sus protagonistas las parejas que habían contraído matrimonio en el año en curso, así como los jóvenes solteros de ambos sexos, que
recibían el nombre de «valentinas» y «valentines». Los ya casados realizaban un sorteo para formar las parejas de quienes aún seguían solteros. A partir de ese momento el joven contraía la obligación de obsequiar con regalos a su pareja y ser galante con ella. En caso contrario, llegado el domingo que marcaba el ecuador de la Cuaresma, la joven anulaba la relación, teniendo el derecho añadido de poder quemar un muñeco de paja, que evocaba la efigie del joven descortés, ante la puerta de su casa. A pesar de todo, muchos fueron los matrimonios que se materializaron gracias a esa costumbre ancestral que perduró hasta el siglo XIX.

 Asimismo, a lo largo de semanas, hasta Pascua, «valentinas» y «valentines» llevaban los nombres de sus parejas, escritos en un papel, colgados en el pecho, a la altura del corazón. De ahí la generalizada representación de esta imagen en la actualidad. Más tarde se popularizaron las tarjetas de felicitación por San Valentín, siendo la más antigua una del año 1400, conservada en el British Museum de Londres. Asimismo, ya en el siglo XIX, la avispada industria victoriana de Inglaterra supo transformar la festividad de San Valentín en un día comercial, y en 1861, el empresario chocolatero John Cadbury tuvo la feliz idea de fabricar bombones en forma de cupidos y rosas, colocándolos en artísticas cajas con apariencia de corazón. De este modo, una vez saboreados los dulces, el continente se convertía en un preciado cofre donde las parejas podían guardan sus románticas cartas de amor. Feliz día de San Valentín.

martes, 13 de febrero de 2018

Carnaval, entre las Lupercalia y las Terminalia romanas del mes de febrero

(Artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN el 10 de febrero de 2018)
Carnaval, de qué va
Luis Negro Marco
 

 Carnaval, tiempo de máscaras del que Momo, hijo de la Noche y del Sueño –según la mitología griega– es el rey. Personaje ocioso y satírico del que el jesuita aragonés Baltasar Gracián (1601-1658) dijo, en  «El Criticón», es como un “duendecillo, provocador de chismes y hablillas”, cuya definición nos retrotrae a las chirigotas de los carnavales de Cádiz.

 Y de Momo, deriva la palabra mamarracho, del árabe muharrad (bromista, bufón), con su forma momarrache (“gesto de burla y mofa”) y mamarracho (persona que viste de forma ridícula). Otros  personajes carnavalescos son los zarragones a los que Sebastián de Covarrubias (1539-1613) en su «Tesoro de la lengua castellana», definió como “moharraches o botargas que en tiempos de carnaval salen con mal talle, espantando a los que topan”.  Asimismo, según el diccionario de María Moliner, el término botarga vendría del nombre de un cómico italiano del siglo XVI, llamado Bottarga, vestido con viejos calzones. Así, entre otras de sus acepciones, la palabra botarga devino en “sinónimo de gracioso, o pelele que se usaba en las fiestas de toros”.

 Y a su vez, pelele refiere a una figura humana hecha de trozos de tela y paja que se sacaba antiguamente a la calle durante el carnaval, y cuya efímera existencia acababa con su quema, en la noche de martes de carnaval. A este pelele se le conoce en los carnavales de la localidad oscense de San Juan de Plan con el nombre de peirot. Palabra a su vez emparentada con la valenciana parot: un tipo de perchas en que los carpinteros colgaban sus abrigos y que, llegada la primavera (al poder prescindir ya de ellos), quemaban.

 En Aragón tenemos además la palabra peirón, la cruz de piedra situada al lado y en el cruce de los caminos, dedicada a la Virgen o a un santo. Elemento artístico muy similar a los padrãos con que los  navegantes portugueses marcaron, a los largo del siglo XV, los límites de las tierras por ellos descubiertas en la costa occidental de África. Así mientras peirones y padrãos son marcas de límites y normas, el carnaval las desmarca (de ahí la simbólica quema del meco o peirot) constituyendo su celebración una temporal –aunque necesaria– transgresión de lo cotidiano (para expiar males, culpas y defectos) antes de la vuelta a la normalidad.

 Curioso también es constatar la común raíz de las palabras padrão, peirot, peirón y Pierrot, éste último, el conocido personaje  carnavalesco de la comedia italiana del siglo XVI y que ha llegado hasta nosotros en diversas imágenes, incluida la del arlequín. No acaban ahí las coincidencias lingüísticas y de personajes carnavalescos, por cuanto Pierrot guarda a su vez gran  semejanza expresiva con parrot y perrot (con el significado de “loro” en inglés y francés, respectivamente) el ave que hace reír repitiendo frases de las que desconoce su significado. Igual que quien habla como un papagayo. Por eso, en la Francia del siglo XV, se empezó a llamar perruquets (loros) a los nobles con peluca. Y peliqueiros (por la que portan en sus cabezas), es también el nombre que reciben algunos de los principales personajes del carnaval en Galicia.   


 Contemplado en conjunto, el carnaval se erige como una genuina manifestación en que se evidencia la íntima relación existente entre el mundo de los signos y el de las relaciones humanas.

jueves, 8 de febrero de 2018

Isis, Santa Águeda, y la igualdad de la mujer



Luis Negro Marco 

  Históricamente, Santa Águeda, o Ágata, habría nacido en torno al año 230, en la ciudad siciliana de Catania (a los pies del Etna), en el seno de una familia noble y adinerada. Águeda tenía 21 años cuando el emperador romano Decio decretó la que fue séptima y más cruel persecución contra los cristianos. En Sicilia, el encargado de llevarla a cabo fue el procónsul Quinciano, quien nada más conocer a la joven se enamoró de ella por su belleza e inteligencia, pues Águeda había recibido una sólida educación en las artes expresivas de la dialéctica y la oratoria. Furioso por no ser correspondido, y por las ingeniosas y valientes respuestas de la joven («Yo no soy esclava, sino mujer libre desde el instante mismo de mi nacimiento»), Quinciano decidió entonces someterla al tormento, ordenando a los verdugos que le cortasen un seno.

 Momento en que, según la tradición, Águeda cubrió su pecho mutilado con un velo, al tiempo que  recriminaba a sus torturadores: («¿No os da vergüenza privar a una mujer de un órgano semejante al que vosotros, de niños, succionasteis reclinados en el regazo de vuestra madre?»). La hagiografía de Santa Águeda cuenta que esa noche se le apareció milagrosamente San Pedro en su celda, quien la sanó de sus heridas y le repuso el seno que sus torturadores le habían cercenado.

 Al comprobar el prodigio, un iracundo Quinciano ordenó entonces que fuese arrojada desnuda a un lecho de brasas incandescentes, y cuando la joven estaba a punto de morir
Ntupatedde (mujer con el rostro cubierto), en
las fiestas en honor a Santa Águeda, en la
ciudad siciliana de Catania, donde nació y
murió la santa (230-251).-
Foto: Milena Nicolasi
quemada, la ciudad fue sacudida por un fuerte seísmo que provocó la huida del procónsul. No obstante, la santa catanesa murió al día siguiente (5 de febrero del año 251 –de ahí que sea éste el día de su festividad cristiana–) siendo su cuerpo embalsamado y depositado en un sarcófago, instante en que –según la tradición– se apareció un ángel, quien en la cabecera de la santa puso una tabla de mármol con estas palabras:
«Alma santa y voluntaria víctima, honró a Dios y salvó a su patria». Una frase que pasó a ser impresa –siglos después– en las campanas de numerosas iglesias de España, testimonio de su generalizada devoción en nuestro país.

 No obstante lo anterior, es muy probable que el culto a Santa Águeda sea la cristianización de uno anterior a Isis, diosa del Antiguo Egipto. De hecho, desde la dominación griega de Sicilia, esa deidad había pasado a ser la protectora de la isla, considerada como «la buena diosa» (Agathé Daimón en griego, de donde en lengua siciliana, Águeda recibe el nombre de Ajtuzza). Por esta razón, la santa aparece con algunos de sus atributos, caso del velo, que cubría también el rostro de Isis acompañado de la leyenda: «Soy todo lo que es, lo que ha sido y lo que será, y ningún mortal ha levantado todavía mi velo», en referencia a la búsqueda incesante por la Humanidad de la salvación, es decir, la verdad.

 De este modo, tras la llegada del cristianismo, a Santa Águeda le fue transferida la  simbología de esta divinidad sagrada de Mediterráneo y todo lo que había significado a lo largo de los siglos: la equiparación del poder de las mujeres y de los hombres. De ahí el carácter de reivindicación femenina en el día de su  fiesta. Así, en Catania, ciudad natal de Ágata, cada 5 de febrero salían  a la calle las Ntuppatedde: mujeres casadas o solteras, con el rostro cubierto por un velo que les proporcionaba el anonimato y el poder necesario para seducir a los hombres, pedirles dinero y regalos, sacarlos a bailar y mofarse de ellos con sus chistes, sin que sus padres o maridos pudieran protestar. Una manifestación que entronca con otras de numerosos pueblos de España, donde en el día de Santa Águeda, las mujeres son las protagonistas absolutas de cuanto acontece.

 Asimismo, la celebración está relacionada con el preludio de la primavera, anunciado por el incremento de las horas de luz,  y por ende, con la maternidad (el 2 de febrero  es para los cristianos el día de la Candelaria, o purificación de la Virgen en el templo, fecha en que se cumplen los cuarenta días después de Navidad), y la lactancia de los niños. Los primeros de febrero son además, días en que las cigüeñas comienzan a surcar los cielos de Europa en su anual migración desde África. De ahí que tradicionalmente se haya asociado a estas aves (cuya llegada coincidía con la celebración de los ritos propiciatorios de la fertilidad) con el nacimiento de los niños.

 Por otro lado, los pechos cercenados de Santa Águeda, pasaron a convertirse en símbolo de vida, al dar con su muerte testimonio de la fe en Cristo, el Resucitado. Y a ella –como santa intercesora ante Dios– comenzaron a hacer ofrendas los fieles para procurar su mediación. De ahí el antiguo origen de los hoy tan populares  dulces de Santa Águeda, en forma de seno y pezones de guindas o mazapán, y los panes bendecidos, como ocurre en la localidad zaragozana de Escatrón.


 Además, al celebrarse su fiesta a comienzos del variable mes de febrero, a mitad del invierno, a Santa Águeda tradicionalmente se le confirió un poder predictivo y distribuidor, tal y como acontecía con el culto a Isis, diosa que otorgaba la fortuna para el resto del año, y la fertilidad en primavera. De manera que, al igual que el día de la marmota en los Estados Unidos (el día 2 de febrero), en España tenemos un refrán: «Si la candelaria llora, el invierno está fuera. Si la candelaria ríe, el invierno revive».

lunes, 29 de enero de 2018

Zaragoza, ciudad con secular tradición y renombre en la fabricación del roscón de San Blas y san Valero

Artículo publicado en EL PERIÓDICO DE ARAGÓN del día 29 de enero de 2018
Zaragoza, San Valero, y el roscón
 
Luis Negro Marco 
 Un escritor romántico del XIX, el francés Paul Gauzence, tras un viaje por España en 1846, dejó escrito sobre Zaragoza: “Fue la capital de un reino esforzado y animoso, célebre en Europa por sus fueros y privilegios”.  Plasmadas sus observaciones sobre las principales ciudades de España en un libro, el erudito informador recordaba a sus lectores galos que Zaragoza había emergido como ciudad bajo el consulado de Augusto, sobre los robustos cimientos de la ibérica Salduie. Prueba de la reciedumbre con que nació la ciudad, el emperador decidió enviar a ella, para que fueran sus primeros moradores, a los veteranos de cuatro de sus legiones, consagrándola para la posteridad con la majestad de su nombre: Cesarea Augusta. El César otorgó además a Zaragoza el título de Colonia immunis (exenta de impuestos de guerra), y mandó edificar en ella (además del foro, teatro, puerto fluvial y baños púbicos), sendos templos consagrados a las diosas Fortuna y Flora, y un circo, cuyas subterráneas ruinas aún no han sido descubiertas. Asimismo, y como ocurría en todas las ciudades romanas, el perímetro de la Zaragoza imperial pasó a estar rodeada por una formidable muralla, aún visible en distintos puntos de la ciudad, y protegida por fuertes instalados en sus cuatro puntos cardinales.

 Más tarde, a partir del siglo VII, en época visigoda, Zaragoza llegaría a ser conocida como la ciudad de “los Innumerables mártires”, en recuerdo a los 17 cristianos que habrían sufrido allí martirio –junto a San Lamberto y Santa Engracia– a comienzos del siglo IV. Habrían ocurrido aquellos trágicos sucesos durante el reinado del emperador Diocleciano, quien destinó a Zaragoza al prefecto Daciano, con el cometido de que llevara a cabo la persecución, de la que también fueron víctimas el obispo de Zaragoza, San Valero, y su diácono San Vicente. Ambos fueron conducidos hasta Valencia, donde el segundo fue martirizado hasta la muerte, y San Valero condenado al destierro, a un pueblo que no excediese de veinte casas.

 En 1615, un canónigo de La Seo, Martín Carrillo, escribía en su “Historia del glorioso San Valero, obispo de la ciudad de Zaragoza”, cómo aquel ilustre prelado, uno de los hombres más sabios de su tiempo, pasó por la localidad turolense de Castelnou, hasta llegar a su postrer lugar de destierro, una pequeña aldea que el autor llama Aneto de los Pirineos (posiblemente un lugar próximo a Barbastro), donde edificó una iglesia en honor a San Vicente, al saber de su martirio. “Y lo demás de la vida de San Valero fue ayuno. Hasta el 315, año en que murió”.

 En el año 1171, el rey Alfonso II pidió al obispo de Roda de Isábena, Guillén Pérez, que le donase las reliquias del cráneo de de San Valero, en cuya catedral –junto con otros de San Lorenzo– se veneraban. De este modo, además de un brazo del santo prelado aragonés (que ya había reclamado Alfonso I tras la conquista de la ciudad en  el año 1118), las reliquias de San Valero llegaron a Zaragoza. Dos siglos más tarde, otro ilustre pontífice zaragozano (nació en la localidad de Illueca, en el año 1328), el papa Benedicto XIII de Avignon –conocido como el papa Luna–, dispuso que se labrara para la catedral de La Seo de Zaragoza una obra de arte excepcional: un busto relicario, en piedras preciosas y plata, en el que actualmente se conservan las reliquias de San Valero, cuyo idealizado rostro quizás sea en realidad el de quien hizo su encargo,  Pedro Martínez de Luna.

 Fue así como San Valero devino en patrón de Zaragoza, cuya celebración (29 de enero) coincide con la del día de su muerte del año 315.  En cuanto a la vinculación de San Valero con el roscón (San Valero, rosconero, ventolero), ésta puede venir de muy antiguo –quizás incluso desde el siglo XII, pocos años después de reconquistada la ciudad a los musulmanes– Y estar vinculada, tanto al roscón de Reyes, como al roscón que también es costumbre degustar, el 3 de febrero, por San Blas. Y asimismo, es muy probable que esta tradición esté vinculada con las fiestas Saturnalias de la antigua Roma, en que el gustoso roscón emulaba ser una corona, la cual pasaría a ceñir la cabeza de quien encontrara el haba que el artesano pastelero había escondido en su interior. Por lo demás, está claro que el carácter de inversión de roles sociales, sátira y farsa que impregnaban las fiestas Saturnalia de Roma entroncan directamente con el Carnaval (gastronomía y repostería específicas incluidas), cuyas fechas de celebración  anticipa en algunas semanas la de San Valero.

 Por lo demás, hay que tener en cuenta que en siglos anteriores, la ciudad de Zaragoza fue la ciudad española con más prestigio y tradición en la fabricación rosconera. Así lo atestiguaba, ya en 1790, el «Diario de Madrid» que en su edición del 5 de agosto publicaba el siguiente anuncio: “Los roscones legítimos de San Blas de Zaragoza, se distinguen de los comunes en que el suelo del roscón de Zaragoza no lleva papel, pues tiene el suelo como el pan. Se venden a un real en esta villa en la tahona del Aragonés, maestro fabricante natural de la misma ciudad, donde ejerció con mucho crédito la fabricación de dicho género”. Asimismo, en 1830 el «Diario de Avisos de Madrid» seguía publicando anuncios de venta de los “verdaderos roscones de Zaragoza, de exquisita calidad, para tomar con chocolate”. Para aquel año el precio se había duplicado, llegando a los dos reales, y a real y medio “los roscones más chicos”.

 Quizás como la inclinada Torre Nueva, símbolo en otro tiempo de la ciudad, hasta su derribo en 1892, los roscones de Zaragoza también perdieron con los años su afamado nombre, diluido en la masa globalizada de la repostería española. Pero para los zaragozanos, cíclica y eternamente, San Valero, ventolero o no,  siempre será rosconero. 

jueves, 25 de enero de 2018

La Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela (APSC) ofrenda una corona fúnebre ante la imagen de San Francisco de Sales, en memoria de los medios desaparecidos, y la precariedad laboral en la profesión periodística



Imaxen de San Francisco de Sales na igrexa da Faculdade
de Xeografía e Historia da Universidade de Santiago de
Compostela (USC)
.-                Foto: Luis Negro
OS XORNALISTAS HONRARON O SEU PATRON CUN ACTO FÚNEBRE E SOLIDARIO EN MEMORIA DOS MEDIOS DESAPARECIDOS E DOS XORNALISTAS EN PARO

Posteriormente celebraron co Ateneo de Santiago un acto cultural na lembranza do sobranceiro xornalista compostelano Alfredo Vicenti

Na celebración de San Francisco de Sales (24 de xaneiro) Patrón dos Xornalistas, un grupo de asociados da APSC (Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela-FAPE) reuníuse diante da talla do Santo ubicada na igrexa da Universidade para depositar unha coroa fúnebre en memoria dos “medios mortos e desaparecidos durante a crise”.

O acto servíu de homenaxe á aportación o xornalismo durante décadas de medios como A Nosa Terra, Galicia Hoxe, Xornal de Galicia, V Televisión, Vieiros e outros medios non galegos
como a revista Interviú ou o semanario Tiempo, todos elas portadas xa inexistentes, coa conseguinte perda de postos de traballo. No transcurso da cerimonia, o presidente da APSC, Luís Menéndez, leeu unha “Letanía e Invocación” ao Santo na que criticou a utilización espúrea do xornalismo e dos xornalistas e  elevou pregarias “para que os xornalistas volvan ser libres, responsables e independentes nunha sociedad desenvolvida, aberta e madura”. O acto foi apoiado tamén polo Colexio Profesional de Xornalistas de Galicia (CPXG).
Los periodistas compostelanos depositaron una corona fúnebre ante San Francisco de Sales, en memoria de los medios desaparecidos y los periodistas en paro Foto: Luis Negro
Posteriormente, en colaboración co Ateneo de Santiago, a APSC participou nun “Faladoiro” na sede do Ateneo compostelán arredor da figura do sobranceiro xornalista e médico compostelán Alfredo Vicenti (1850-1916), director do “Diario de Santiago” e promotor da Asociación da Prensa de Madrid (APM). No acto participaron, amais de directivos do Ateneo, os xornalistas Benxamín Vázquez e Vicente González quens deron conta do gran exemplo e valor profesional do ilustre devanceiro, perseguido na súa época, e salientaron a gran biografía realizada por Baldomero Cores, falecido hai uns anos. A APM enviou senllas mensaxes de adhesión asinadas pola súa presidenta, Victoria Prego.

Mesa redonda, organizada por el Ateneo de Santiago y la Asociación de Periodistas de Santiago de Compostela, en homenaje al periodista gallego Alfredo Vicenti (1850-1916), impulsor de la Asociación de la Prensa de Madrid, la primera de España.  De izquierda a derecha, Xosé Ramón Pousa, Benxamín Vázquez, Vicente González y Luis Menéndez.
Foto: Luis Negro